Hay muchas cosas aborrecibles en el mundo. No sería difícil ponerse de acuerdo sobre una buena cantidad de ellas: la violencia, el fanatismo, el odio, la superstición, la estupidez, la mala voluntad, el machismo y la crueldad e indiferencia hacia los niños y los viejos. Pero, exceptuando esto último, hay un fenómeno en particular que, considerado a fondo, aunque no lo parezca a primera vista, resulta ser peculiarmente insoportable y del cual aquellos son, en buena medida, expresión y resultado.
Es un fenómeno por demás cotidiano, que adopta mil formas y que probablemente agobia de forma más o menos crónica a siete de cada diez personas, llevándolas a vivir, por lo regular hacia los cincuenta, con una ineludible dosis de pesar. Este fenómeno puede producir en quien lo atestigua o lo padece una combinación de emociones y sentimientos dolorosa y contradictoria como pocas cosas más pueden lograrlo: aversión, tristeza, cólera, compasión, consternación, rebeldía, esperanza y desesperación.
En quien lo padece, aunque no acierte a nombrarlo, pocas cosas le producen a la larga tanto pesar y autorrechazo como este fenómeno, al que podríamos llamar, sucintamente, “desperdicio de sí mismo”. Me refiero al hecho de que una persona que tiene las capacidades y recursos suficientes, pierda la oportunidad de hacer algo que desea profundamente y que la haría sentir realmente viva, plena y feliz. Cualquiera puede ver a su alrededor personas que se desperdician a sí mismas y recordar, excepto si es una elegido de los dioses, muchos momentos en que se ha desperdiciado.
Es un fenómeno distinto a la de aquellos que debido a circunstancias externas que escapa a su control no pueden vivir como desean y merecen. Y es por eso que es más difícil de soportar, ya provoca un género de dolor más íntimo y cuya fuente muchas veces parece imposible de cegar. Y lo que lo vuelve aún más aborrecible es que buena parte de los resentimientos, vilezas y envidias que padecemos, ya sea porque somos su objeto o porque brotan de nosotros, proceden directa o indirectamente de él.
No obstante, esto, que para algunos es la evidencia misma, para muchos pasa inadvertido. Seguramente porque resulta muy duro aceptar que forma parte inamovible de nuestra realidad –si no de la interna, de la externa. Pero por esa misma razón vale la pena entender este fenómeno. Más que eso, entenderlo se ha convertido en una necesidad humana, social y hasta política, siempre y cuando la noción de política sea asumida en su más noble sentido. Hay temas maravillosos a los que ninguna persona curiosa puede resistirse, como la estructura del macrocosmos y el microcosmos, la diversidad de las formas vivas, la compleja orquestación de las actividades de la mente en la percepción, la creación o la reflexión, la armónica articulación de formas en el sonido, la piedra o el texto. Nadie dudaría de que vale la pena dedicarse a tales asuntos. Sin embargo, si lo pensamos un poco, frente a este tema tan perturbador y difícil de afrontar, tan importante pero poco atractivo en sí mismo, aquellos bien pueden parecer temas baladíes.
“Tan sólo quería intentar vivir aquello que tendía a brotar espontáneamente de mí. ¿Por qué tenía que serme tan difícil?” Así comienza el Demian de Hermann Hesse, autor que durante más de medio siglo ha sido en muchos países el que ha iniciado a los jóvenes en el cuestionamiento de las convenciones sociales y el conocimiento de sí mismos. Estas frases impresionan vivamente a muchos lectores desde su primera lectura. Quizá porque sentimos que expresan una verdad sobre nosotros mismos, aunque no captemos en ese momento sus raíces ni hallamos tenido aún la oportunidad de experimentar todas las consecuencias de esa verdad. En la juventud creemos que se refieren exclusivamente a nuestra singularidad, pero un poco más de mundo y de vida basta para entender que se refieren a una experiencia demasiado común.
Los ejemplos de que podríamos disponer son legión. Algunos de los más comunes actualmente serían parecidos a estos: mujeres que no se atreven a terminar un matrimonio que paulatinamente las ahoga en la amargura y el silencio, estudiantes que pierden la oportunidad de vivir una vida apasionante al elegir una carrera que supuestamente les dará más dinero y reconocimiento social, hombres y mujeres que no se atreven a abordar a esa persona que de responderles afirmativamente llenaría su vida y colmaría sus sueños, pasantes que no pueden siquiera imaginar escribir una tesis sobre su tema más querido, soñadores que nunca se deciden a dejar el trabajo que les proporciona un sueldo magro pero estable para dedicarse a esa actividad creativa capaz de absorber espontáneamente su imaginación, rebeldes que no se resuelven a adoptar abiertamente la causa a la que su sentimiento de justicia les indica que deben defender.
Como pocos, la particularización en este asunto arrojaría una variedad asombrosa. Y la conclusión inevitable y penosa es que, de una u otra manera, la mayoría de las personas son menos de lo que pueden ser y no viven la vida que desearían vivir. Podría considerarse que después del problema de la pobreza, este es el segundo gran problema humano, y que si es casi tan importante como aquel es debido a que muchas de las personas que se encuentran es esta situación son las que, en conjunto, podrían hacer la más importante contribución a resolver la situación de aquellos que carecen de lo necesario para vivir.
¿Cuáles son las causas de que las personas que pueden y quieren hacer algo de valor para ellas mismas, no se decidan a intentarlo y pierdan lo mejor de sí?¿Qué es lo que puede explicar este género tan constante y muchas veces sutil de impotencia, que no es sino la forma de impotencia más lamentable, pues no es sino impotencia para vivir?
Algunos de los filósofos y sabios más ilustres, sobre todo los antiguos, han respondido que una de las causas principales es nuestra actitud de inconciencia ante la muerte. No asumimos nuestra mortalidad y debido a ello no somos capaces de aquilatar justamente nuestro tiempo y oportunidades. Pero si tomamos conciencia a fondo de que vamos a morir irremediablemente y de que podemos morir en cualquier momento, nuestra actitud ante el tiempo se modifica y elegimos sin dilación las cosas, personas y actividades más preciosas para nosotros. Una contundente prueba empírica a favor de este argumento es que personas que han estado a punto de morir han cambiado radicalmente su actitud ante la vida y ese cambio las ha llevado a ocuparse en adelante de todo lo que para ellas es verdaderamente esencial.
Sin embargo, parece ser que si no se ha pasado por una experiencia de este tipo, el mero conocimiento de esos pensamientos no tiene fuerza transformadora, aunque resulten intelectualmente convincentes. Por eso, las escuelas filosóficas antiguas y otras tradiciones instruían a sus seguidores en la práctica de diversas técnicas para ahondar en la comprensión de esas ideas con la finalidad de que adquiriesen la capacidad de estructurar su vida bajo esa guía. En gran parte de la filosofía moderna esa dimensión orientadora de la vida se perdió, aunque recientemente algunos filósofos, entre los que destaca Foucault, hayan emprendido su rescate. Sin embargo, el alcance de esta perspectiva sobre el problema tiene sus limitaciones para explicar la vida no vivida, como la llamaba Erich Fromm.
Hoy sabemos que nada es tan decisivo para explicar nuestra forma de vivir posterior como las vicisitudes de nuestros primeros años de vida. La forma como son recibidos en el mundo los recién llegados es fundamental. Es muy difícil para un ser humano que ha sido mal recibido confiar plenamente en el mundo y tener o sentir que tiene las capacidades y el derecho de disponer de sí para vivir de la forma que más desea y valora. Las actitudes y formas de sentir se diseñan y afianzan a partir de las primeras experiencias y constituyen una respuesta a éstas. Además, cuando tales experiencias han sido desafortunadas, no resulta fácil para nadie comprender y aceptar plenamente cómo fue su propio proceso. En la mayoría de los casos, esto puede bastar para explicar en gran medida por qué una persona hace unas cosas y no hace otras, habitualmente las que más desea, sin poderlo evitar ni comprender.
Sin embargo, tampoco esta explicación basta para dar cuenta del fenómeno en su totalidad. Pues también personas que han vivido en circunstancias que les han permitido un desarrollo por demás afortunado han experimentado agudamente la dificultad de vivir y puede dudarse de que todas hayan logrado una vida realizada.
Quizá debamos que agregar algunas explicaciones complementarias, casi de sentido común, que parecen tener un alcance bastante amplio. Una sería la de que tendemos por naturaleza al placer inmediato y, dado que cualquier realización de cierto valor a menudo exige la posposición de oportunidades de proporcionarnos algunos de tales placeres, en consecuencia, esa tendencia se convierte en un obstáculo para la realización de actividades esforzadas que no resulta sencillo vencer. Por eso la temperancia, que no el ascetismo, ha sido considerada desde la Antigüedad una condición básica de la excelencia humana. Las culturas de corte puritano pueden impulsar y apoyar al individuo a vencer esa tendencia, pero tiene otros costos muy alto. Lo cierto es, por oposición a estas, muchos elementos de la cultura contemporánea no van en el sentido de la temperancia ni el autocontrol. Y esto quizás agrave parcialmente el problema.
Otra explicación es que las realizaciones de valor habitualmente requieren de esfuerzo –tanto mayor cuanto más grande sea ese valor- y que su obtención es más insegura que la de logros más pequeños. Esto significa que al emprender tales empresas aumenta el riesgo del fracaso. Por eso en general tienden a presentarse dudas sobre sí vale la pena realizar los esfuerzos correspondientes y muchas veces se decide que no. Estas dudas se agravan, por supuesto, si hay disposición para ellas, pero es difícil que una persona sea totalmente invulnerable a su influjo. En todo caso, la temeridad tampoco es una virtud.
También aquí la cultura cuenta mucho, porque un ambiente cultural en el que se reconoce y valora el esfuerzo individual lo promueve. Sin embargo, nuestra experiencia nos ha enseñado que muchas veces las oportunidades dependen de la situación social de origen y que la preeminencia de ciertas personas es más el resultado de un aparato montado para tal efecto que de sus atributos reales. Así, para muchos el esfuerzo pierde sentido.
Posiblemente estas tendencias a preferir lo placentero inmediato y a irse por la fácil tengan cierto arraigo biológico. Después de todo, las sensaciones de placer y displacer suelen ser biológicamente funcionales y en un mundo en el que para la mayoría de las especies los satisfactores de sus necesidades biológicas son más bien escasos la dilapidación de energía no constituye un valor. Esto explicaría parcialmente las limitaciones de la racionalidad deliberativa para hacerles frente si no va acompañada o precedida de un aprendizaje externamente dirigido que requiere disciplina. Si no nos propusiésemos realizar cosas que van más allá de la mera satisfacción de las necesidades biológicas, sería relativamente sencillo ser completos y felices.
Estos cuatro factores pueden combinarse en diversas medidas en cada persona y resulta muy difícil hacer estimaciones generales, pues dependen de las circunstancias sociales, económicas y culturales de cada cual, de la vicisitudes de sus primeras etapas de la vida y de las predisposiciones que ha heredado. Por todo ello, nunca es, ni social ni individualmente, un problema de fácil solución. Pero esto no justifica dejarlo a un lado.
Para cada individuo es una tarea importante combatir el desperdicio de sí mismo en la medida en que su propia vida y la de sus congéneres le importen. Claro, la enormidad del problema puede llegar a descorazonarnos y nunca dejan de llegarnos noticia de aquellos que han sido derrotados. Cierto es que nuestra contribución al conjunto y lo que podamos hacer por nosotros mismos probablemente tenga que ser siempre nada más que una minúscula parte de lo que imaginamos, deseamos, merecemos. Pero quizá parte de la grandeza humana de cada persona resida en enfrentar, a pesar de todas las limitaciones, esa tarea. Dice Novalis en algún lado: “Amigos, el mundo es pobre, pobre, y tenemos que trabajar mucho para obtener tan solo cosechas medianas”. Debemos aceptar esta afirmación como una verdad elemental acerca de la naturaleza del mundo.
Un último motivo por el que muchas personas no se deciden a vivir como lo desean es de un orden diferente. De un orden que me parece lo acertado y sencillo denominar “ideológico”. Me refiero al hecho de que muchas personas han aprendido, de acuerdo con un determinado sistema de ideas, que hay una forma de vivir a la que tienen que ajustarse si no quieren incurrir en falta. La mayoría de las religiones, pero también algunas ideologías seculares, obran así. De este modo limitan las opciones y modelos de vida que se consideran permitidos e inducen a los individuos a culpabilizarse si no las siguen, por no hablar del peso de la reprobación social.
No puedo examinar esta cuestión a fondo. Me limitaré a decir que no creo que haya un modo natural de vivir –como lo planteaba el pensamiento griego y romano-, ni que hayamos sido creados para cumplir un fin o misión predeterminados –como lo han enseñado durante milenios las religiones universales de salvación. Tampoco creo más que se trate de descubrir nuestras potencialidades y actualizarlas –como siguiendo algunas nociones aristotélicas es común pensar todavía.
Hoy pienso que se trata, más bien, de conocer las capacidades que tenemos y las que podemos desarrollar, de estudiar el significado de los diversos valores que los seres humanos hemos formulado, de jerarquizarlos reflexivamente y hacer nuestras elecciones y, sobre esta base imaginar e inventar la vida, nuestra vida, tomando en cuenta las circunstancias y de acuerdo a una imagen que nosotros mismos forjemos de la clase de seres humanos que queremos ser. Hoy no dudo de que éste es nuestro más alto derecho. Un derecho por el que, pese a todas la dificultades, a todas horas y en todos los frentes, para uno mismo y para todos los demás, es necesario luchar.
Es un fenómeno por demás cotidiano, que adopta mil formas y que probablemente agobia de forma más o menos crónica a siete de cada diez personas, llevándolas a vivir, por lo regular hacia los cincuenta, con una ineludible dosis de pesar. Este fenómeno puede producir en quien lo atestigua o lo padece una combinación de emociones y sentimientos dolorosa y contradictoria como pocas cosas más pueden lograrlo: aversión, tristeza, cólera, compasión, consternación, rebeldía, esperanza y desesperación.
En quien lo padece, aunque no acierte a nombrarlo, pocas cosas le producen a la larga tanto pesar y autorrechazo como este fenómeno, al que podríamos llamar, sucintamente, “desperdicio de sí mismo”. Me refiero al hecho de que una persona que tiene las capacidades y recursos suficientes, pierda la oportunidad de hacer algo que desea profundamente y que la haría sentir realmente viva, plena y feliz. Cualquiera puede ver a su alrededor personas que se desperdician a sí mismas y recordar, excepto si es una elegido de los dioses, muchos momentos en que se ha desperdiciado.
Es un fenómeno distinto a la de aquellos que debido a circunstancias externas que escapa a su control no pueden vivir como desean y merecen. Y es por eso que es más difícil de soportar, ya provoca un género de dolor más íntimo y cuya fuente muchas veces parece imposible de cegar. Y lo que lo vuelve aún más aborrecible es que buena parte de los resentimientos, vilezas y envidias que padecemos, ya sea porque somos su objeto o porque brotan de nosotros, proceden directa o indirectamente de él.
No obstante, esto, que para algunos es la evidencia misma, para muchos pasa inadvertido. Seguramente porque resulta muy duro aceptar que forma parte inamovible de nuestra realidad –si no de la interna, de la externa. Pero por esa misma razón vale la pena entender este fenómeno. Más que eso, entenderlo se ha convertido en una necesidad humana, social y hasta política, siempre y cuando la noción de política sea asumida en su más noble sentido. Hay temas maravillosos a los que ninguna persona curiosa puede resistirse, como la estructura del macrocosmos y el microcosmos, la diversidad de las formas vivas, la compleja orquestación de las actividades de la mente en la percepción, la creación o la reflexión, la armónica articulación de formas en el sonido, la piedra o el texto. Nadie dudaría de que vale la pena dedicarse a tales asuntos. Sin embargo, si lo pensamos un poco, frente a este tema tan perturbador y difícil de afrontar, tan importante pero poco atractivo en sí mismo, aquellos bien pueden parecer temas baladíes.
“Tan sólo quería intentar vivir aquello que tendía a brotar espontáneamente de mí. ¿Por qué tenía que serme tan difícil?” Así comienza el Demian de Hermann Hesse, autor que durante más de medio siglo ha sido en muchos países el que ha iniciado a los jóvenes en el cuestionamiento de las convenciones sociales y el conocimiento de sí mismos. Estas frases impresionan vivamente a muchos lectores desde su primera lectura. Quizá porque sentimos que expresan una verdad sobre nosotros mismos, aunque no captemos en ese momento sus raíces ni hallamos tenido aún la oportunidad de experimentar todas las consecuencias de esa verdad. En la juventud creemos que se refieren exclusivamente a nuestra singularidad, pero un poco más de mundo y de vida basta para entender que se refieren a una experiencia demasiado común.
Los ejemplos de que podríamos disponer son legión. Algunos de los más comunes actualmente serían parecidos a estos: mujeres que no se atreven a terminar un matrimonio que paulatinamente las ahoga en la amargura y el silencio, estudiantes que pierden la oportunidad de vivir una vida apasionante al elegir una carrera que supuestamente les dará más dinero y reconocimiento social, hombres y mujeres que no se atreven a abordar a esa persona que de responderles afirmativamente llenaría su vida y colmaría sus sueños, pasantes que no pueden siquiera imaginar escribir una tesis sobre su tema más querido, soñadores que nunca se deciden a dejar el trabajo que les proporciona un sueldo magro pero estable para dedicarse a esa actividad creativa capaz de absorber espontáneamente su imaginación, rebeldes que no se resuelven a adoptar abiertamente la causa a la que su sentimiento de justicia les indica que deben defender.
Como pocos, la particularización en este asunto arrojaría una variedad asombrosa. Y la conclusión inevitable y penosa es que, de una u otra manera, la mayoría de las personas son menos de lo que pueden ser y no viven la vida que desearían vivir. Podría considerarse que después del problema de la pobreza, este es el segundo gran problema humano, y que si es casi tan importante como aquel es debido a que muchas de las personas que se encuentran es esta situación son las que, en conjunto, podrían hacer la más importante contribución a resolver la situación de aquellos que carecen de lo necesario para vivir.
¿Cuáles son las causas de que las personas que pueden y quieren hacer algo de valor para ellas mismas, no se decidan a intentarlo y pierdan lo mejor de sí?¿Qué es lo que puede explicar este género tan constante y muchas veces sutil de impotencia, que no es sino la forma de impotencia más lamentable, pues no es sino impotencia para vivir?
Algunos de los filósofos y sabios más ilustres, sobre todo los antiguos, han respondido que una de las causas principales es nuestra actitud de inconciencia ante la muerte. No asumimos nuestra mortalidad y debido a ello no somos capaces de aquilatar justamente nuestro tiempo y oportunidades. Pero si tomamos conciencia a fondo de que vamos a morir irremediablemente y de que podemos morir en cualquier momento, nuestra actitud ante el tiempo se modifica y elegimos sin dilación las cosas, personas y actividades más preciosas para nosotros. Una contundente prueba empírica a favor de este argumento es que personas que han estado a punto de morir han cambiado radicalmente su actitud ante la vida y ese cambio las ha llevado a ocuparse en adelante de todo lo que para ellas es verdaderamente esencial.
Sin embargo, parece ser que si no se ha pasado por una experiencia de este tipo, el mero conocimiento de esos pensamientos no tiene fuerza transformadora, aunque resulten intelectualmente convincentes. Por eso, las escuelas filosóficas antiguas y otras tradiciones instruían a sus seguidores en la práctica de diversas técnicas para ahondar en la comprensión de esas ideas con la finalidad de que adquiriesen la capacidad de estructurar su vida bajo esa guía. En gran parte de la filosofía moderna esa dimensión orientadora de la vida se perdió, aunque recientemente algunos filósofos, entre los que destaca Foucault, hayan emprendido su rescate. Sin embargo, el alcance de esta perspectiva sobre el problema tiene sus limitaciones para explicar la vida no vivida, como la llamaba Erich Fromm.
Hoy sabemos que nada es tan decisivo para explicar nuestra forma de vivir posterior como las vicisitudes de nuestros primeros años de vida. La forma como son recibidos en el mundo los recién llegados es fundamental. Es muy difícil para un ser humano que ha sido mal recibido confiar plenamente en el mundo y tener o sentir que tiene las capacidades y el derecho de disponer de sí para vivir de la forma que más desea y valora. Las actitudes y formas de sentir se diseñan y afianzan a partir de las primeras experiencias y constituyen una respuesta a éstas. Además, cuando tales experiencias han sido desafortunadas, no resulta fácil para nadie comprender y aceptar plenamente cómo fue su propio proceso. En la mayoría de los casos, esto puede bastar para explicar en gran medida por qué una persona hace unas cosas y no hace otras, habitualmente las que más desea, sin poderlo evitar ni comprender.
Sin embargo, tampoco esta explicación basta para dar cuenta del fenómeno en su totalidad. Pues también personas que han vivido en circunstancias que les han permitido un desarrollo por demás afortunado han experimentado agudamente la dificultad de vivir y puede dudarse de que todas hayan logrado una vida realizada.
Quizá debamos que agregar algunas explicaciones complementarias, casi de sentido común, que parecen tener un alcance bastante amplio. Una sería la de que tendemos por naturaleza al placer inmediato y, dado que cualquier realización de cierto valor a menudo exige la posposición de oportunidades de proporcionarnos algunos de tales placeres, en consecuencia, esa tendencia se convierte en un obstáculo para la realización de actividades esforzadas que no resulta sencillo vencer. Por eso la temperancia, que no el ascetismo, ha sido considerada desde la Antigüedad una condición básica de la excelencia humana. Las culturas de corte puritano pueden impulsar y apoyar al individuo a vencer esa tendencia, pero tiene otros costos muy alto. Lo cierto es, por oposición a estas, muchos elementos de la cultura contemporánea no van en el sentido de la temperancia ni el autocontrol. Y esto quizás agrave parcialmente el problema.
Otra explicación es que las realizaciones de valor habitualmente requieren de esfuerzo –tanto mayor cuanto más grande sea ese valor- y que su obtención es más insegura que la de logros más pequeños. Esto significa que al emprender tales empresas aumenta el riesgo del fracaso. Por eso en general tienden a presentarse dudas sobre sí vale la pena realizar los esfuerzos correspondientes y muchas veces se decide que no. Estas dudas se agravan, por supuesto, si hay disposición para ellas, pero es difícil que una persona sea totalmente invulnerable a su influjo. En todo caso, la temeridad tampoco es una virtud.
También aquí la cultura cuenta mucho, porque un ambiente cultural en el que se reconoce y valora el esfuerzo individual lo promueve. Sin embargo, nuestra experiencia nos ha enseñado que muchas veces las oportunidades dependen de la situación social de origen y que la preeminencia de ciertas personas es más el resultado de un aparato montado para tal efecto que de sus atributos reales. Así, para muchos el esfuerzo pierde sentido.
Posiblemente estas tendencias a preferir lo placentero inmediato y a irse por la fácil tengan cierto arraigo biológico. Después de todo, las sensaciones de placer y displacer suelen ser biológicamente funcionales y en un mundo en el que para la mayoría de las especies los satisfactores de sus necesidades biológicas son más bien escasos la dilapidación de energía no constituye un valor. Esto explicaría parcialmente las limitaciones de la racionalidad deliberativa para hacerles frente si no va acompañada o precedida de un aprendizaje externamente dirigido que requiere disciplina. Si no nos propusiésemos realizar cosas que van más allá de la mera satisfacción de las necesidades biológicas, sería relativamente sencillo ser completos y felices.
Estos cuatro factores pueden combinarse en diversas medidas en cada persona y resulta muy difícil hacer estimaciones generales, pues dependen de las circunstancias sociales, económicas y culturales de cada cual, de la vicisitudes de sus primeras etapas de la vida y de las predisposiciones que ha heredado. Por todo ello, nunca es, ni social ni individualmente, un problema de fácil solución. Pero esto no justifica dejarlo a un lado.
Para cada individuo es una tarea importante combatir el desperdicio de sí mismo en la medida en que su propia vida y la de sus congéneres le importen. Claro, la enormidad del problema puede llegar a descorazonarnos y nunca dejan de llegarnos noticia de aquellos que han sido derrotados. Cierto es que nuestra contribución al conjunto y lo que podamos hacer por nosotros mismos probablemente tenga que ser siempre nada más que una minúscula parte de lo que imaginamos, deseamos, merecemos. Pero quizá parte de la grandeza humana de cada persona resida en enfrentar, a pesar de todas las limitaciones, esa tarea. Dice Novalis en algún lado: “Amigos, el mundo es pobre, pobre, y tenemos que trabajar mucho para obtener tan solo cosechas medianas”. Debemos aceptar esta afirmación como una verdad elemental acerca de la naturaleza del mundo.
Un último motivo por el que muchas personas no se deciden a vivir como lo desean es de un orden diferente. De un orden que me parece lo acertado y sencillo denominar “ideológico”. Me refiero al hecho de que muchas personas han aprendido, de acuerdo con un determinado sistema de ideas, que hay una forma de vivir a la que tienen que ajustarse si no quieren incurrir en falta. La mayoría de las religiones, pero también algunas ideologías seculares, obran así. De este modo limitan las opciones y modelos de vida que se consideran permitidos e inducen a los individuos a culpabilizarse si no las siguen, por no hablar del peso de la reprobación social.
No puedo examinar esta cuestión a fondo. Me limitaré a decir que no creo que haya un modo natural de vivir –como lo planteaba el pensamiento griego y romano-, ni que hayamos sido creados para cumplir un fin o misión predeterminados –como lo han enseñado durante milenios las religiones universales de salvación. Tampoco creo más que se trate de descubrir nuestras potencialidades y actualizarlas –como siguiendo algunas nociones aristotélicas es común pensar todavía.
Hoy pienso que se trata, más bien, de conocer las capacidades que tenemos y las que podemos desarrollar, de estudiar el significado de los diversos valores que los seres humanos hemos formulado, de jerarquizarlos reflexivamente y hacer nuestras elecciones y, sobre esta base imaginar e inventar la vida, nuestra vida, tomando en cuenta las circunstancias y de acuerdo a una imagen que nosotros mismos forjemos de la clase de seres humanos que queremos ser. Hoy no dudo de que éste es nuestro más alto derecho. Un derecho por el que, pese a todas la dificultades, a todas horas y en todos los frentes, para uno mismo y para todos los demás, es necesario luchar.
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