jueves, 17 de abril de 2008

El enfoque sistémico como programa de investigación en la sociología

Antes de entrar al tema de mi exposición, quiero hacer una observación preliminar sobre la noción de paradigma.

El concepto de paradigma es un concepto de historiador. Fue creado para designar aquellas etapas en que dentro de una disciplina científica todos los científicos se basan en los mismos principios básicos, modelos y métodos de investigación de una manera prácticamente indisputada en oposición a los periodos en que el debate entre diversas posiciones se encona y no parece tener fácil solución y que Thomas Kuhn denomina “revoluciones científicas.” Esos principios, modelos y métodos son los que constituyen el paradigma.

Debido al carácter de indisputabilidad aceptada por todos los investigadores de un campo durante un tiempo apreciable, sólo el análisis histórico permite decidir acerca de la existencia de un paradigma. No es posible anunciar la existencia de un paradigma en el momento de su nacimiento.

Sin embargo, algunos se adornan anunciando que plantean nuevos paradigmas, y al hacerlo deforman el significado del término estipulado por Kuhn. ¿Qué sentido tiene esta deformación? Sospecho que el siguiente. Trabajar bajo un paradigma equivale a trabajar bajo un paraguas que protege de las inclemencias de la crítica, que se ensaña en señalar las anomalías que enfrenta dicho paradigma. Pero hay más aún, y mejor. El paradigma brinda identidad disciplinar, legitimidad y prestigió. Pues el paradigma representa, ante todo, lo consagrado. Por eso quien anuncia que formula un nuevo paradigma o que se adhiere a un paradigma naciente cree asegurar su futuro intelectual a la vez que se siente adornado con la más bella flor.

En todo caso, prefiero pensar que estamos en una época de revolución científica, ese periodo en el que no reina ya ningún paradigma. En un tiempo así la incertidumbre es más grande pero las aventuras que puede emprender el pensamiento son también de mayor magnitud. La verdad como moneda que se tiene segura en la palma de la mano ni seduce ni incita a pensar. Quien no se atreva a enfrentar la incertidumbre no está hecho para pensar por su propia cuenta Por eso rechazo la idea de exponer un nuevo paradigma. Prefiero optar por otro planteamiento, a mi juicio más comprometedor y productivo, y del que puede decirse que su uso se impone en periodos de revolución.

Imre Lakatos, filósofo e historiador de la ciencia húngaro, menos popular que Kuhn, pero no menos respetado por los entendidos, propuso un concepto que juzgo fértil y orientador: el concepto de programas de investigación científica. Un programa de investigación surge cuando se formulan una serie de conceptos y tesis generales para estructurar la comprensión de un campo de conocimientos, se plantean una serie de problemas de investigación y se logran obtener resultados defendibles en el estudio de algunos objetos de dicho campo. La tarea de quienes se comprometen con dicho programa es partir de ese “núcleo duro” de conceptos y tesis para formular hipótesis auxiliares compatibles con él que muestren, a través de la investigación, proporcionar resultados aceptables y capaces de responder a las anomalías que inevitablemente se han presentar. En la medida que el efecto sea un aumento y una creciente integración de los conocimientos de dicho campo, el programa de investigación tiene valor.

No es posible decir “este es un nuevo paradigma” cuando el bebe está naciendo, como si fuese un pequeño Buda, pero si es posible decir “proponemos estos conceptos y tesis como punto de partida para estudiar los fenómenos que nos interesan, enfocar los problemas de estudio a partir de ellos y desarrollar hipótesis auxiliares consistentes con ellos para obtener resultados de investigación defendibles. Tal es nuestro programa de investigación”. Un aspecto destacable de este concepto es que no requiere que ese “núcleo duro” conste de verdades evidentes, sino simplemente de ideas nos parezcan capaces de alimentar generosamente líneas de reflexión e investigación conducentes a nuevas y más o menos sólidas respuestas a nuestras interrogantes. De hecho, los teoremas más generales de una disciplina, debido a su alto nivel de abstracción, nunca son directamente contrastables con el material empírico.

Después de este preámbulo, pasaré a exponer lo que considero un programa de investigación fértil para las ciencias sociales: el enfoque sistémico.

Para abordar el enfoque sistémico, comenzaré con una pregunta: ¿Cuál es, en el nivel más abstracto, el objeto del conocimiento o de la ciencia?

Si examinamos a vista de pájaro la historia del pensamiento occidental, diría que hay tres respuestas. La respuesta de la filosofía griega y medieval, que diría: “Las cosas o entes individuales y sus propiedades, desde un grano de arena hasta Dios”. La respuesta de la filosofía moderna, que diría: “Las leyes de la naturaleza, pues gobiernan el comportamiento de las cosas, excepto Dios que ha creado ambos”. Y la respuesta que se generó a partir del silo XVIII, que diría: “Los sistemas, pues toda cosa es un sistema o parte de un sistema y las leyes que explican su comportamiento dependen del sistema de que forma parte”. ¿Y Dios? Bien, gracias.

La astronomía, la biología y la historia dieron lugar a esa respuesta. Piensen por un momento en el sistema solar. Piensen ahora en un organismo viviente. A partir de ese siglo nos comenzamos a percatar de que muchas cosas son totalidades formadas por diversos componentes que interactúan de tal modo que las características de esa totalidad sólo pueden explicarse por las relaciones entre dichos componentes y que las características de esos componentes sólo pueden explicarse si atendemos a la conformación de la totalidad en la que están integrados.

En el campo histórico, un pensador alemán, Herder, se percató de que las normas, ideas y prácticas de las diversas sociedades formaban una unidad diferenciada pero congruente. A principios del siglo XIX, una mente enciclopédica, Hegel, pensó que todo esto significaba que la totalidad de lo real, desde el mundo físico hasta el mundo cultural, estaba formada por diversos sistemas que emergían en el tiempo y formaban un mundo formado por diferentes niveles. Su filosofía expuso esta concepción, adquiriendo así la forma de sistema. Sin embargo, para explicar estos procesos, Hegel se basó en una idea espiritualista: en el fondo, la realidad es de naturaleza espiritual y el proceso del devenir del mundo no es más que el proceso de autoconocimiento del espíritu absoluto.

Tres décadas después, Karl Marx desechó la metafísica espiritualista de Hegel, pero comprendió que concebir la realidad como sistema era un buen punto de partida para estudiar la realidad social y los procesos históricos. Su idea era que la perspectiva sistémica –que ambos llamaron dialéctica- permitiría entender cómo estaba organizada una sociedad y por qué y explicar su funcionamiento regular y los procesos de transformación más profunda que llegaban a ocurrir.

Sin embargo, el idealismo de Hegel produjo un fuerte rechazo por parte de una mentalidad positivista en ascenso. Y el materialismo crítico y el radicalismo político de Marx provocaron fuertes rechazos en muchos sectores intelectuales, aunque provocó también una apasionada adhesión en una pequeña porción. Por otra parte, las ingenuidades filosóficas en que incurrió Engels, su colaborador, en su interpretación y sistematización de la dialéctica –que postuló una ultrageneralización de la idea de totalidades autocontradictorias- provocaron fuertes dudas, con justa razón, en los filósofos más serios, de que en la dialéctica hubiera algo intelectualmente rescatable.

El ascenso del positivismo significó el auge de la posición según la cual el objetivo supremo de la ciencia era desentrañar las leyes de cualquier campo de la realidad, pese que este punto de vista ya hubiera sido superado intelectualmente.

No fue sino ya entrado el siglo XX cuando el enfoque sistémico renació en varios frentes. Ludwig von Berthalannfy, biólogo de formación, Jean Piaget, psicólogo del conocimiento, Ferdinand de Saussure, Roman Jakobson y sus vástagos estructuralistas, Norbert Wiener y Ron Ashby en el campo de la cibernética y la teoría de la información, comenzaron a formular conceptos y modelos sistémicos en diversas disciplinas y áreas del conocimiento. Se generó así un clima intelectual más receptivo a las ideas sistémicas. Sin embargo, su origen es más antiguo.

En el campo de las ciencias sociales, a partir de mediados de siglo el concepto de sistema y diversas ideas sistémicas comenzó a arraigar, sin que por ello se adoptase necesariamente una formulación abiertamente sistémica. Pero paulatinamente fueron tematizados y desarrollados explícitamente. Hoy es posible encontrar en las obras de pensadores o sociólogos de gran calibre pero diverso pelaje, como Edgar Morin, Mario Bunge, Niklas Luhmann, Anthony Giddens o Inmanuel Wallerstein, exposicones de sociologías muy diferentes pero abiertamente sistémicas.

Las diferencias entre estas sociologías, a pesar de su carácter sistémico, significa que no hay una teoría general de los sistemas sociales que tenga carácter de paradigma, pero significa también que podemos pensar que existe efectivamente un núcleo duro de ideas sistémicas que dan pie a un programa de investigación muy amplio que aplica y desarrolla el enfoque sistémico con resultados muy diversos pero sorprendentes y, para mi gusto, muy estimulantes intelectualmente, razón por la que elegí hablarles de él.

Una característica que hay que destacar del enfoque sistémico es que es tanto científico como filosófico. Filosófico porque el concepto de sistema es de valor general. En el mundo hay sistemas y estos son de muchos tipos y nivel: hay sistemas atómicos, químicos, biológicos, sociales, psíquicos, semióticos, conceptuales, etc. Tarea de la filosofía es, entre otras, dilucidar el sentido de los conceptos más generales de nuestro pensamiento: tiempo, espacio, causalidad, ser, cosa, etc. El concepto de sistema, por su generalidad, es similar a estos. Por otra parte, las ciencias, cada una, estudia un determinado tipo de sistemas, y las interdisciplinas científicas estudian las relaciones entre dos o más sistemas. Al enfoque sistémico atañen, pues, ambas dimensiones.

En realidad, la filosofía no se distingue de las ciencias por un objeto diferente. Es, más bien, un nivel de pensamiento al que se puede arribar en el tratamiento de cualquier tema u objeto. Sin embargo, en el caso del enfoque sistémico la coordinación entre ambas dimensiones es muy clara debido a que “ciertos principios de organización de los sistemas son generales a todas las estructuras que los integran”, pero además “existen leyes pertinentes y específicas de cada nivel y surgen propiedades nuevas o emergentes por la interacción de los subsistemas”.

En el caso de la sociología, la concepción social sistémica inicia concibiendo la sociedad como sistema de subsistemas cambiantes; debido a esto, cada sociedad y subsistema social posee propiedades globales o sistémicas y “el comportamiento de cada individuo está determinado por el lugar que ocupa en la sociedad así como por como por su carga genética, su experiencia y sus expectativas”. Esto no significa que los sistemas sociales puedan existir independientemente de individuos y sus acciones, sino sólo merced a estos. Los cambios sociales son concebidos como cambios en la estructura de una sociedad, lo que significa tanto cambios en las pautas macrosociales como en las conductas individuales.

Frecuentemente se cree que concebir la sociedad en términos sistémicos significa concebirla como una totalidad estática, resistente al cambio. Esta conclusión es producto de concebir los sistemas sociales como si fueran sistemas vivientes. Sin embargo, aunque todos los seres vivos son sistemas, no todos los sistemas son seres vivos y los mecanismos de funcionamiento y cambios son diferentes en los distintos tipos de sistemas. Las analogías aquí, como en todos los casos, tienen una utilidad limitada.

En los sistemas sociales los mecanismos involucran comunicación, cooperación y conflicto. Los subsistemas sociales fundamentales son el económico, el político y cultural. Las distintas formas de organización y prácticas sociales pertenecen a alguno de dichos sistemas. Conocer un sistema social significa conocer su composición, su entorno, su estructura y sus mecanismos.

Contrariamente a una noción aún muy popular, los sucesos y procesos sociales se explican a partir de los mecanismos del sistema, no de leyes sociales generales. Las leyes sociales son específicas y resultan de la estructura y mecanismos de cada sistema, que funciona sólo en determinadas condiciones, tanto internas –por ejemplo, relativas a la composición del sistema- como externas –por ejemplo, ambientales, y cuyo cambio puede llevar a reajustes internos o a la transformación más o menos radical de una sociedad. Estos conceptos son compatibles con muchas concepciones sociológicas no formuladas en lenguaje sistémico.

Esta breve exposición se ajusta a la concepción del filósofo argentino Mario Bunge, que se destaca por su precisión conceptual y lógica y por su claridad expositiva. Otra concepción muy elaborada, la de sociólogo alemán Niklas Luhmann, radicalmente diferente en algunos aspectos sustanciales, se destaca por su alto nivel especulativo y un estilo de enorme densidad teórica. Su aprendizaje y comprensión requiere un cambio radical de nivel y orientación del pensamiento, lo que me llevó a preferir un enfoque –el de Bunge- más accesible, pero no por eso trivial. Algunas diferencias entre ambas concepciones me llevan a enfatizar el carácter de programa de investigación del enfoque sistémico antes que de paradigma.

Por ejemplo, para Bunge los individuos están dentro de los sistemas sociales mientras que para Luhman forman parte de su entorno. Además, Luhmann concibe que dos existen tipos de sistemas de sentido, los sistemas sociales y los sistemas psíquicos, de modo tal que cada sistema psíquico está acoplado a un sistema vivo, un organismo, y a algún sistema social al menos; sin lo cual no lo sistemas psíquicos no podrán existir. Por su parte, Bunge no concibe nada como un sistema psíquico y se conforma con concebir a los seres humanos como seres vivientes con un sistema orgánico que desarrolla funciones mentales. Estas diferencias obedecen a razones teóricas suficientemente poderosas en cada caso; sin embargo, hay que optar por una respuesta u otra y esta tarea es parte del programa de investigación sistémico.

Por su parte, Edgar Morin enfatiza el papel del azar en la vida y transformaciones de los sistemas, pues se ha creído que la dinámica sistémica tiene que ser endogena y ajena a los eventos extrasistémicos. En realidad, ninguna de estas tres concepciones, ni la de Wallerstein o Giddens han incurrido en este error.

Y este aspecto –el de las vinculación dinámica entre las relaciones intra y extrasistémicas en diferentes niveles- es el que coloca a las concepciones sistémicas sociológicas en particular y al enfoque sistémico en general en una posición de enorme relevancia para entender la situación actual del mundo, tanto en términos sociales como ambientales, como en los distintos ámbitos sociales: locales, nacionales y mundial. La creciente relevancia que se les concede no obedece sólo a sus virtudes intelectuales intrínseca, sino a que parecen ser las herramientas intelectuales que necesitamos para abordar los numerosos, enormes y complejos problemas que los seres humanos enfrentamos en el mundo que hemos creado –incluido el mundo natural- y que hoy es nuestra realidad.

Tengo la convicción de que la asimilación del enfoque sistémico nos proporciona un conjunto de conceptos y esquemas de pensamiento sumamente fructífero para analizar las teorías sociales, valorarlas y aplicarlas. Sin embargo, su conocimiento y su comprensión detallados requieren tiempo, reflexión y un diálogo profuso. Quizás no sea irrelevante comentarles que aunque esta mesa está anunciada como una mesa de especialistas, yo no soy especialista en nada y que me he resistido consciente y arteramente a especializarme. Quisiera considerarme sencilla y modestamente como un espíritu generalista, interesado en comprender todo lo que sucede en el mundo, desde los procesos microfísicos y cósmicos, pasando por la maravilla de la diversidad de formas de vida en la naturaleza, hasta las vicisitudes y problemas sociales y los dramas y las luchas que acaecen en la interioridad de cada ser humano. Estudiando –no digo que a fondo-, pero estudiando muchos temas, he llegado poco a poco a la conclusión de que el enfoque sistémico tiene algunas ventajas sobre otros y en esta exposición he tratado de darles una idea del porqué. Espero haber tenido ante sus ojos algún éxito, sí sea pequeño en esta empresa.

Una de las cosas que me parecen más decepcionantes y no sólo ni primariamente entre estudiantes sino entre académicos –entre los cuales el estilo preponderante es cada cual por su lado- es que parece considerarse muy fácil asimilar ideas que son bastante complejas. Quisiera que este evento fuera punto de partida para actividades más de fondo, en el que se profundicen algunos de los temas que estamos exponiendo, pues veinte minutos para exponer sobre cualquier tema medianamente complejo no pueden ser, en el mejor de los casos, sino invitación e incitación. Imagino que éste es el espíritu que animo a los estudiantes a idear el tema de esta mesa. Y si no fue éste, les sugiero que lo sea.

Si he cumplido con mi papel de incitador e invitador y les parecen interesantes y merecedoras de un esfuerzo el conocimiento de las ideas que he expuesto, podríamos organizar –curricular o extracurricularmente, escolar o extra-escolarmente- un seminario o círculo de estudios para profundizar en estos temas. O si quieren les puedo proporcionar una bibliografía más o menos detallada. Dejo la palabra a quienes me invitaron y a cualquiera de los que me han escuchado.

Gracias por su atención.

No hay comentarios: