Cuando comencé a leer a Yukio Mishima, trece años habían pasado desde que vi en la portada de la revista Life un par de cabezas decapitadas depositadas sobre el suelo, de cuyos dueños el nombre instantáneamente olvidé. Sin referencia alguna a aquella impactante foto, primero leí, como era casi obligado en aquel entonces puesto que era prácticamente el único texto que se podía encontrar, Confesiones de una máscara. Luego, Caralt comenzó a traducirlo y leí Sed de amor. Comenzaba a conocer por experiencia propia la complejidad y las ambigüedades de los afectos y las tragedias que pueden acontecer en un alma motivadas por sucesos aparentemente nimios. Fue por eso, quizá, que fui sensible a tales libros.
Poco a poco fui sabiendo, sin pretender averiguarlas, algunas cosas del autor: que escribió copiosamente y que fue muy popular en Japón, que fue ególatra y un anti-demócrata, que practicó físicoculturismo y artes marciales, que tenía un ejercito privado y que había muerto de una manera espectacular, dejando atónito a medio mundo. “¡Ah, me dije, éste es!”, si pensar más en ello. Al paso de los años leí otras novelas, como Caballos desbocados y Nieve de primavera, y algunos cuentos. El mundo de su literatura me parecía un mundo extremadamente pasional, que me atraía con fuerza aunque no lograse comprenderlo enteramente pues las motivaciones de sus personajes pertenecían a otro orbe cultural, al que no accedí sino cuando leí las lúcidas páginas de El crisantemo y al espada de Ruth Benedict.
Descubrí que Marguerite Yourcenar y Henry Miller habían escrito sobre él. Siéndome ambos muy queridos, me intrigó su interés. Significaba, seguramente, que si sus libros eran subyugantes, el hombre no lo era menos. El de Yourcenar me encantó; el de Miller constituyó una decepción; como solía hacerlo, Miller tomaba un tema para hablar de sí.
Supe que Mishima era homosexual, pero que se había casado para conservar las apariencias y satisfacer a su madre, para quien era punto de honor. Supe que a los pocos meses de nacido había sido sustraído a su madre por su abuela, de quien fue reo varios años. Esta abuela descendía de viejos linajes samuráis, en los cuales el refinado cultivo de las artes de la poseía y de la espada formaban personalidades marcadas por una para mí fascinante constelación de autodisciplina, capacidades guerreras y sentido estético. Mishima desarrolló todas estas cualidades. Escribiría posteriormente que “a los ocho años tenía una enamorada de sesenta”. Yourcenar dice que un comienzo así es tiempo ganado. Me parece cierto sólo en lo referido a esa educación. En otros aspectos, más profundos, relativos al carácter y los afectos, lo pongo en duda.
Ya encarrerado, traté de averiguar más sobre Mishima. Durante varios años busqué infructuosamente el libro de Henry Scott Stokes sobre Mishima, al parecer la biografía más completa. Finalmente, hace un par de años, en una librería de usados que me ha dado más de una sorpresa agradable, lo conseguí. El cuadro se enriqueció con muchos detalles. Mishima escribió desde muy joven. Se sentía extraño junto a otros jóvenes. Era de constitución enclenque y se sentía en desventaja ante los demás. Tenía necesidad de autoafirmación. Llegó a la mayoría de edad cuando terminó la segunda guerra. Sintió que el destino le había jugado una trastada al excluirlo así de aquella epopeya imperialista que recién acababa en desastre nacional. Durante los años siguientes continuo escribiendo y su éxito creció. Después de los treinta, súbitamente, comenzó a practicar físicoculturismo. Representó obras de teatro, actúo en películas, montó espectáculos en los que aparecía exhibiendo su cuerpo, publicó un libro de fotografías de desnudos masculinos, se entrevistó con los estudiantes radicales japoneses en el año 68, publicó un librito titulado Mi amigo Hitler y creo el Tate-no-kai, su ejército privado, que recibió el reconocimiento oficial de las fuerzas armadas japonesas y que entrenaba en las instalaciones del ejército japonés, más por deferencia hacia Mishima que por cualquier otra razón. Se convirtió así en una figura publica y controversial.
El hombre no cesaba de fascinarme por su vida, pero comenzó a fascinarme más aún por su muerte. No era yo el único. Me resultó evidente que tanto los libros de Yourcenar y de Miller, como los de Juan Antonio Vallejo-Nágera y Vida y muerte de Yukio Mishima de Scott Stokes, fueron escritos porque la literatura de Mishima valía la pena, por supuesto, pero también porque su autor se había matado. De algún modo, cada libro trataba de aclarar las causas y el sentido de esa muerte. Sin embargo, tras su lectura no sentía haber comprendido. Todos trataban el tema tangencialmente. Me parecía como si para cada uno de ellos cualesquiera palabras tuviesen que ser demasiado toscas para exponer esa explicación y como si, por respeto al muerto, fuese mejor evitar dar una explicación última, que nunca sería sino hipotética, lo que aumentaba el riesgo que implicaba decir palabras tajantes al respecto que no pudiesen ser contradichas con igual derecho. Esa muerte comenzó para ser para mí un enigma y una parte de mí buscaba una respuesta o intentaba ella misma responder.
No me pasa a menudo que me intrigue un suicidio tanto como el de Mishima. Me impacto que Deleuze se hubiera suicidado, pero lo comprendía. Hallé en sus libros una celebración de la vida que me hizo amarle. Entendí perfectamente que cuando el dolor hizo presa de él y no iba a remitir, no dejándole ya ocuparse de las cosas y actividades que habían llenado sus años, decidiese que ya no tenía caso vivir y que, perfectamente coherente como gran filósofo que era, decidiese morir.
Por el contrario, la muerte de Mishima se me negaba. Pero si en la obra y la vida del hombre había tantas cosas que me atraían y aprobaba, en alguna parte tenía que haber una conexión que me ayudase a hacer inteligible aquella muerte. Se me antojaba demasiado terrible que un hombre así, con tantas cualidades y tantos logros, se hubiera matado. Algo en mí se rebelaba a aceptar esa muerte. ¿Qué era aquello?
Yasunari Kawabata, tras la muerte de Mishima y todavía extrañado de haber recibido el Nobel en vez de éste, dijo que un hombre como él surge sólo cada dos o tres siglos. Un hombre que es toda una literatura, como Goethe, como Brecht. En esto residía, para mí, el atractivo del hombre ¿Quién, que amé la literatura y deseé ser escritor, no quisiera ser un Mishima? Sin embargo, ese hombre se autodestruyó. De ahí procedía mi resistencia. Porque, además, esa autodestrucción no fue fruto de la desesperación ni de la depresión. Él planeó su muerte cuidadosamente, la anunció, la escenificó durante varios años. De todos los relatos se desprende que su muerte es la culminación de un acto de denuncia y protesta, un llamada a las conciencias hacia un resurgir patriótico.
Pero no por ello esa muerte no me dejaba de parecer absurda. Quizá porque para mí los ideales patrióticos en general y la adoración japonesa al emperador, en particular, carecen del menor valor. En este sentido, no puedo comprender al hombre. Pero no, por ejemplo, como lo hace Miller, quien se muestra extrañado de que Mishima dedicase tanto tiempo y esfuerzo a forjar un cuerpo hercúleo en una época, dice Miller, en que cualquier arma de fuego desgarra con suma facilidad la carne de cualquier hombre sin importar la magnitud de su vigor. Esta alusión a la racionalidad instrumental por parte de Miller me sorprendió, pues él se opuso a muchos convencionalismos de la civilización norteamericana, para la cual esa racionalidad es una de sus máximos valores.
Y quizá aquí está la clave. No podemos imaginar un héroe viejo; el héroe muere en el momento de su máximo esplendor vital y si no muere se convierte en jerarca y, a la postre, será el tirano al que un nuevo héroe habrá de enfrentar. Además, para Mishima era inimaginable un héroe enclenque. Sacrificarse teniéndolas todas consigo. Si él, que lo tenía todo, era capaz de renunciar a todo, ¿qué no conseguiría si con su sacrificio hacía que los demás sacrificasen sólo un décimo o un centésimo de sí?
Así, el suicidio de Mishima es un acto simbólico. Por eso, a pesar de que me parezca absurda, me parece también que hay en su elección una grandeza por completo ajena a estos tiempos. Mishima amaba las tradiciones japonesas y rechazaba la norteamericanización de Japón que inició cuando él llegó a la edad adulta. Quería la restauración de las grandes tradiciones de Japón.
¿Tiene un hombre derecho a la muerte? Un hombre tiene las responsabilidades que ha elegido. Y por ellas debe vivir. Pero ¿qué tal si es el cumplimiento de esas responsabilidades el que exige su muerte? Así ya no me suena tan absurdo el planteamiento. Por este cumplimiento mueren muchos hombres cada día en todas partes del planeta. Hay muchos que mueren por eso. ¿Por qué solo los hombres que mueren así por responsabilidades que otros consideran válidas serían respetables? ¿Por qué las preocupaciones de un hombre deberían ser las de todos los demás? Hay hombres visionarios. Hay hombres que eligen ser guardianes de un valor que se pierde. Y que por resucitar ese valor están dispuestos a todo. Creo ahora que Mishima fue uno de esos. Entonces no necesito más para comprender. Una muerte elegida para restaurar el honor de una nación.
Pero más allá de eso, creo que la decisión de Mishima nos muestra la necesidad de empeñarnos en hacer un cuidadoso balance de lo que la civilización capitalista ha realizado durante su vida histórica y estimar si las ganancias son realmente mayores que las pérdidas. Me parece que el balance que hizo Mishima fue claramente negativo y eso es lo que muestran sus novelas. Pero él no quiso dejarlo así, sino que concibió el proyecto de indicar, con la acción, tal como el cadete Isao en Caballos desbocados, el camino, aunque ese camino le costase la vida. Después de su abortada revuelta y de haber asesinado a un viejo banquero, Isao se hace el seppuku frente al mar, cara al horizonte en que despuntaba el sol.
Caballos desbocados termina diciendo: “Isao aspiró una gran bocanada de aire y cerró los ojos mientras su mano izquierda recorría acariciante la pared de su estómago. Empuñando su cuchillo con la mano derecha, acercó la punta a su cuerpo y la guió hasta el lugar indicado sirviéndose de los dedos de la mano izquierda. Entonces, con un poderoso impulso de su brazo, hundió la hoja en su vientre. En aquel momento, cuando sus carnes se entreabrían, el brillante disco del sol surgió de pronto, estallando tras sus párpados”. No había duda, para Mishima, que valía la pena morir de tal manera.
Kawabata, el laureado con Nobel, también se suicidó. Dos años después. Pero en esa muerte no hubo honor, por absurdo que pudiese parecer. Al menos, no he sabido que se hayan escrito libros sobre su vida para explicar su muerte.
Poco a poco fui sabiendo, sin pretender averiguarlas, algunas cosas del autor: que escribió copiosamente y que fue muy popular en Japón, que fue ególatra y un anti-demócrata, que practicó físicoculturismo y artes marciales, que tenía un ejercito privado y que había muerto de una manera espectacular, dejando atónito a medio mundo. “¡Ah, me dije, éste es!”, si pensar más en ello. Al paso de los años leí otras novelas, como Caballos desbocados y Nieve de primavera, y algunos cuentos. El mundo de su literatura me parecía un mundo extremadamente pasional, que me atraía con fuerza aunque no lograse comprenderlo enteramente pues las motivaciones de sus personajes pertenecían a otro orbe cultural, al que no accedí sino cuando leí las lúcidas páginas de El crisantemo y al espada de Ruth Benedict.
Descubrí que Marguerite Yourcenar y Henry Miller habían escrito sobre él. Siéndome ambos muy queridos, me intrigó su interés. Significaba, seguramente, que si sus libros eran subyugantes, el hombre no lo era menos. El de Yourcenar me encantó; el de Miller constituyó una decepción; como solía hacerlo, Miller tomaba un tema para hablar de sí.
Supe que Mishima era homosexual, pero que se había casado para conservar las apariencias y satisfacer a su madre, para quien era punto de honor. Supe que a los pocos meses de nacido había sido sustraído a su madre por su abuela, de quien fue reo varios años. Esta abuela descendía de viejos linajes samuráis, en los cuales el refinado cultivo de las artes de la poseía y de la espada formaban personalidades marcadas por una para mí fascinante constelación de autodisciplina, capacidades guerreras y sentido estético. Mishima desarrolló todas estas cualidades. Escribiría posteriormente que “a los ocho años tenía una enamorada de sesenta”. Yourcenar dice que un comienzo así es tiempo ganado. Me parece cierto sólo en lo referido a esa educación. En otros aspectos, más profundos, relativos al carácter y los afectos, lo pongo en duda.
Ya encarrerado, traté de averiguar más sobre Mishima. Durante varios años busqué infructuosamente el libro de Henry Scott Stokes sobre Mishima, al parecer la biografía más completa. Finalmente, hace un par de años, en una librería de usados que me ha dado más de una sorpresa agradable, lo conseguí. El cuadro se enriqueció con muchos detalles. Mishima escribió desde muy joven. Se sentía extraño junto a otros jóvenes. Era de constitución enclenque y se sentía en desventaja ante los demás. Tenía necesidad de autoafirmación. Llegó a la mayoría de edad cuando terminó la segunda guerra. Sintió que el destino le había jugado una trastada al excluirlo así de aquella epopeya imperialista que recién acababa en desastre nacional. Durante los años siguientes continuo escribiendo y su éxito creció. Después de los treinta, súbitamente, comenzó a practicar físicoculturismo. Representó obras de teatro, actúo en películas, montó espectáculos en los que aparecía exhibiendo su cuerpo, publicó un libro de fotografías de desnudos masculinos, se entrevistó con los estudiantes radicales japoneses en el año 68, publicó un librito titulado Mi amigo Hitler y creo el Tate-no-kai, su ejército privado, que recibió el reconocimiento oficial de las fuerzas armadas japonesas y que entrenaba en las instalaciones del ejército japonés, más por deferencia hacia Mishima que por cualquier otra razón. Se convirtió así en una figura publica y controversial.
El hombre no cesaba de fascinarme por su vida, pero comenzó a fascinarme más aún por su muerte. No era yo el único. Me resultó evidente que tanto los libros de Yourcenar y de Miller, como los de Juan Antonio Vallejo-Nágera y Vida y muerte de Yukio Mishima de Scott Stokes, fueron escritos porque la literatura de Mishima valía la pena, por supuesto, pero también porque su autor se había matado. De algún modo, cada libro trataba de aclarar las causas y el sentido de esa muerte. Sin embargo, tras su lectura no sentía haber comprendido. Todos trataban el tema tangencialmente. Me parecía como si para cada uno de ellos cualesquiera palabras tuviesen que ser demasiado toscas para exponer esa explicación y como si, por respeto al muerto, fuese mejor evitar dar una explicación última, que nunca sería sino hipotética, lo que aumentaba el riesgo que implicaba decir palabras tajantes al respecto que no pudiesen ser contradichas con igual derecho. Esa muerte comenzó para ser para mí un enigma y una parte de mí buscaba una respuesta o intentaba ella misma responder.
No me pasa a menudo que me intrigue un suicidio tanto como el de Mishima. Me impacto que Deleuze se hubiera suicidado, pero lo comprendía. Hallé en sus libros una celebración de la vida que me hizo amarle. Entendí perfectamente que cuando el dolor hizo presa de él y no iba a remitir, no dejándole ya ocuparse de las cosas y actividades que habían llenado sus años, decidiese que ya no tenía caso vivir y que, perfectamente coherente como gran filósofo que era, decidiese morir.
Por el contrario, la muerte de Mishima se me negaba. Pero si en la obra y la vida del hombre había tantas cosas que me atraían y aprobaba, en alguna parte tenía que haber una conexión que me ayudase a hacer inteligible aquella muerte. Se me antojaba demasiado terrible que un hombre así, con tantas cualidades y tantos logros, se hubiera matado. Algo en mí se rebelaba a aceptar esa muerte. ¿Qué era aquello?
Yasunari Kawabata, tras la muerte de Mishima y todavía extrañado de haber recibido el Nobel en vez de éste, dijo que un hombre como él surge sólo cada dos o tres siglos. Un hombre que es toda una literatura, como Goethe, como Brecht. En esto residía, para mí, el atractivo del hombre ¿Quién, que amé la literatura y deseé ser escritor, no quisiera ser un Mishima? Sin embargo, ese hombre se autodestruyó. De ahí procedía mi resistencia. Porque, además, esa autodestrucción no fue fruto de la desesperación ni de la depresión. Él planeó su muerte cuidadosamente, la anunció, la escenificó durante varios años. De todos los relatos se desprende que su muerte es la culminación de un acto de denuncia y protesta, un llamada a las conciencias hacia un resurgir patriótico.
Pero no por ello esa muerte no me dejaba de parecer absurda. Quizá porque para mí los ideales patrióticos en general y la adoración japonesa al emperador, en particular, carecen del menor valor. En este sentido, no puedo comprender al hombre. Pero no, por ejemplo, como lo hace Miller, quien se muestra extrañado de que Mishima dedicase tanto tiempo y esfuerzo a forjar un cuerpo hercúleo en una época, dice Miller, en que cualquier arma de fuego desgarra con suma facilidad la carne de cualquier hombre sin importar la magnitud de su vigor. Esta alusión a la racionalidad instrumental por parte de Miller me sorprendió, pues él se opuso a muchos convencionalismos de la civilización norteamericana, para la cual esa racionalidad es una de sus máximos valores.
Y quizá aquí está la clave. No podemos imaginar un héroe viejo; el héroe muere en el momento de su máximo esplendor vital y si no muere se convierte en jerarca y, a la postre, será el tirano al que un nuevo héroe habrá de enfrentar. Además, para Mishima era inimaginable un héroe enclenque. Sacrificarse teniéndolas todas consigo. Si él, que lo tenía todo, era capaz de renunciar a todo, ¿qué no conseguiría si con su sacrificio hacía que los demás sacrificasen sólo un décimo o un centésimo de sí?
Así, el suicidio de Mishima es un acto simbólico. Por eso, a pesar de que me parezca absurda, me parece también que hay en su elección una grandeza por completo ajena a estos tiempos. Mishima amaba las tradiciones japonesas y rechazaba la norteamericanización de Japón que inició cuando él llegó a la edad adulta. Quería la restauración de las grandes tradiciones de Japón.
¿Tiene un hombre derecho a la muerte? Un hombre tiene las responsabilidades que ha elegido. Y por ellas debe vivir. Pero ¿qué tal si es el cumplimiento de esas responsabilidades el que exige su muerte? Así ya no me suena tan absurdo el planteamiento. Por este cumplimiento mueren muchos hombres cada día en todas partes del planeta. Hay muchos que mueren por eso. ¿Por qué solo los hombres que mueren así por responsabilidades que otros consideran válidas serían respetables? ¿Por qué las preocupaciones de un hombre deberían ser las de todos los demás? Hay hombres visionarios. Hay hombres que eligen ser guardianes de un valor que se pierde. Y que por resucitar ese valor están dispuestos a todo. Creo ahora que Mishima fue uno de esos. Entonces no necesito más para comprender. Una muerte elegida para restaurar el honor de una nación.
Pero más allá de eso, creo que la decisión de Mishima nos muestra la necesidad de empeñarnos en hacer un cuidadoso balance de lo que la civilización capitalista ha realizado durante su vida histórica y estimar si las ganancias son realmente mayores que las pérdidas. Me parece que el balance que hizo Mishima fue claramente negativo y eso es lo que muestran sus novelas. Pero él no quiso dejarlo así, sino que concibió el proyecto de indicar, con la acción, tal como el cadete Isao en Caballos desbocados, el camino, aunque ese camino le costase la vida. Después de su abortada revuelta y de haber asesinado a un viejo banquero, Isao se hace el seppuku frente al mar, cara al horizonte en que despuntaba el sol.
Caballos desbocados termina diciendo: “Isao aspiró una gran bocanada de aire y cerró los ojos mientras su mano izquierda recorría acariciante la pared de su estómago. Empuñando su cuchillo con la mano derecha, acercó la punta a su cuerpo y la guió hasta el lugar indicado sirviéndose de los dedos de la mano izquierda. Entonces, con un poderoso impulso de su brazo, hundió la hoja en su vientre. En aquel momento, cuando sus carnes se entreabrían, el brillante disco del sol surgió de pronto, estallando tras sus párpados”. No había duda, para Mishima, que valía la pena morir de tal manera.
Kawabata, el laureado con Nobel, también se suicidó. Dos años después. Pero en esa muerte no hubo honor, por absurdo que pudiese parecer. Al menos, no he sabido que se hayan escrito libros sobre su vida para explicar su muerte.
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