La concepción religiosa del mundo contiene respuestas a las preguntas de qué somos, de dónde venimos y a dónde vamos. Los intelectuales religiosos (filósofos, teólogos) aducen argumentos, que pueden ser muy complejos, para sustentar dicha concepción. La mayoría de los creyentes ignoran esos argumentos, o si los conocen es superficialmente y sin sentir que tengan especial importancia, y creen en esa concepción fundamentalmente por dos razones: por hábito, ya que les ha sido inducida desde su infancia, al punto de que son prácticamente incapaces de concebir las cosas de manera distinta, y porque, a la luz de esa concepción, las experiencias de sufrimiento y los males que experimentan o pueden experimentar –ineludiblemente uno al menos: la muerte- en su vida tiene un sentido que les reportan un saldo positivo, justicia, consuelo, reparación, y vida y dicha eternas.
Cada vez más las ideas religiosas me parecen tener una obvia simplicidad: son respuestas cuyo valor depende de que corresponden perfectamente a ciertos deseos y no a la realidad. El que la mayor parte de la humanidad crea en ellas no las vuelve verdaderas. Los seres humanos que tienen el valor de aceptar la muerte en cuanto extinción absoluta y total y que al mismo tiempo son capaces de dar a su existencia un sentido pleno y afirmante han sido y son, seguramente, muy pocos. La verdad es que la inevitabilidad de la muerte y la realidad presente de la vida es todo lo que tenemos. E ignorar esta verdad u ofuscar nuestra conciencia no aumenta la posibilidad de vivir mejor sino la disminuye. No tenemos todo el tiempo del mundo, sino un tiempo muy corto –cuya medida no podemos predecir ni decidir-, pero si vivimos aprovechando el tiempo presente óptimamente podemos estar gozosos y satisfechos de vivir.
Cada vez más las ideas religiosas me parecen tener una obvia simplicidad: son respuestas cuyo valor depende de que corresponden perfectamente a ciertos deseos y no a la realidad. El que la mayor parte de la humanidad crea en ellas no las vuelve verdaderas. Los seres humanos que tienen el valor de aceptar la muerte en cuanto extinción absoluta y total y que al mismo tiempo son capaces de dar a su existencia un sentido pleno y afirmante han sido y son, seguramente, muy pocos. La verdad es que la inevitabilidad de la muerte y la realidad presente de la vida es todo lo que tenemos. E ignorar esta verdad u ofuscar nuestra conciencia no aumenta la posibilidad de vivir mejor sino la disminuye. No tenemos todo el tiempo del mundo, sino un tiempo muy corto –cuya medida no podemos predecir ni decidir-, pero si vivimos aprovechando el tiempo presente óptimamente podemos estar gozosos y satisfechos de vivir.
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