Nunca me había ocupado de las puertas hasta que hace un par de días una llamó poderosamente mi atención al noquearme. Me disponía a dormir, y al apagar la última luz de la planta baja y dar la vuelta para subir las escaleras recibí de lleno un golpe en plena cara. No fui a parar al suelo, por lo que lo del noqueo tiene lo suyo de retórica, pero sí me tambaleé, aunque me repuse un par de segundos después; en todo caso los anteojos fueron a parar al suelo con un lente de menos. Ocurrió que había dejado la puerta del baño semiabierta, de modo que obstruía en paso hacia las escaleras. Tranquilo ya ante el espejo al ver la estructura intacta, de la cara, por supuesto, me percaté del prodigio de las puertas y de que sin haberles tenido demasiada consideración, en realidad había estado presentes en numerosas ocasiones de forma más bien ilustre, si bien no tanto como ahora.
¡Ah, tantas experiencias notables que debemos a las puertas! ¿Cuántas veces no las puertas nos salvan del peligro? Cerrar la puerta detrás de nosotros al entrar a nuestra casa nos da seguridad. Pero también dentro de ésta, si sospechamos de la existencia de fantasmas o de una rata que merodea por la cocina y que no hemos podido atrapar –como me sucedió hace un par de semanas, cerrar la puerta de la recamara nos hace sentir más seguros. Decía Hölderlin que “donde está el peligro ahí está lo que salva”. Muchos preferimos que el peligro quedé del otro lado de la puerta que acabamos de cerrar. Cada cual puede recordar innumerables escenas de películas en las que una puerta, al cerrarse, salva al o a los protagonistas. En las tres películas de Alien las puertas tienen un rol muy destacado. Prefiero sobre todo la escena final de la primera, El octavo pasajero, en la que Ripley se deshace por fin del alienígena al abrir la puerta que da al espacio, expulsando así al molesto bicho, y al cerrarse la puerta por fin podemos dejarnos sentir en paz toda nuestra admiración y ternura por ella, que se dispone a dormir por un tiempo indeterminado junto a su precioso gato.
Pero si es notorio lo que las puertas logran al cerrarse, mucho más es lo que pueden lograr al abrirse. Huxley nos habla de las “puertas de la percepción”, refiriéndose a las drogas que nos permitirían acceder a zonas ignotas de la propia psiquis y desatar nuestros demonios interiores, que si logramos enfrentar y dominar enriquecen perennemente nuestras experiencias. Abrir la puerta al salir de la casa por las mañanas es entrar al mundo en el que se despliegan miríadas de sucesos que nos estimulan y requieren. Detrás de una puerta cerrada puede haber un peligro, pero también puede esperarnos otra dimensión en la que todas nuestras certezas pueden quedar conmocionadas. Abrir una puerta es disponerse a la aventura. Cuando salgo de mi casa y cierro la puerta, paso de mi mundo, en el que yo puedo disponer libremente, al mundo, en el que quedo sujeto al azar y a la novedad, a veces de manera grata, otras de forma insoportable.
Otra forma en que las puertas llegan a tener presencia en nuestras vidas es aquella a la que se refiera la canción de Tania Libertad que dice “la puerta se cerró detrás de ti”. En un rompimiento, la puerta que se cierra es, para el abandonado, una condena al dolor y a la soledad, mientras al que se marcha le permite respirar aliviado al terminar un episodio en el que ha sido el victimario. No, con toda seguridad las puertas que se han abierto para dar paso a la persona amada no son tan memorables como las que han marcado el final de un amor. Pero en ocasiones alguien vuelve y toca o, incluso, derriba la puerta que le separa de quien ama. En este sentido, la puerta que más recuerdo es la gigantesca puerta que King Kong hace saltar en pedazos a puñetazo limpio para recuperar a la inmensamente magnífica y sensual por siempre Jessica Lange y, en cambio, encontrar sólo el cautiverio, el destierro y la muerte.
Por lo que sé, la puerta fue inventada hace uno cuatro mil años en Sumeria, al finalizar el Neolítico superior. Me parece un invento tan importante como la rueda. Representó un mejor control de los espacios creados por el hombre, un mejor control del acceso o de la denegación del acceso a dichos espacios. Esta función significó la diferenciación entre nuestro espacio y el otro espacio, entre al mundo humano y el mundo ancho y ajeno, según la expresión de Ciro Alegría. Se comprende que el objeto que hace esta diferencia, tan importante, tenía que cargarse, con el correr del tiempo, con muchos significados, y esto en la vida de cualquier persona y sin pretenderlo, como es mi caso. Lo único que ha hecho el cine con cierta frecuencia es mostrar la forma como las puertas pueden focalizar nuestras energía simbólicas y emocionales, pero la experiencia se presenta por doquier. No sé si otro medio artístico lo haya hecho. Me parece que no. En el teatro, las puertas no suelen ser parte de escenario sino que marcan, simplemente, la entrada y salida de la escena. En la literatura conozco un solo caso. Pero este caso, para mí, es el más insigne.
De hecho, mi experiencia más profunda e intensa, tanto en sentido emotivo como intelectual, con una puerta no ha sido con una puerta real, sino con una puerta literaria. Durante muchos años pensé en esa puerta. Volvía a ella una y otra vez. Algo tenía que desentrañar con respecto a ella, más importante para mí que la importancia que pudiera llegar a adquirir cualquier otra cosa. Volvía a ella por esta inquietud y esta sospecha, que no me abandonaban porque si me hubieran abandonado hubiera perdido lo mejor de mí y de haberlo perdido el pesar que habría caído sobre mi vida no tendría fin. Me refiero a un pequeño texto escrito por Kafka, “Ante la ley”, que leí por primera vez en el libro Lecturas en voz alta publicado por Porrúa y compilado por Arreola. Recuerdo siempre el comienzo: “Ante la puerta de la ley hay un guardián. Un campesino llega ante ese guardián y le pregunta si puede entrar en la ley”. El guardián le contesta negativamente y le dice que espere. La espera se prolonga años y años. El campesino insiste, suplica. El guardián explica, amenaza. Le dice que esa es una puerta de muchas, vigiladas por guardianes más feroces que él. El campesino desiste cada vez y espera. Intenta múltiples argucias, pero en vano. Envejece, pierde fuerzas. Lo mismo que el guardián. Ya agonizante, el campesino, cercano ya su último aliento, le pregunta al guardián por qué, si todos buscan la ley, durante tanto años nadie más se ha presentado. El guardián se inclina ante él y con voz atronadora le dice “Porque esta puerta era solo para ti, y ahora voy a cerrarla”.
La primera vez que leí esta parábola sentí piedad y espanto. Piedad por el campesino y espanto ante el enigma. Aquello me tocaba a fondo, sintonizaba con mi experiencia de la vida desde mi entrada en la adolescencia. Yo era ese campesino y tenía que resolver el enigma porque quería entrar en la Ley en lugar de vivir de forma tan lastimosa y morir de manera tan cruel. Llegué a pensar que esto estaba involucrado con el simbolismo judío y que no podría entender su sentido. Interpretaba y reflexionaba, reflexionaba e interpretaba intentando desentrañar el arcano, pero en vano. ¿Qué es la ley? ¿Dónde está la puerta de la ley? ¿Qué se requiere para cruzarla? ¿Quién es, qué es ese guardián? ¿Hay que enfrentarlo? ¿Por qué el campesino nunca luchó con él? ¿Qué se requiere para vencerlo? Pero, ¿es posible vencerlo? Y ¿es posible vivir en la ley? Me hacía estas preguntas repetida, angustiosamente. Porque hubo un tiempo en que viví en la desesperación.
Finalmente, encontré respuestas. No daré mis conclusiones, no esperen eso de mí. No porque pudiera decepcionarlos. Si se las dijera se sentirían, con justa razón, decepcionados. Eso no importa. Lo único que puedo decirles que ahora, para mi fortuna, sé qué es la ley, dónde está su puerta y qué se requiere para cruzarla. Nadie me lo dijo. Yo solo lo descubrí. Porque son de esas cosas que nadie te puede enseñar.
¡Ah, tantas experiencias notables que debemos a las puertas! ¿Cuántas veces no las puertas nos salvan del peligro? Cerrar la puerta detrás de nosotros al entrar a nuestra casa nos da seguridad. Pero también dentro de ésta, si sospechamos de la existencia de fantasmas o de una rata que merodea por la cocina y que no hemos podido atrapar –como me sucedió hace un par de semanas, cerrar la puerta de la recamara nos hace sentir más seguros. Decía Hölderlin que “donde está el peligro ahí está lo que salva”. Muchos preferimos que el peligro quedé del otro lado de la puerta que acabamos de cerrar. Cada cual puede recordar innumerables escenas de películas en las que una puerta, al cerrarse, salva al o a los protagonistas. En las tres películas de Alien las puertas tienen un rol muy destacado. Prefiero sobre todo la escena final de la primera, El octavo pasajero, en la que Ripley se deshace por fin del alienígena al abrir la puerta que da al espacio, expulsando así al molesto bicho, y al cerrarse la puerta por fin podemos dejarnos sentir en paz toda nuestra admiración y ternura por ella, que se dispone a dormir por un tiempo indeterminado junto a su precioso gato.
Pero si es notorio lo que las puertas logran al cerrarse, mucho más es lo que pueden lograr al abrirse. Huxley nos habla de las “puertas de la percepción”, refiriéndose a las drogas que nos permitirían acceder a zonas ignotas de la propia psiquis y desatar nuestros demonios interiores, que si logramos enfrentar y dominar enriquecen perennemente nuestras experiencias. Abrir la puerta al salir de la casa por las mañanas es entrar al mundo en el que se despliegan miríadas de sucesos que nos estimulan y requieren. Detrás de una puerta cerrada puede haber un peligro, pero también puede esperarnos otra dimensión en la que todas nuestras certezas pueden quedar conmocionadas. Abrir una puerta es disponerse a la aventura. Cuando salgo de mi casa y cierro la puerta, paso de mi mundo, en el que yo puedo disponer libremente, al mundo, en el que quedo sujeto al azar y a la novedad, a veces de manera grata, otras de forma insoportable.
Otra forma en que las puertas llegan a tener presencia en nuestras vidas es aquella a la que se refiera la canción de Tania Libertad que dice “la puerta se cerró detrás de ti”. En un rompimiento, la puerta que se cierra es, para el abandonado, una condena al dolor y a la soledad, mientras al que se marcha le permite respirar aliviado al terminar un episodio en el que ha sido el victimario. No, con toda seguridad las puertas que se han abierto para dar paso a la persona amada no son tan memorables como las que han marcado el final de un amor. Pero en ocasiones alguien vuelve y toca o, incluso, derriba la puerta que le separa de quien ama. En este sentido, la puerta que más recuerdo es la gigantesca puerta que King Kong hace saltar en pedazos a puñetazo limpio para recuperar a la inmensamente magnífica y sensual por siempre Jessica Lange y, en cambio, encontrar sólo el cautiverio, el destierro y la muerte.
Por lo que sé, la puerta fue inventada hace uno cuatro mil años en Sumeria, al finalizar el Neolítico superior. Me parece un invento tan importante como la rueda. Representó un mejor control de los espacios creados por el hombre, un mejor control del acceso o de la denegación del acceso a dichos espacios. Esta función significó la diferenciación entre nuestro espacio y el otro espacio, entre al mundo humano y el mundo ancho y ajeno, según la expresión de Ciro Alegría. Se comprende que el objeto que hace esta diferencia, tan importante, tenía que cargarse, con el correr del tiempo, con muchos significados, y esto en la vida de cualquier persona y sin pretenderlo, como es mi caso. Lo único que ha hecho el cine con cierta frecuencia es mostrar la forma como las puertas pueden focalizar nuestras energía simbólicas y emocionales, pero la experiencia se presenta por doquier. No sé si otro medio artístico lo haya hecho. Me parece que no. En el teatro, las puertas no suelen ser parte de escenario sino que marcan, simplemente, la entrada y salida de la escena. En la literatura conozco un solo caso. Pero este caso, para mí, es el más insigne.
De hecho, mi experiencia más profunda e intensa, tanto en sentido emotivo como intelectual, con una puerta no ha sido con una puerta real, sino con una puerta literaria. Durante muchos años pensé en esa puerta. Volvía a ella una y otra vez. Algo tenía que desentrañar con respecto a ella, más importante para mí que la importancia que pudiera llegar a adquirir cualquier otra cosa. Volvía a ella por esta inquietud y esta sospecha, que no me abandonaban porque si me hubieran abandonado hubiera perdido lo mejor de mí y de haberlo perdido el pesar que habría caído sobre mi vida no tendría fin. Me refiero a un pequeño texto escrito por Kafka, “Ante la ley”, que leí por primera vez en el libro Lecturas en voz alta publicado por Porrúa y compilado por Arreola. Recuerdo siempre el comienzo: “Ante la puerta de la ley hay un guardián. Un campesino llega ante ese guardián y le pregunta si puede entrar en la ley”. El guardián le contesta negativamente y le dice que espere. La espera se prolonga años y años. El campesino insiste, suplica. El guardián explica, amenaza. Le dice que esa es una puerta de muchas, vigiladas por guardianes más feroces que él. El campesino desiste cada vez y espera. Intenta múltiples argucias, pero en vano. Envejece, pierde fuerzas. Lo mismo que el guardián. Ya agonizante, el campesino, cercano ya su último aliento, le pregunta al guardián por qué, si todos buscan la ley, durante tanto años nadie más se ha presentado. El guardián se inclina ante él y con voz atronadora le dice “Porque esta puerta era solo para ti, y ahora voy a cerrarla”.
La primera vez que leí esta parábola sentí piedad y espanto. Piedad por el campesino y espanto ante el enigma. Aquello me tocaba a fondo, sintonizaba con mi experiencia de la vida desde mi entrada en la adolescencia. Yo era ese campesino y tenía que resolver el enigma porque quería entrar en la Ley en lugar de vivir de forma tan lastimosa y morir de manera tan cruel. Llegué a pensar que esto estaba involucrado con el simbolismo judío y que no podría entender su sentido. Interpretaba y reflexionaba, reflexionaba e interpretaba intentando desentrañar el arcano, pero en vano. ¿Qué es la ley? ¿Dónde está la puerta de la ley? ¿Qué se requiere para cruzarla? ¿Quién es, qué es ese guardián? ¿Hay que enfrentarlo? ¿Por qué el campesino nunca luchó con él? ¿Qué se requiere para vencerlo? Pero, ¿es posible vencerlo? Y ¿es posible vivir en la ley? Me hacía estas preguntas repetida, angustiosamente. Porque hubo un tiempo en que viví en la desesperación.
Finalmente, encontré respuestas. No daré mis conclusiones, no esperen eso de mí. No porque pudiera decepcionarlos. Si se las dijera se sentirían, con justa razón, decepcionados. Eso no importa. Lo único que puedo decirles que ahora, para mi fortuna, sé qué es la ley, dónde está su puerta y qué se requiere para cruzarla. Nadie me lo dijo. Yo solo lo descubrí. Porque son de esas cosas que nadie te puede enseñar.
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