Mi biblioteca está formada, sobre todo, por libros de filosofía, ciencias sociales, literatura, psicología, sociología e historia y estudios literarios. Hay unos pocos libros de matemáticas, física, química y biología. No es algo que me haya propuesto. Ocurrió así. La inmensa mayoría de mis libros los compré porque cada uno me intereso por sí mismo, no por motivos de estudio o trabajo. Quien viera los títulos se daría cuenta de las cosas que me interesan íntimamente. Me sorprende que sean tantas y me pregunto cómo puede ser. En momentos he sentido que yo mismo he tenido poco claro qué es lo que me interesa, en los términos más amplios. Y esto me intriga. Sobre todo porque esta cuestión surge, quizás, como un enigma cuya respuesta puede decirme algo acerca de mí mismo que, sospecho, puede serme, en este momento de alguna utilidad. Viene a mí mente afirmación kantiana, que no sé si será correcta en su generalidad, de que los seres humanos somos seres que nos preguntamos de dónde venimos y a dónde vamos. La respuesta me diría, de algún modo, esto: de dónde vengo y a dónde voy. Descubrirla es fácil: basta repasar mentalmente algunos cientos de títulos y vislumbrar su unidad. Hago eso justo ahora y la solución acude a mí. La respuesta es la misma que la que dio Edipo a la Esfinge: el hombre. Si, esto es correcto, por lo siento un poco estrecho. Porque no solo es el hombre sino el hombre y lo que ha hecho y hace. Es decir, el hombre y sus obras, juntos el mundo del hombre.
El mundo de los seres humanos. El mundo humano. Esto es lo que me interesa. Y no sólo en su momento actual, sino en su totalidad. El mundo humano y su historia. Veo la historia de la humanidad como una gran aventura, que comprende millones de historias y millones de aventuras. Cientos de millones de vidas haciéndose, configurando sus sentidos, sus destinos. Las vidas humanas. ¿Cómo han sido? ¿Cómo pueden ser? Pero dichas las cosas de esta manera el asunto puede parecer puramente intelectual. Hay un modo de plantear las cosas en el que la humanidad presente goza de preeminencia. Y que debe ser expuesto para que lo esencial quede a la luz. Quiero que la vida humana sea buena. Esto es lo esencial. La vida humana, la mía, la de Cecilia, la de sus hijas, la de cualquiera, la de todos los que viven, la de todos los que vendrán. Admiro a aquellos que supieron llenar sus vidas de inteligencia, amor, valor y belleza. Quiero que ninguna vida humana carezca de ellos. Si de verdad quiero esto “¿qué puedo hacer?” es la pregunta que me debo hacer y a la que debo responder en cada situación y en cada momento. Lo máximo que pueda es lo que me toca, es lo que constituye mi responsabilidad exclusiva. Para juzgar mi conducta y mi vida no me interesa el criterio de nadie más si este criterio no corresponde con el mío. Mi vida no puede ser buena para mi mismo si no respondo.
Constantemente hacemos historias, constantemente hacemos de nuestra vida una historia, aunque no estemos constantemente contándonos nuestra historia. Y lo que sucede nos emociona, a excepción de las emociones más básicas, según la manera como lo relacionemos con nuestra historia. O dicho de otra manera, lo que nos emociona lo hace porque sucede como parte de una historia. Y si a todos los seres humanos nos gusta una buena historia es porque no hay nada más emocionante que una buena historia. En lo personal, creo que es la razón por la que una gran parte de la humanidad dedique una buena parte de su tiempo a ver televisión y no por el poder de las imágenes.
Desde hace dos o tres años tengo miedo, un tipo de miedo que no había experimentado antes: miedo por el futuro de la humanidad. Todo lo que sé y la información que recibo sobre los acontecimientos del día a día lo ratifican y lo alimentan. Estamos en una situación de peligro. Y este peligro no es un peligro externo, que nos llegué desde afuera. Se trata de una situación que hemos creado nosotros mismos. Primero, sin darnos cuenta; luego, conscientemente. Un trastocamiento del ecosistema mundial que pone en cuestión la viabilidad de la biosfera y la existencia de la especie humana. Lo que me produce miedo, en particular, es la posibilidad de que ha pesar de ser conscientes de que esta situación es creación nuestra y de que sólo haciendo una serie de cosas se podrá ser revertida, no podamos detenerla a pesar de los esfuerzos que hagamos para lograrlo. Y esta imposibilidad obedecería a dos cosas: de que las acciones que provocan el problema no sean evitadas por interés y beneficio de algunas pocas personas que detentan el poder económico y político en los países más poderosos del planeta y porque ya se haya cruzado el umbrales crítico dentro del cual puede ser detenido el calentamiento global.
Todos los seres humanos, en algún grado, estamos emparentados. Todas las razas son producto de adaptaciones a características particulares de diversos hábitats de miembros de una misma especie. Hace 140 mil años un grupo de seres humanos cruzo el Mar Rojo. Sus descendientes, a través de sucesivas generaciones, fueron explorando y habitando nuevas regiones. No teniendo más memoria que la biológica, cada grupo, después de un tiempo, perdía el conocimiento de su real historia y recreaba la historia de su origen. En el transcurso de cientos y miles de años, surgieron diferentes comunidades, que habían perdido en conocimiento de las demás y sus lazos con ellas. Creaban su propia historia, su propia cultura, lenguaje, tecnología, reglas sociales, etc. Cada cual se volvía extraña para las demás; cada cual se desenvolvía ya ignorante de su común origen y de su común humanidad.
Durante miles de años, las sociedades humanas se desarrollaron más o menos aisladas. El auge de las sociedades de los Imperios antiguos hizo que algunas sociedades se reencontraran y, ya ajenas, se enfrentarán enemigas. Algunos Imperios, victoriosos, pretendieron imponer su cuño a las poblaciones dominadas, como el Imperio Romano; otros, las acogía y respetaban, como los chinos en algunos momentos de su historia. En tiempos modernos, el imperio español, primero, y luego el imperio británico, reconectaron poco a poco la mayoría de las sociedades del planeta y, bajo la dinámica de la industrialización capitalista, la mundialización se ha expandido casi al límite. Sobre la base de su identidad biológica, la humanidad está atravesada de forma aguda y agobiante por múltiples separaciones y diferencias económicas, políticas y culturales en un momento en que la unidad humana es una prioridad si queremos seguir existiendo y si queremos que la Tierra continúe albergando las formas de vida que nos han acompañado. Quisiera creer que si fuéramos conscientes de que cada ser humano es un pariente nuestro sería más fácil resolver las cosas.
La historia de la especie humana, tal como yo me la cuento, me parece una aventura estremecedora. Los seres humanos hemos hecho cosas maravillosas y cosas terribles. Somos una especie que aprende y crea, una especie que expande sus poderes de una forma asombrosa. La riqueza material de la humanidad debe ser varios cientos, si no es que miles, de veces mayor que hace quinientos años. Y el conocimiento humano es miles de veces mayor que hace sólo doscientos. Esos inmensos poderes son, lo sabemos ahora sin duda, armas de dos filos. Pueden posibilitar acciones y experiencias llenas de sentido y valor para los seres humanos que vendrán. Pero también podrán abatirlos de formas irremisibles y de una brutalidad enloquecedora. Y lo que suceda dependerá de lo que haga la humanidad actual. Esto significa la oportunidad de embargos en una aventura sin parangón, una aventura que requiere de lo mejor de cada uno de nosotros y que desarrollaría lo mejor de cada cual en diversos sentidos: ético, intelectual, emocional, en suma, espiritual. Sé que la mayor batalla de la humanidad ha llegado. Esta conciencia impone múltiples exigencias a mi espíritu. No responder sería una traición a lo humano en mí.
El mundo de los seres humanos. El mundo humano. Esto es lo que me interesa. Y no sólo en su momento actual, sino en su totalidad. El mundo humano y su historia. Veo la historia de la humanidad como una gran aventura, que comprende millones de historias y millones de aventuras. Cientos de millones de vidas haciéndose, configurando sus sentidos, sus destinos. Las vidas humanas. ¿Cómo han sido? ¿Cómo pueden ser? Pero dichas las cosas de esta manera el asunto puede parecer puramente intelectual. Hay un modo de plantear las cosas en el que la humanidad presente goza de preeminencia. Y que debe ser expuesto para que lo esencial quede a la luz. Quiero que la vida humana sea buena. Esto es lo esencial. La vida humana, la mía, la de Cecilia, la de sus hijas, la de cualquiera, la de todos los que viven, la de todos los que vendrán. Admiro a aquellos que supieron llenar sus vidas de inteligencia, amor, valor y belleza. Quiero que ninguna vida humana carezca de ellos. Si de verdad quiero esto “¿qué puedo hacer?” es la pregunta que me debo hacer y a la que debo responder en cada situación y en cada momento. Lo máximo que pueda es lo que me toca, es lo que constituye mi responsabilidad exclusiva. Para juzgar mi conducta y mi vida no me interesa el criterio de nadie más si este criterio no corresponde con el mío. Mi vida no puede ser buena para mi mismo si no respondo.
Constantemente hacemos historias, constantemente hacemos de nuestra vida una historia, aunque no estemos constantemente contándonos nuestra historia. Y lo que sucede nos emociona, a excepción de las emociones más básicas, según la manera como lo relacionemos con nuestra historia. O dicho de otra manera, lo que nos emociona lo hace porque sucede como parte de una historia. Y si a todos los seres humanos nos gusta una buena historia es porque no hay nada más emocionante que una buena historia. En lo personal, creo que es la razón por la que una gran parte de la humanidad dedique una buena parte de su tiempo a ver televisión y no por el poder de las imágenes.
Desde hace dos o tres años tengo miedo, un tipo de miedo que no había experimentado antes: miedo por el futuro de la humanidad. Todo lo que sé y la información que recibo sobre los acontecimientos del día a día lo ratifican y lo alimentan. Estamos en una situación de peligro. Y este peligro no es un peligro externo, que nos llegué desde afuera. Se trata de una situación que hemos creado nosotros mismos. Primero, sin darnos cuenta; luego, conscientemente. Un trastocamiento del ecosistema mundial que pone en cuestión la viabilidad de la biosfera y la existencia de la especie humana. Lo que me produce miedo, en particular, es la posibilidad de que ha pesar de ser conscientes de que esta situación es creación nuestra y de que sólo haciendo una serie de cosas se podrá ser revertida, no podamos detenerla a pesar de los esfuerzos que hagamos para lograrlo. Y esta imposibilidad obedecería a dos cosas: de que las acciones que provocan el problema no sean evitadas por interés y beneficio de algunas pocas personas que detentan el poder económico y político en los países más poderosos del planeta y porque ya se haya cruzado el umbrales crítico dentro del cual puede ser detenido el calentamiento global.
Todos los seres humanos, en algún grado, estamos emparentados. Todas las razas son producto de adaptaciones a características particulares de diversos hábitats de miembros de una misma especie. Hace 140 mil años un grupo de seres humanos cruzo el Mar Rojo. Sus descendientes, a través de sucesivas generaciones, fueron explorando y habitando nuevas regiones. No teniendo más memoria que la biológica, cada grupo, después de un tiempo, perdía el conocimiento de su real historia y recreaba la historia de su origen. En el transcurso de cientos y miles de años, surgieron diferentes comunidades, que habían perdido en conocimiento de las demás y sus lazos con ellas. Creaban su propia historia, su propia cultura, lenguaje, tecnología, reglas sociales, etc. Cada cual se volvía extraña para las demás; cada cual se desenvolvía ya ignorante de su común origen y de su común humanidad.
Durante miles de años, las sociedades humanas se desarrollaron más o menos aisladas. El auge de las sociedades de los Imperios antiguos hizo que algunas sociedades se reencontraran y, ya ajenas, se enfrentarán enemigas. Algunos Imperios, victoriosos, pretendieron imponer su cuño a las poblaciones dominadas, como el Imperio Romano; otros, las acogía y respetaban, como los chinos en algunos momentos de su historia. En tiempos modernos, el imperio español, primero, y luego el imperio británico, reconectaron poco a poco la mayoría de las sociedades del planeta y, bajo la dinámica de la industrialización capitalista, la mundialización se ha expandido casi al límite. Sobre la base de su identidad biológica, la humanidad está atravesada de forma aguda y agobiante por múltiples separaciones y diferencias económicas, políticas y culturales en un momento en que la unidad humana es una prioridad si queremos seguir existiendo y si queremos que la Tierra continúe albergando las formas de vida que nos han acompañado. Quisiera creer que si fuéramos conscientes de que cada ser humano es un pariente nuestro sería más fácil resolver las cosas.
La historia de la especie humana, tal como yo me la cuento, me parece una aventura estremecedora. Los seres humanos hemos hecho cosas maravillosas y cosas terribles. Somos una especie que aprende y crea, una especie que expande sus poderes de una forma asombrosa. La riqueza material de la humanidad debe ser varios cientos, si no es que miles, de veces mayor que hace quinientos años. Y el conocimiento humano es miles de veces mayor que hace sólo doscientos. Esos inmensos poderes son, lo sabemos ahora sin duda, armas de dos filos. Pueden posibilitar acciones y experiencias llenas de sentido y valor para los seres humanos que vendrán. Pero también podrán abatirlos de formas irremisibles y de una brutalidad enloquecedora. Y lo que suceda dependerá de lo que haga la humanidad actual. Esto significa la oportunidad de embargos en una aventura sin parangón, una aventura que requiere de lo mejor de cada uno de nosotros y que desarrollaría lo mejor de cada cual en diversos sentidos: ético, intelectual, emocional, en suma, espiritual. Sé que la mayor batalla de la humanidad ha llegado. Esta conciencia impone múltiples exigencias a mi espíritu. No responder sería una traición a lo humano en mí.
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