jueves, 17 de abril de 2008

Sobre el sentido de la maravilla

Nuestra vida suele transcurrir por senderos más o menos conocidos. Vemos desde niños cómo conviven y qué pretenden de nosotros los mayores, deseamos ser como aquellos que amamos porque nos cuidan y los admiramos debido a que nos parecen extraordinarios.

Sin embargo, los mayores, únicos guías disponibles en esta aventura, a menudo son impacientes, no tienen tiempo de atender a chiquillerías y preguntas triviales: nos dan respuestas simples, absurdas incluso, nos dicen “porque sí” o nos callan. Como podemos obtenemos algunas respuestas, o dejamos de preguntar. Nos vamos haciendo una idea de las cosas, de las personas y de la vida. El mundo adopta poco a poco unos límites y una fisonomía definidos. A partir de cierto momento muchas cosas de la vida no son sino ratificación de otras, más antiguas. Nuestro mundo se envejece cada vez más. Aprendemos, ciertamente, nuevas ideas y a hacer cosas nuevas para nosotros, conocemos otro tipo de gente, vemos paisajes nunca vistos y probamos el sabor de alimentos que nunca habíamos comido, pero perdemos el sentido que nos caracterizaba de chiquillos: el sentido de la maravilla.

No es malo que haya ciertos elementos, lugares, actividades, gustos, personas, preocupaciones y pensamientos constates en nuestra vida; de hecho, si todo cambiara siempre nuestro dolor sería interminable: no sabríamos a qué atenernos, sentiríamos que perdemos a cada momento lo que ya tenemos, no habría seguridad ni confianza sino temor y angustia por tener que empezar de nuevo. Hay necesidades constantes, necesidades que nos afligen diariamente, necesidades profundas: su satisfacción no puede ser postergada por mucho tiempo. Muchos aspectos de nuestra vida requieren constancia. En la constancia los lazos se fortalecen y la vida adquiere seguridad. Esto es quizá una de las primeras cosas que aprendemos ya en la cuna, en el contacto con nuestra madre. Pocas cosas son tan valiosas como un mundo compartido por quienes conviven y se quieren. Puede haber tanta maravilla en lo que permanece como en lo recién llegado.

Sin embargo, me parece que para la mayoría de la gente llega un momento en que el mundo se esclerotiza, se vuelve rígido, pierde fluidez, colorido y novedad. Pero el mundo no es así, nunca ha sido así. Puede haber en el muchos aspectos desagradables, incluso terribles, de colores sombríos y llenos de mal y furia. Pero que el mundo sea pobre es la más grande mentira. Puede resultarnos pobre por dos motivos: porque no se ajusta a nuestras necesidades o porque lo que no se ajusta a esas necesidades nos resulta indiferente. Este segundo caso es triste, muy triste, porque significa que transmitimos la pobreza y la debilidad de nuestro espíritu a la realidad en que inevitablemente hemos de vivir.

Pero, en verdad, el mundo es mágico. Su magia no depende de que ocurran fenómenos increíbles, sino de cosas tan simples como el hecho de que el pez nada y el ave vuela. Si hubiésemos estado presentes el primer día en que un extraño animal alado con aspecto de lagartija se remontó en el aire no tendríamos duda de lo maravilloso de tal suceso.

¿Es cierto que cada ave vuela igual que todas las demás y que haber visto volar una es haber visto volar a todas? Cada una de ellas tiene su único, incomparable estilo de volar. Para notarlo hay que verlas con cuidado y a la distancia adecuada. Esto es muy importante. Un venado visto a dos kilómetros se parece mucho a una mosca vista a tres metros. Para ver lo que hay de inigualable en cada cosa tenemos, pues, que afinar nuestra mirada y es preciso también el deseo de mirar, el interés por lo que vemos. El mundo es interesante sólo para el que lo ve con interés. Para el indiferente tiene que ser un lugar inmensamente gris y aburrido.

La maravilla del mundo se revela sólo al que es curioso, y ¿qué se necesita para ser curioso? Muy poco: el deseo de preguntar “¿qué es eso?”, “¿cómo es?”, “¿por qué es así?”, y la capacidad de embobarnos viendo una sonaja p una manchita rara en la nariz del vecino. Y eso nos lo quitan. No quiero ser injusto con los padres, pero habitualmente tienen alguna parte en esto. Si los padres se compararan imparcialmente con los niños comprenderían cuan maduros son éstos, cuántas cualidades envidiables tienen: son inquisitivos, individuales, osados, despreocupados, inventivos y disfrutan y se maravillan de muchas cosas. En verdad, hay que hacerse como niño, lo cual no es tan imposible una vez que dejamos de preocuparnos porque vamos a parecer ridículos y tontos. Yo todavía no soy lo suficientemente tonto para estar contento de mí. No pierdo las esperanzas de ser más tonto aún.

Crecer y llegar a ser uno mismo, todo lo que uno es, todo lo que uno puede ser, significa, inevitablemente, distanciarnos de los padres para crear nuestro propio mundo, sin disminuir lo que nos han dado. Un padre no puede ser bueno como tal si no entiende esto, pues su misión es, en el amor, ayudar a una nueva vida, procedente de sí, a ser, a desplegarse esplendorosa y autosuficientemente. Por eso crecer, a pesar y precisamente por el amor de y a los padres, es aprender a estar solo.

Los adultos tienen el enorme defecto de creer que lo saben todo, todo lo esencial para vivir al menos. Según ellos, sólo los niños y los adolescentes, esos niños crecidos, tienen que aprender. Por eso se aburren y creen que ya lo han visto todo y que la realidad que les tocó vivir está podrida. Pero vivir, a cualquier edad, es aprender, es sumar lo nuevo a lo ya habido, acrecentar nuestra experiencia e introducir nuevos objetos en nuestro mundo mental, es afrontar lo desconocido y no temerlo sino reconocerlo y apreciarlo. Vivir así es estar presto a reconocer las cosas maravillosas.

Sé que hay mucho mal y miseria, pero también creo que muchas de las cosas que algunos llaman malas son necesarias y no habría vida, belleza o gozo sin ellas. Habitualmente limitamos nuestro mundo porque tememos ciertas realidades, pero comprenderlas es sobreponerse a ellas. Al hacerse nuestro el mundo somos más. Esto no significa de por sí ser feliz, pero sí hace posible que la vida sea más planea y libre y que tenga un más hondo sentido.

El mundo se hace más nuestro con cada quehacer nuevo que inauguramos e incorporamos en nuestra vida: leer un nuevo libro, conocer a una persona, aprender otra receta para el mole, salirse del camino por el que siempre andamos y subirse de repente a un árbol con riesgo de caerse pero con la ventaja de que a la mejor vemos una cosita ciega y todavía desplumada durmiendo o piando en algún nido. Sí, la maravilla del mundo está en nosotros.

No hay comentarios: