jueves, 17 de abril de 2008

El desarrollo de la conciencia humana en respuesta a la crisis planetaria.

Hace un mes la Dra. Laura Romero me invitó a participar en esta mesa redonda. No dudé en aceptar un solo segundo. No porque sea competente para hablar sobre el tema que nos reúne -no lo soy-, sino porque creo que desde hace tiempo es un tema tan urgente, que todos deberíamos hablar continuamente de él. Agradezco la oportunidad que Laura me ha ofrecido y espero no decepcionarla, cosa nada fácil por lo abultado y complejo del asunto.

Desarrollaré mi exposición en dos momentos. Primero esbozaré brevemente los rasgos más relevantes de la fisonomía de la crisis civilizatoria que padecemos. Esto es necesario pues de la forma como concibamos esta crisis debe depender la concepción de las tareas que la conciencia humana deberá afrontar en los próximos tiempos y el sentido de su transformación deseable, que abordaré en la segunda parte, más extensa, de esta exposición.

Las bases de esta crisis civilizatoria surgieron con la aparición de las economías industriales. El desarrollo de las sociedades industrializadas trajo muchos cambios. En su forma capitalista significó la creciente sustracción de los medios de vida de muchos grupos sociales y su concentración en un grupo cada vez más pequeño, proceso que ha continuado, acentuándose brutalmente. La necesidad de trabajar para otros –cosa diferente a trabajar por otros y con otros- y la inmersión en una economía monetaria provocó la sistemática erosión de valores y formas de vida tradicionales en las diferentes sociedades y aunque algunos valores se universalizaron –como la libertad y la igualdad-, la dinámica económico-social promovió una cultura cuyo puntal es el aprecio de la riqueza dineraria, puramente cuantitativa. Así, vemos cómo, en ámbitos sociales diferentes a los estrictamente económicos, -tales como el sistema jurídico, la política y la educación- el cumplimiento de los valores correspondientes –justicia, acuerdos en pro del bien común y formación- son sustituidos por el logro de beneficios económicos.

El desarrollo de la producción económica para el mercado más la proliferación de vías y medios de transporte y comunicación que permitiría su expansión, impulsaron poderosamente a lo largo de dos siglos el desarrollo del conocimiento tecnocientífico y el auge de una idea de ciencia cuya principal virtud es la producción de conocimientos que nos permiten el uso y control de la naturaleza. Esta idea se trasladó desde Comte a las ciencias sociales, cuyo tema son los seres humanos y las formas de vida asociada, y rige las nociones tecnocráticas presentes en la política contemporánea. La erosión de los valores sustantivos y locales y la entronización de este tipo de ciencia condujeron a la promoción de formas de pensamiento ajustadas al concepto de racionalidad instrumental, cuya base es la idea de proceder en la acción de acuerdo con un cálculo que minimice el tiempo, energía e insumos requeridos y maximice el logro del fin correspondiente, sea un estado de hecho, sea un objeto u obra determinados, prescindiendo de la cuestión de la legitimación del valor de éstos.

Esta es la realidad social en la que se generó y universalizó la significación imaginaria social de la dominación racional e ilimitada del mundo, que fue formulada hace casi 400 años por Francis Bacon y Rene Descartes como ideal de la naciente filosofía moderna. Sobre la base de esta significación, las naciones industrializadas –primero Inglaterra, Francia y Alemania, después Estados Unidos y Japón- cimentaron su relación con el resto del mundo. En este sentido, el colonialismo del siglo XIX y XX fue su aplicación primera.

Las dos guerras mundiales, los campos de concentración, el auge de la sociedad de consumo, la obsolescencia planificada, una industria de la cultura como entretenimiento con efectos tendencialmente estupidizantes los complejos militares-industriales, los movimientos geoestratégicos en torno al petróleo y otros recursos naturales y el inusitado impacto del los sistemas productivos, de transporte y de sostén energético de las crecientes áreas urbanas en el ecosistema y el sistema climático planetarios que día con día atestiguamos o padecemos, son su resultado y acompañamiento.

De esta forma, después de 200 años vemos como el progreso proyectado por la Ilustración europea, que hallaría su motor en la racionalidad, la ciencia y el individualismo se ha convertido en regresión y amenaza la existencia y el desarrollo de millones de seres humanos y la continuidad de miles de especies vegetales y animales sobre la tierra. Más progreso de éste, ya no, ¡por favor!

La alternativa que en el siglo XIX se ideó y en el XX se aplicó mostró no ser una respuesta suficiente. En su forma socialista, la industrialización supuso la conjunción del poder económico y el poder político en las mismas manos, la burocracia. Esto significó la pérdida de la capacidad de una gestión de la economía en pro de rendimientos económicos crecientes y, además, la generación de un vasto sistema de control y represión que anuló las iniciativas sociales, tal como lo habían temido el anarquista Bakunin, la socialdemócrata Rosa Luxemburgo y el sociólogo burgués Weber. Lo que generó el agotamiento sistémico –económico y político- de la sociedad soviética y la mayoría de sus satélites. Lenin, que había caracterizado al comunismo triunfante como los soviets más la electricidad, en sus últimos meses de vida se percató de la necesidad de una nueva cultura y lamentó su inexistencia amargamente. La nueva sociedad no había obrado sobre la base de una significación imaginaria diferente.

En esta situación, buscamos ahora nuevas alternativas y hemos de preguntarnos una vez más ¿qué hacer? La mayoría de las reflexiones aluden a los aspectos económicos, políticos y organizacionales. Estos aspectos son, ciertamente, básicos e ineludibles. Pero todos estos procesos dependen de una multitud de seres humanos irremediable y afortunadamente individuales. ¿Qué hay con ellos? O, mejor dicho, ¿qué hay con nosotros? ¿Qué papel corresponde a la conciencia y a qué conciencia? ¿Qué papel corresponde a nuestra conciencia?

La conciencia no es un atributo exclusivamente humano. Muchos animales son conscientes; es difícil determinar el límite inferior. Pero la conciencia humana, merced al lenguaje, la comunicación y el aprendizaje intersubjetivos y la creciente capacidad de acción humana frente al entorno, significó paulatinamente una transformación cualitativa con respecto a la consciencia inmediata animal.

Hablando en términos psicológico éste es el carácter básico de la conciencia: al estar conscientes, cada uno de nosotros se percata de sí mismo y del mundo en torno. Sin embargo, debemos percatarnos de entrada de que la conciencia no es un estado dado y estable, no es un punto inamovible. La conciencia es también, y sobre todo, una tarea. En el uso lingüístico común, decimos que las personas están conscientes cuando no están dormidas, se percatan de los estímulos que les reportan sus sentidos y pueden deliberar y decidir cursos de acción tomado en consideración sus condiciones y consecuencias.

A veces nos percatamos de algo que nos había pasado desapercibido, y no a causa de su ausencia, sino de que no habíamos dirigido nuestra atención hacia él de modo que lo captásemos de modo inmediato –no habíamos reparado en algo y de repente adquiere carácter de evidencia. Esto nos lleva a la conclusión de que la conciencia tiene grados, de que puede ser más o menos amplia, más o menos superficial.

Diversas tradiciones religiosas y filosóficas expresan esta idea de la gradación de la conciencia humana, de su potencial expansión, e invitan a los seres humanos a hacer evolucionar su conciencia, cubriendo estos diversos grados. Esta tarea es concebida como equivalente a su completa humanización o al desarrollo de su naturaleza específica, espiritual.

El objetivo es lograr un grado o estado último de conciencia en el que la conciencia abarque la totalidad de lo real, capte su unidad con dicha totalidad, más allá de su experiencia de escisión y otredad, y perciba el significado de ser y de los seres. En este estado, el ser humano orienta su existencia de la forma más lúcida posible y atiende al conjunto de sus posibilidades de ser, convenientemente jerarquizadas por dicha comprensión.

El resultado es un tipo de sabiduría capaz de orientar la vida en conjunto y armonizar al individuo con el mundo. Todas las tradiciones reconocen que la obtención de este tipo de conocimiento no es posible mediante un estudio meramente intelectual, sino que requiere asimismo de una ascesis, de una gran autodisciplina, de un retirarse de la vida mundana y de un proceso de autopercepción y autoexamen prolongados en los que el individuo va descubriendo la forma cómo se ha ligado al mundo en el transcurso de su existencia y al hacerlo se va liberado de las sujeciones mentales que suponen. Accede así a un nuevo género de libertad y a un conocimiento más profundo que el operacional y el lógico-lingüístico.

Esta caracterización es un buen punto de partida para examinar lo que hoy puede considerarse como una perspectiva adecuada del desarrollo y expansión de la conciencia.

Una premisa básica de las concepciones tradicionales es la idea de entender el mundo como una totalidad animada espiritualmente. A mi juicio, este aspecto no es aceptable. Desde mi perspectiva personal, que no creo carente de razones, prefiero concebir el mundo como una realidad dinámica en la cual emergen nuevas formas de ser con cualidades específicas e inéditas, dando lugar así al cuadro de un universo pletórico de movimiento y en el cual en determinados lugares y condiciones eclosionan espontáneamente y se despliegan la vida y el espíritu.

Sobre la base de esta visión, la tarea de la conciencia individual, tal como me la planteo a mí mismo y la propongo a ustedes, es la de una percepción y una concepción cada vez más amplias de las diversas dimensiones de la existencia humana, de su evolución, de su significado y de sus potencialidades, así como de su relación con sus condiciones sociales, terrenales y cósmicas, percepción y comprensión elaboradas desde la singular posición en la que cada cual enraiza y habita en el mundo, con la intención de impulsar el despliegue de dichas potencialidades como forma óptima de disfrute de la existencia para todos los que hemos sido dado a luz en este mundo y que por ese sólo hecho nos es otorgado.

Concebido así, este proceso no implica una reducción o eliminación de la conciencia científica, sino su ampliación y transformación en dirección a la comprensión viva de las interrelaciones entre espíritu, vida y materia en el mundo en lugar de la reducción de éste a material susceptible de ser dominado técnicamente.

Esto significa, de manera concomitante, la reivindicación de la razón, que, en lugar de quedar reducida a una mera función económica, ha de ser comprendida como un órgano mediante el cual los seres humanos generamos sentido, articulamos y clarificamos simbólicamente nuestra experiencia del mundo y descubrimos/inventamos nuestras posibilidades de expresión y autodesarrollo como seres vivientes, éticos, estéticos, cognoscentes y espirituales.

Por esta razón, los planteamientos antirracionalistas del desarrollo de la conciencia humana me parecen erróneos, aunque entendibles.

Estas premisas redundarían en una visión del cosmos naturalista y emergentista que permite entender la especificidad de cada nivel de ser y sus complejas interrelaciones, permitiéndonos comprender con mayor amplitud y profundidad las interrelaciones entre nosotros y nuestro entorno.

Tengo la convicción de que éste es el enfoque que necesitamos para entender mejor cómo hemos llegado a esta situación de crisis global y qué es lo que tendríamos que hacer para salir de ella y, sobre todo, el porqué, tanto en el sentido de las causas eficientes como en el de las razones para lograrlo. Captar y comprender el devenir del mundo y las transformaciones históricas que han conducido a la realidad presente, en términos planetarios, colectivos e individuales, he aquí la tarea, vasta, compleja y exigente, en términos intelectuales, emocionales y éticos, de la conciencia.

La aplicación de este enfoque no nos conduciría solamente a un conjunto integrado de conocimientos. También implica la transformación profunda de nuestra comprensión del tiempo, del sentido de nuestro existir, del sentido de la heterogeneidad social y cultural que resultó de la progresiva diseminación de la especie en el planeta y su arraigamiento en diversos y singulares entornos, de la relación entre la vida humana y el conjunto de la vida en el marco de nuestra común terrenalidad y de su significado a la luz de su génesis como parte de la historia del cosmos.
Sin embargo, no puedo más que mencionar estos puntos, pues su desarrollo requiere mucho más tiempo.

Quisiera, no obstante, hacer unas breves consideraciones sobre la cuestión del tiempo.

La idea de progreso ha sido constitutiva de la modernidad. Sin embargo, dicha idea se ha agotado porque, como decía Theodor Adorno, al parecer “todo progresa, menos el todo mismo”. Significa que el potencial tecnológico e intelectual de que dispone actualmente la humanidad no garantiza la elevación de la calidad de vida de los seres humanos y acaso ni siquiera su supervivencia.

Sabemos ahora que el progreso, en el que una vez se confió ciegamente, es cualquier cosa menos seguro. Los seres humanos podemos crear un mundo mejor. Es discutible que lo hayamos hecho. Pero hacerlo es una posibilidad. La realización de esta posibilidad no está inscrita en la naturaleza de las cosas, ni es un destino que nos corresponda según designio suprahumano, ni es un resultado inevitable de la dinámica histórica. Es algo que depende de nosotros, de la respuesta que demos a los problemas y a la realidad del presente. Esa respuesta puede ser suficientemente poderosa o no. Y si logramos el resultado deseado, nunca estará definitivamente asegurado.

Decía Elias Canneti hace 50 años que acaso la humanidad ya ha pasado el punto de no retorno y no nos hemos dado cuenta. Si fuera así, aunque siguiéramos existiendo, en realidad ya habríamos salido del tiempo; en este caso, todo lo que hagamos será vano.

Supongamos que está fuera la situación, ¿sería esta razón para dejarnos invadir por la desesperanza? En verdad, la existencia de nadie está asegurada ni por un instante. Siempre ha sido así. Hemos inventado múltiples ilusiones para superar ilusoriamente esta condición. Pero esto no nos lleva quizás sino a despreciar, así sea sutilmente, este cuerpo que somos, este mundo que compartimos y el tiempo, en el que el nacer y el perecer marchan inmortalmente asociados. Este es un aspecto común a muchas visiones tradicionales de la espiritualidad que me parece inaceptable.

Sin embargo, el goce del existir es una cualidad inmediata de la experiencia que se genera cuando los seres humanos aplicamos libre y generosamente nuestra vitalidad y espiritualidad a elaborar la plétora de sucesos con que nos circunda el mundo, sea en el contacto con los cuerpos o con la carne sensible y trémula que amamos, en la creación de bienes o en la elaboración y disfrute de las formas en la materia, el movimiento o el sentido. Creo que es por ese goce que hemos de vivir pues es autosatisfactorio y sus huellas en el mundo son el mejor testimonio de lo que somos. Hemos de hacer hoy lo que indican nuestros mejores pensamientos y demanda nuestro amor, igual si este día es uno entre miriadas o el último. Como flores que se abren por pocos días para donar su belleza y fragancia al mundo y legar la simiente de la vida que vendrá.

Dentro de este marco, hemos de percatarnos de que todos y cada uno somos responsables del bien y el mal de cada día, aunque sea en mínima medida, y siempre podremos hacer algo que redunde en crecimiento de uno y desmedro del otro. El mundo presente y los prójimos cercanos y lejanos con que coexistimos son el ámbito de nuestra responsabilidad. Estos son los términos que deben centrar nuestra tarea de hacer la historia, pues la historia no se ha acabado. Pero la historia que quisiéramos que aconteciera es tan sólo posible y de nosotros depende. Debemos hacernos profundamente conscientes de esto.

Frecuentemente escucho en auditorios como éste la pregunta ¿qué debemos hacer? formulada a alguien que tiene alguna autoridad intelectual o moral. Todos contestan que no hay recetas. Es la respuesta correcta. Pero me desagrada escuchar la demanda misma. Pues cada cual es quien tiene que decidir qué es lo que tiene que hacer en cada ámbito de su vida: con su familia, en su trabajo, en la escuela, ante cada prójimo que se cruce en su camino, ante las cuestiones sociales y políticas álgidas y relevantes que acaecen, cada cual debe decidir si calla o habla, si se abstiene o interviene, si toma una posición autodefensiva o generosa y combatiente, si se limita a aprovechar las oportunidades que tiene en el nicho social en el que la suerte lo ha colocado o toma posición frente a los problemáticas realidades que vivimos con un espíritu activo, solidario y audaz.

Creo que para quienes tomen las segundas opciones lo hagan airosamente, con mayor ventaja, hay una condición que deben procurar cumplir: aprender sobre sí y sobre el mundo activamente todo cuanto puedan como una tarea indeclinable. Sólo así cada cual transformará su propia conciencia en profusión y finamente y dará su mejor contribución. Esta tarea tiene varias vertientes:

 El conocimiento de sí a través de la meditación, la ensoñación, la narración y el diálogo con quienes tratamos.
 El conocimiento del mundo social y natural que constituye nuestro entorno inmediato.
 El conocimiento de la historia humana, local y universal.
 El conocimiento de las civilizaciones de que somos producto y de las que expresan otras formas y posibilidades de la humanidad.
 El conocimiento de los procesos del mundo, cosmológicos, terrenales, bióticos y elementales.

Obviamente, la tarea es vastísima, y puede parecer abrumadora, pero estamos en este universo, a él pertenecemos y nos pertenece, ¿por qué perdérnoslo?

A la idea de una nueva conciencia, de una conciencia ampliada, e una conciencia evolucionada, yo no le exijo menos que esto. Y me parece claro que ésta no puede ser una tarea de individuos aislados, sino obra de comunidades de pensamiento. Participar en estas labores es lo que hoy importa, lo que hoy es necesario y valioso, independientemente de la magnitud de cada contribución personal. En todo caso, consciente de que hablo a estudiantes y profesores, pienso que al participar en esta empresa, cada cual contribuiría a generar un mundo mejor para todos los que amamos, para todos los que viven, para todos los que vendrán.

Esa es nuestra tarea y la concibo como una de las mejores formas de vivir. Acaso algunos de ustedes coincidan conmigo. Mucho me gustaría.

Gracias.

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