Los lenguajes son el mejor testimonio de la inmensa cantidad de cosas que han interesado a la humanidad desde sus orígenes. No se puede decir que lo que carece de existencia en el lenguaje no exista en absoluto, pero sí se puede afirmar que no importa. Si nadie lo ha llevado a la palabra es insignificante. De lo que a nadie ha importado no podemos hablar. Pero, como cualquiera puede constatar, hay muchas cosas que han interesado a otros que a cada cual no importan. Es inevitable puesto que somos finitos. No tenemos tiempo ni fuerza para todo. De ahí que no sea cuestión baladí la de determinar qué es lo que menos nos puede importar.
En ocasiones me ha ocurrido maravillarme ante el hecho de que algunas personas se interesen y apasionen por cosas que a mí me resultan harto indiferentes. Sin embargo, si me pongo a considerar el asunto no tardo en descubrir aquello que las hace interesantes y entonces descubro gratamente que también me incumben. Todo, pues, podría importarme. Puedo aventurarme así a decir que lo que no podría importarme no existe.
La importancia, como todo, tiene grados. Determinar el grado más alto no implica dificultad puesto que nos absorbe y no podemos ni queremos eludirlo, como suele ser el caso de una mujer o un hijo, una vocación o un vicio. Pero lo que menos nos importa puede, eso sí, representar algún problema. Considero, además, que la importancia de cualquier cosa depende siempre de las circunstancias.
Los profesores, y esto lo sé por propia experiencia, suelen decir “esto es muy importante” como si fuera importante en sí, cuando ocurre que solo es importante para ellos, y eso sí que muchas veces, en realidad, no importa. Cualquier cosa puede volverse muy importante. A todos nos ocurre alguna vez que de repente tenemos una desesperada necesidad de algún pequeño objeto que no mucho antes despreciamos y nos deshicimos de él. Me ha pasado en varias ocasiones que después de haber tirado una nota de compra o una servilleta necesito escribir un dato o una ocurrencia sin poder encontrar donde anotarlo. ¡Como me recrimino entonces haber despreciado ese pequeño papel que no estorbaba! Por eso, con respecto a ningún asunto digo: de esta agua no beberé, y no sin fruición.
Sin embargo, hay cosas que, en efecto, encuentro que poco me importan. Se trata de esas cosas que cuando estoy con alguien me molesta e irrita que hable de ellas y me hace desear cambiar de tema, o, sino veo que la situación se prolongará, huir. Temas que otros les parecen interesantes pero a mí, por más que insistan y trate de ponerme receptivo, no.
Por ejemplo, los ovnis. Cuando mi primo Gerardo comienza a hablar de ovnis caigo en el sopor. Cuando tenía siete años vio un platote luminoso girando sobre su cabeza una tarde en que jugaba en un parque. Desde entonces esta convencido de la existencia de los ovnis. El otro día me contó del último video presentado por Jaime Maussan. ¡Como me costó conservar mi natural cortesía! Diez minutos después viajaba yo rumbo a una recién inventada cita con un inexistente dentista.
No es que crea que sólo hay vida en la Tierra. Al el contrario, sé racionalmente que hay vida en otros lugares del universo, aunque no sepa de qué tipo ni en dónde. Por doquier en el espacio infinito existen las mismas materias primas y rigen las mismas leyes. La vida es un resultado de procesos naturales aleatorios, altamente probables, diría inevitables, en determinadas circunstancias. No obstante, cuando escucho testimonios y veo fotos y videos de ovnis y extraterrestres, la puerilidad del asunto me resulta exasperante.
Otro tanto me ocurre con los milagros. Pasa algo que algunos desean pero que nadie acierta a explicar, y ¡zas! tienes un milagro. La cuestión es irritantemente irrisoria, pongamos por caso, cuando una persona llama milagro al hecho de que haya sobrevivido al paso de una tormenta mientras a su alrededor hay algunas decenas o cientos de muertos. Uno escucha estas cosas en cualquier noticiero 365 veces al año. Pero los milagros hechos y derechos, aquellos que sancionan los teólogos, no me merecen más respeto.
En general, con todas las cuestiones religiosas me pasa lo mismo. Lo que me predispone contra ellas no es, como podría pensarse para el caso de un filósofo, el conocimiento de las críticas a las pruebas de la existencia de Dios, sea la cosmológica, la físico-teológica o la célebre ontológica, críticas que por lo demás juzgo correctas. Tanto dichas pruebas como sus refutaciones me parecen intrascendentes juegos de niños. Lo que para mi gusto es más decisivo a la hora de poner en cuestión las creencias religiosas es el simple hecho de que veinte millones de personas discrepen tozuda y hasta violentamente de cien millones de personas que viven unos cientos de kilómetros más allá por el simple hecho de que a unos y a otros les hayan imbuido en la primer etapa de su vida, cuando su inteligencia estaba en proceso de formación, ideas diferentes.
Cuando en La edad de la fe de Will Durant leí que en los países islámicos a los niños de entre tres y cuatro años se les hace repetir interminablemente que “Dios es Alá y Mahoma es su profeta” el procedimiento me pareció aberrante y repugnante. Se entiende que cuando alguien caricaturiza al iletrado camellero quemen las embajadas. Pero los creyentes no suelen reparar en este carácter contingente y arbitrario de sus convicciones religiosas. Hace mucho tiempo que sé que 1 es 1 y que 3 es 3 y que no es posible afirmar que 3 = 1 sino doblegando, si no es que destruyendo, la propia inteligencia, como afirmaba Nietzsche de Pascal.
Creo que detrás de toda religión se encuentra el sentimiento de desamparo, al que nadie puede escapar, y el deseo de tener un padre que nos proteja siempre de todo peligro y nos salvaguarde de la muerte. Se pensaría que cualquiera desearía tener un padre así. Excepto, me digo, los seres humanos libres que asumen la verdad de su condición finita y mortal. Pues como dice el Orestes de Sartre: “Una vez que la libertad ha estallado en al alma de un hombre, ya nada pueden los dioses contra ese hombre”.
Junto a los ovnis, los milagros y las creencias religiosas, poco me importan se encuentran igualmente los chismes y la publicidad. Me impacientan los chismes y desprecio a los chismosos porque no se atreverían a decir las cosas en la cara de aquellos de quien hablan. Porque el chisme tiene siempre algo de mentira, de engaño, así sea inconsciente, de parte del que chismea. El chisme se parece a la publicidad por su consustancial falta de veracidad. Toda mercancía es ya símbolo, no mero objeto de uso, que aporta una ganancia pecuniaria a su productor e imaginaria a su consumidor.
Tendría que agregar, entre las cosas que menos me importan, las promesas de los políticos de cualquier filiación y pelaje. Ninguno que no prometa más de lo que puede tiene la más mínima posibilidad de triunfar. Pareciera que hablar con la verdad acerca de lo posible equivale a un suicidio político. Por eso para mí una voz política absolutamente veraz sería, eso sí, el más claro indicio de la estadía de un extraterrestre entre nosotros.
Poco me importan, en general, los estereotipos. Revelan siempre o que se vive en un mundo pequeño o falta de experiencia o cierta debilidad mental. Los hombres deben ser valientes y las mujeres tiernas. ¡Hasta el antiburgués Marx pensaba eso! Una enfermera que conozco me dice que todas las madres –su modo de llamar a las monjas- son santas. Las madres –es decir, las madres técnicamente hablando- deben ser abnegadas. Se piensa también que los profesionistas tienen más cultura que la demás gente y que todos los abogados son ladrones Quizás a pesar del estudio y la experiencia los estereotipos persistan porque una pequeña pero indestructible porción de nuestra alma tiene naturaleza de loro.
Personalmente, lo que menos me importa es la congruencia. Cuando alguien se entera de que soy filósofo piensa que me debe gustar la música clásica –que no me gusta- y pone los ojos como platos si le digo que me encanta bailar. Me gusta la poesía de Vicente Aleixandre y Jorge Guillén, pero también las canciones de Javier Solís y Cuco Sánchez. No dudo de que la inteligencia femenina no es menor que la masculina, pero me gusta un buen strip tease, pero en privado. Mas si soy yo quien lo tengo que hacer, por mí ¡encantado!
Consulto el I-Ching y leo a Lao Tsé, pero me impongo la exigencia de racionalidad en todo pensamiento y decisión. Me gusta imitar personas y voces y en ocasiones me divierto comportándome como el Quasimodo de Abel Gance, para terror de los circunstantes, y suelo alburear a quien se puede, pero me sé terrible, mortalmente serio. Me fastidian los juegos de cartas, el fútbol y el ajedrez, y si juego este último es porque me encanta destrozar un enemigo sin violencia ni ganancia económica de por medio. Sin embargo, amo la paz. ¿Congruencia? Muchos opinarían que no. Pero la última cosa que me importa es el qué dirán. Lo único que yo sé es que si procurará ser congruente ¡a que aburridotas me daría!
Así pues, las cosas que menos me importan representan diversas formas de la irrealidad, del no ser, modos e ideas mediante las cuales otros se aprovechan de nosotros, de nuestra credulidad, para reducirnos, para limitarnos, para menoscabar nuestra infinita singularidad y la insólita riqueza del mundo. Esto es, creo, lo que tiene en común las cosas que menos me importan.
Lo que me importa es la realidad, toda la realidad, variada, compleja y feraz. Me atrae cualquier cosa real, es decir, todo aquello que cuando le hincas el diente te lo puede quebrar. También me apasionan las ficciones bien urdidas, sean literarias, filosóficas o artísticas, que constituyen la mejor parte de nuestro aporte a lo real: su sentido. Lo único que no me importa son las fantasías, esos pensamientos alimentados exclusivamente por el deseo, el miedo o la esperanza, sin importar cuan útiles, milenarias ni colectivas sean.
En ocasiones me ha ocurrido maravillarme ante el hecho de que algunas personas se interesen y apasionen por cosas que a mí me resultan harto indiferentes. Sin embargo, si me pongo a considerar el asunto no tardo en descubrir aquello que las hace interesantes y entonces descubro gratamente que también me incumben. Todo, pues, podría importarme. Puedo aventurarme así a decir que lo que no podría importarme no existe.
La importancia, como todo, tiene grados. Determinar el grado más alto no implica dificultad puesto que nos absorbe y no podemos ni queremos eludirlo, como suele ser el caso de una mujer o un hijo, una vocación o un vicio. Pero lo que menos nos importa puede, eso sí, representar algún problema. Considero, además, que la importancia de cualquier cosa depende siempre de las circunstancias.
Los profesores, y esto lo sé por propia experiencia, suelen decir “esto es muy importante” como si fuera importante en sí, cuando ocurre que solo es importante para ellos, y eso sí que muchas veces, en realidad, no importa. Cualquier cosa puede volverse muy importante. A todos nos ocurre alguna vez que de repente tenemos una desesperada necesidad de algún pequeño objeto que no mucho antes despreciamos y nos deshicimos de él. Me ha pasado en varias ocasiones que después de haber tirado una nota de compra o una servilleta necesito escribir un dato o una ocurrencia sin poder encontrar donde anotarlo. ¡Como me recrimino entonces haber despreciado ese pequeño papel que no estorbaba! Por eso, con respecto a ningún asunto digo: de esta agua no beberé, y no sin fruición.
Sin embargo, hay cosas que, en efecto, encuentro que poco me importan. Se trata de esas cosas que cuando estoy con alguien me molesta e irrita que hable de ellas y me hace desear cambiar de tema, o, sino veo que la situación se prolongará, huir. Temas que otros les parecen interesantes pero a mí, por más que insistan y trate de ponerme receptivo, no.
Por ejemplo, los ovnis. Cuando mi primo Gerardo comienza a hablar de ovnis caigo en el sopor. Cuando tenía siete años vio un platote luminoso girando sobre su cabeza una tarde en que jugaba en un parque. Desde entonces esta convencido de la existencia de los ovnis. El otro día me contó del último video presentado por Jaime Maussan. ¡Como me costó conservar mi natural cortesía! Diez minutos después viajaba yo rumbo a una recién inventada cita con un inexistente dentista.
No es que crea que sólo hay vida en la Tierra. Al el contrario, sé racionalmente que hay vida en otros lugares del universo, aunque no sepa de qué tipo ni en dónde. Por doquier en el espacio infinito existen las mismas materias primas y rigen las mismas leyes. La vida es un resultado de procesos naturales aleatorios, altamente probables, diría inevitables, en determinadas circunstancias. No obstante, cuando escucho testimonios y veo fotos y videos de ovnis y extraterrestres, la puerilidad del asunto me resulta exasperante.
Otro tanto me ocurre con los milagros. Pasa algo que algunos desean pero que nadie acierta a explicar, y ¡zas! tienes un milagro. La cuestión es irritantemente irrisoria, pongamos por caso, cuando una persona llama milagro al hecho de que haya sobrevivido al paso de una tormenta mientras a su alrededor hay algunas decenas o cientos de muertos. Uno escucha estas cosas en cualquier noticiero 365 veces al año. Pero los milagros hechos y derechos, aquellos que sancionan los teólogos, no me merecen más respeto.
En general, con todas las cuestiones religiosas me pasa lo mismo. Lo que me predispone contra ellas no es, como podría pensarse para el caso de un filósofo, el conocimiento de las críticas a las pruebas de la existencia de Dios, sea la cosmológica, la físico-teológica o la célebre ontológica, críticas que por lo demás juzgo correctas. Tanto dichas pruebas como sus refutaciones me parecen intrascendentes juegos de niños. Lo que para mi gusto es más decisivo a la hora de poner en cuestión las creencias religiosas es el simple hecho de que veinte millones de personas discrepen tozuda y hasta violentamente de cien millones de personas que viven unos cientos de kilómetros más allá por el simple hecho de que a unos y a otros les hayan imbuido en la primer etapa de su vida, cuando su inteligencia estaba en proceso de formación, ideas diferentes.
Cuando en La edad de la fe de Will Durant leí que en los países islámicos a los niños de entre tres y cuatro años se les hace repetir interminablemente que “Dios es Alá y Mahoma es su profeta” el procedimiento me pareció aberrante y repugnante. Se entiende que cuando alguien caricaturiza al iletrado camellero quemen las embajadas. Pero los creyentes no suelen reparar en este carácter contingente y arbitrario de sus convicciones religiosas. Hace mucho tiempo que sé que 1 es 1 y que 3 es 3 y que no es posible afirmar que 3 = 1 sino doblegando, si no es que destruyendo, la propia inteligencia, como afirmaba Nietzsche de Pascal.
Creo que detrás de toda religión se encuentra el sentimiento de desamparo, al que nadie puede escapar, y el deseo de tener un padre que nos proteja siempre de todo peligro y nos salvaguarde de la muerte. Se pensaría que cualquiera desearía tener un padre así. Excepto, me digo, los seres humanos libres que asumen la verdad de su condición finita y mortal. Pues como dice el Orestes de Sartre: “Una vez que la libertad ha estallado en al alma de un hombre, ya nada pueden los dioses contra ese hombre”.
Junto a los ovnis, los milagros y las creencias religiosas, poco me importan se encuentran igualmente los chismes y la publicidad. Me impacientan los chismes y desprecio a los chismosos porque no se atreverían a decir las cosas en la cara de aquellos de quien hablan. Porque el chisme tiene siempre algo de mentira, de engaño, así sea inconsciente, de parte del que chismea. El chisme se parece a la publicidad por su consustancial falta de veracidad. Toda mercancía es ya símbolo, no mero objeto de uso, que aporta una ganancia pecuniaria a su productor e imaginaria a su consumidor.
Tendría que agregar, entre las cosas que menos me importan, las promesas de los políticos de cualquier filiación y pelaje. Ninguno que no prometa más de lo que puede tiene la más mínima posibilidad de triunfar. Pareciera que hablar con la verdad acerca de lo posible equivale a un suicidio político. Por eso para mí una voz política absolutamente veraz sería, eso sí, el más claro indicio de la estadía de un extraterrestre entre nosotros.
Poco me importan, en general, los estereotipos. Revelan siempre o que se vive en un mundo pequeño o falta de experiencia o cierta debilidad mental. Los hombres deben ser valientes y las mujeres tiernas. ¡Hasta el antiburgués Marx pensaba eso! Una enfermera que conozco me dice que todas las madres –su modo de llamar a las monjas- son santas. Las madres –es decir, las madres técnicamente hablando- deben ser abnegadas. Se piensa también que los profesionistas tienen más cultura que la demás gente y que todos los abogados son ladrones Quizás a pesar del estudio y la experiencia los estereotipos persistan porque una pequeña pero indestructible porción de nuestra alma tiene naturaleza de loro.
Personalmente, lo que menos me importa es la congruencia. Cuando alguien se entera de que soy filósofo piensa que me debe gustar la música clásica –que no me gusta- y pone los ojos como platos si le digo que me encanta bailar. Me gusta la poesía de Vicente Aleixandre y Jorge Guillén, pero también las canciones de Javier Solís y Cuco Sánchez. No dudo de que la inteligencia femenina no es menor que la masculina, pero me gusta un buen strip tease, pero en privado. Mas si soy yo quien lo tengo que hacer, por mí ¡encantado!
Consulto el I-Ching y leo a Lao Tsé, pero me impongo la exigencia de racionalidad en todo pensamiento y decisión. Me gusta imitar personas y voces y en ocasiones me divierto comportándome como el Quasimodo de Abel Gance, para terror de los circunstantes, y suelo alburear a quien se puede, pero me sé terrible, mortalmente serio. Me fastidian los juegos de cartas, el fútbol y el ajedrez, y si juego este último es porque me encanta destrozar un enemigo sin violencia ni ganancia económica de por medio. Sin embargo, amo la paz. ¿Congruencia? Muchos opinarían que no. Pero la última cosa que me importa es el qué dirán. Lo único que yo sé es que si procurará ser congruente ¡a que aburridotas me daría!
Así pues, las cosas que menos me importan representan diversas formas de la irrealidad, del no ser, modos e ideas mediante las cuales otros se aprovechan de nosotros, de nuestra credulidad, para reducirnos, para limitarnos, para menoscabar nuestra infinita singularidad y la insólita riqueza del mundo. Esto es, creo, lo que tiene en común las cosas que menos me importan.
Lo que me importa es la realidad, toda la realidad, variada, compleja y feraz. Me atrae cualquier cosa real, es decir, todo aquello que cuando le hincas el diente te lo puede quebrar. También me apasionan las ficciones bien urdidas, sean literarias, filosóficas o artísticas, que constituyen la mejor parte de nuestro aporte a lo real: su sentido. Lo único que no me importa son las fantasías, esos pensamientos alimentados exclusivamente por el deseo, el miedo o la esperanza, sin importar cuan útiles, milenarias ni colectivas sean.
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