El sentido de la relación entre ontología (teorías sociales) y epistemología
En un celebrado ensayo sobre Alcohólicos Anónimos, el antropólogo norteamericano Gregory Bateson (1991 pp. 334-371) estudió las causas por las cuales la estrategia de Alcohólicos Anónimos resultaba más efectiva para lograr que los alcohólicos dejaran de beber que otros tratamientos. Su conclusión fue que esa estrategia funcionaba porque cambiaba la epistemología y la ontología de los alcohólicos, lo que significaba, ni más ni menos, que les cambiaba el mundo. ¿Cómo entender esto?
Según Bateson, todo animal tiene una ontología y una epistemología. Para comprender esto, debemos partir de un hecho biológico básico: los animales tienen sentidos que les permiten percibir lo que hay en su entorno y se mueven y relacionan activamente con respecto a ciertos objetos ubicados en él. En contraposición, las plantas carecen de sentidos; esto va aunado al hecho de que no tienen capacidad de desplazamiento. Tener sentidos sin capacidad de movimientos o al revés es biológicamente incongruente, algo que no funciona. No tiene sentido moverte si no puedes saber a dónde vas, es decir, si no te puedes orientar en el medio en que te encuentras. Por otro lado, sería cruel que una planta, por ejemplo, viera una oveja que se acerca con intención de comerla sin poder escapar. Si los animales no pudieran saber qué hay en su entorno y cómo es, no podrían actuar acertadamente para encontrar alimentos, resguardarse de los peligros o aparearse. En efecto, si un animal no identifica a otro como predador, no emprenderá la huida ni se ocultará y será su víctima. Si un animal vegetariano no identifica una planta venenosa como tal, puede morir o pasar un mal rato después de comerla. Actuar acertadamente es necesario para su supervivencia. En los animales los medios de orientación, los sentidos, y los medios de locomoción, van aparejados. Por esta razón, el conocimiento no es, para los animales, lujo sino necesidad.
Así pues, de algún modo, los diversos animales se representan lo que hay en su entorno y su ontología es la representación que se han forjado de lo que hay. En términos generales, la ontología es la representación o concepción de lo que hay en el mundo, de lo que existe y de cómo es. Esta ontología es producto de la interacción entre el animal y los elementos de su entorno, interacción a través de la cual va identificando qué es cada cosa, cómo se comporta y qué relación tienen unas con otras y con él. En relación con esto, el conjunto de procedimientos de que dispone para llegar a esos conocimientos forman su epistemología y su ejercicio da lugar a un aprendizaje, ya sea de lo que hay ahí o de cómo comportarse con respecto a ello.
Ontología y epistemología no son, pues privativos del ser humano, en contraposición a las demás especies animales, ni mucho menos privativos de los filósofos en oposición a las demás personas. Hay continuidad en la historia natural de la vida animal. Sin embargo, también hay diferencias.
Los seres humanos somos una especie de animales entre otras, pero una especie muy especial. Somos especiales precisamente, entre otras cosas, por la forma como formamos (es decir, nuestra epistemología) nuestra ontología, o sea, nuestra concepción de lo que hay.
A diferencia de otras especies animales, podemos transmitir a nuestros congéneres lo que aprendemos mediante signos y sistemas de signos, de los cuales el más básico es el lenguaje , por lo que entre nosotros el saber de cada cual no se tiene que restringir a lo que ha vivido; podemos obtener el saber de nuestros coetáneos; podemos conservar fuera de nuestras mentes, mediante el uso de sistemas de escritura, lo que aprendemos, de modo que podemos obtener el saber de nuestros antepasados; podemos, a través de registros, acceder al saber de otros miembros de la especie con los que no tenemos ningún lazo inmediato; nuestro conocimiento de los objetos del mundo, sus cualidades y relaciones no se limita al conocimiento que nos reportan nuestros órganos sensoriales, sino que mediante instrumentos amplificamos la capacidad de estos y somos capaces de captar fenómenos inasequibles a nuestra percepción; mediante el uso imaginativo del lenguaje no tenemos que quedar fijados a lo que hay en el mundo, sino que podemos ensayar mentalmente otras configuraciones y creamos mentalmente mundos posibles; podemos dirigir nuestra atención sobre nosotros mismos y volvernos objetos de nuestro conocimiento y reflexión, lo que nos lleva a saber qué somos y cómo hacemos lo que hacemos, lo que nos permite hacerlo mejor y, finalmente, podemos desarrollar y afinar nuestra epistemología, lo que significa el enriquecimiento de nuestra representación de lo que hay, nuestro conocimiento del mundo, de un modo inalcanzable para todas las demás especies vivientes que conocemos, mediante el enriquecimiento y perfeccionamiento de nuestros procedimientos para conocer lo que hay en el mundo.
De esta forma, ontología y epistemología no son solo un par de disciplinas o doctrinas de las que solo se ocupan los filósofos. Ontología y epistemología son dos aspectos de nuestra relación con el mundo como seres sensibles y activos que están en interacción con su entorno. Cada uno tiene en su mente su propia ontología y su propia epistemología, en cuanto tiene una determinada representación de lo que hay en el mundo y tiene una idea de lo que debe hacer para averiguar ciertas cosas o verificar o refutar ciertos enunciados.
Sin embargo, no todas las ontologías y epistemología personales tienen la misma efectividad y, en consecuencia, el mismo valor. Conforme pasaba el tiempo, se vio que ciertas epistemologías eran más efectivas, por cuanto las ontologías resultantes de su aplicación pasaban mejor las pruebas que se presentaban en los distintos circuitos de experiencia y acción que involucran las vidas humanas. Esto significa que tales ontologías describían mejor lo que hay en el mundo, o en una parte de él, y daban mejor explicación de ello, y por eso eran más aptas para guiar las actividades humanas relacionadas con esa parte.
Nuestro esquema general de lo que hay en el mundo forma nuestra ontología general, la que examinan y desarrollan los filósofos profesionales, pero que cada persona posee, aunque sea muy vaga. Por ejemplo, para las personas religiosas, existen los seres naturales, inanimados y animados, y los seres espirituales, entre los cuales se encuentran los seres humanos y el ser espiritual supremo y creador. En cambio, para los personas no creyentes, el mundo consta de seres naturales, exclusivamente, de los cuales unos son inanimados, otros animados, y de entre estos algunos han desarrollado las capacidades que denominamos mentales o espirituales: lenguaje, sentimientos, racionalidad, conocimiento simbólico, valores. Este ejemplo muestra que entre los seres humanos no hay una sola ontología, sino que puede haber varias.
Esto se debe a que nuestras ontologías no son meras representaciones que se atienen y se refieren exclusivamente a lo que hay en nuestra experiencia sensible inmediata. Nuestras ontologías representan al mundo en su conjunto, sus componentes, sus estructuras y procesos fundamentales, en lugar de limitarse al entorno fenoménico. Y todo esto no es algo que captemos inmediatamente, sino algo que inferimos y construimos racional e imaginativamente a partir de los conocimientos inmediatos y sensibles que obtenemos tanto individual como colectivamente. Fácilmente puede reconocer cada uno de nosotros que de lo que sabemos del mundo solo una pequeña parte de ese saber se refiere a lo que directamente percibimos a través de nuestra experiencia directa de las cosas y los acontecimientos. Nuestros conocimientos desbordan con mucho los marcos de nuestro conocimiento sensorial, ya sea actual o almacenado en la memoria. Por tanto, basta que algunas partes de una ontología se basen y den cuenta de buena parte de esos conocimientos de experiencia para que sea creíble. Pero puede haber enormes diferencias en todo lo demás. Estas diferencias, sus bases y su sentido, son lo que se discute a través de la historia de la filosofía, las ciencias y la cultura.
Aparte de las ontologías generales, existen las ontologías regionales. Es decir, las concepciones de lo que hay en cierto campo de la realidad: por ejemplo, los seres físicos, los vivos y las realidades sociales. Estas son las diversas ciencias particulares, que nos informan sobre los seres y realidades de un determinado sector del mundo, sus estructuras, relaciones y procesos. En este sentido, la ontología de la realidad material inanimada comprende la física y la química. La ontología de los seres vivos constituye la biología. Mientras que la ontología regional de la realidad humana comprende la antropología, la psicología y la sociología.
Formulémoslo de esta manera: en la historia del conocimiento, las ideas referidas al conjunto del mundo, sus componentes, sus estructuras, sus procesos, formaron una disciplina general, que fue denominada por Aristóteles filosofía primera o metafísica y, en fecha más reciente, ontología. Pero las ideas más específicas sobre ciertos sectores del mundo: por ejemplo, los astros, los átomos, sus componentes y sus combinaciones, las formas autoorganizadas en relación de intercambio material con el medio, conformaron ontologías parciales, y éstas son las que identificamos como ciencias: astronomía, mecánica cuántica, física, química y biología. En cada una de ellas, se formulan concepciones o teorías sobre sus objetos, sus relaciones y sus propiedades. Relacionadas con estas concepciones hay determinadas ideas sobre qué es lo que hay que hacer para conocer esos objetos y las razones para obrar así. Esas ideas sobre lo que hay que hacer conforman la metodología de cada una de esas ciencias. En cambio, las razones por las que hay que proceder así constituyen su epistemología. Entendida así, la epistemología obra como engarce entre las concepciones sobre los objetos de estudio y los métodos para estudiarlos, dando las razones para estudiarlos de determinada forma en función de lo que ya sabemos de ellos.
Refiriéndonos a nosotros como seres sociales puede decirse que el conjunto de conocimientos de fenómenos, entidades y hechos o sucesos que nos representamos como sociales forman, en cada caso, nuestra ontología social, es decir, nuestra idea de la parte de lo que hay en el mundo que es de carácter social. Esta es una ontología regional. Y nuestra idea del modo como deben ser entendidos y de lo que hay que hacer para averiguar algo con respecto a ellos, forma nuestra epistemología social. Así, intuitivamente, todos sabemos que para entender lo que pasa en un suceso entre dos o más personas, hay que pedirles que nos digan por qué razones actuaron así. Nuestra epistemología intuitiva nos dice que éste es un procedimiento adecuado con personas, pero no, por supuesto, con animales, plantas o piedras. Esto significa que las características de las cosas sobre las que queremos averiguar algo nos dan la pauta sobre cómo hacer esa averiguación. Sin embargo, no basta con hablar y preguntar, pues hay formas diversas de hacerlo, y para averiguar cuáles de éstas son más efectivas, requiere detenerse a pensar en ello, y es entonces cuando la epistemología intuitiva deviene poco a poco en epistemología reflexiva y formal.
Esto último significa que, en general, el modo como concebimos lo que algo es y el modo como concebimos la forma de conocerlo están correlacionadas. Ontología y epistemología están correlacionadas de tal modo que un cambio en una implica un cambio en la otra. Esto influye en las metodologías de investigación profundamente. Dicho de manera simple: no podemos concebir que se estudien de la misma forma los fenómenos químicos, los biológicos y los sociales porque son fenómenos de tipo diferente, y el forma apropiada de aprehenderlos es específica de cada caso.
Esto sirve para entender por qué es importante reflexionar epistemológicamente en las ciencias sociales.
Partamos del hecho de que en las ciencias sociales no hay una teoría unificada básica aceptada universalmente. Hay, en su lugar, concepciones alternativas y hasta opuestas, sobre los objetos del campo de lo social. Muchos factores influyen para definir el modo como son concebidos. Unos son culturales, dado que todas las escuelas de pensamiento social surgen en medios sociales que tiene una historia socio-cultural propia, que constituye su simiente y su cimiento. Otros son políticos: en un momento dado, los sujetos tienen por más afines, comprensibles y valiosas a ciertas concepciones que son compatibles con sus puntos de vista éticos y políticos. Estas diferentes concepciones tienen que ser confrontadas con la realidad y entre sí. Y a cada una de ellas le acompaña una forma particular de concebir el estudio de los objetos de su campo. Esta confrontación entre diferentes teorías se efectúa, por supuesto, en todas las ciencias. E, históricamente, en una buena parte de ellas se ve que hay una convergencia en ciertas direcciones teóricas. Sin embargo, en las ciencias humanas y sociales no parece se dé este proceso con la misma claridad y contundencia que en las otras.
La razón básica es que en estas ciencias el sujeto y el objeto de estudio se identifican, lo que significa que el sujeto de estudio está implicado con su objeto de muchas formas y no puede distanciarse de y objetivar a su objeto del mismo modo como lo hace en las ciencias formales o naturales. Las posiciones axiológicas de los sujetos obran profusa y profundamente, consciente e inconscientemente, en la forma como experimentan y conciben la realidad social y son a la vez producto de y agentes en ella. Las posiciones de clase, género, etnia y religión, por ejemplo, tienen efectos profundos en la forma como se vive y se concibe la realidad social inmediata y mediata. De todo ello tienen que resultar concepciones sociales diferentes con las que los sujetos que los elaboran están profundamente comprometidos no sólo en términos intelectuales, sino por su significado y repercusión ética, política y en la conformación de la propia identidad. Y lo mismo vale con los receptores de unas y otras. Esto complica enormemente el panorama de lo que acaece en las ciencias sociales y humanas.
Por todo ello, en la actualidad ya no se piensa que exista un punto de partida fundamental, objetivo, por el cual todos los puntos de vista deban normarse. Se entiende más bien que cada interlocutor debe exponer las razones por las cuales concibe las cosas de cierto modo y examinar las respuestas para ulteriormente responder a ellas elaborando argumentos que justifiquen las posturas que sostiene en un ciclo virtualmente interminable. En este sentido, tener claridad sobre la forma como concebimos las cosas, las razones por las que las concebimos así y las razones para aproximarnos a ellas y estudiarlas de determinada forma es una condición necesaria para participar en las discusiones teóricas, reflexivas, sobre los fenómenos y problemas sociales para ir más allá del cliché y del dogmatismo.
Tenemos, pues, que cada concepción o teoría están vinculada con cierta perspectiva epistemológica, y que entre ambas debe haber congruencia. Esto significa que poner a prueba una teoría equivale a prueba la perspectiva epistemológica que lleva aparejada. La complejidad del análisis social y de la interpretación de los fenómenos sociales surge del hecho de que en muchas ocasiones no solamente se están confrontando varias posiciones teóricas, es decir, varios modos de concebir y explicar un mismo fenómeno, sino también varias perspectivas epistemológicas, es decir, varias formas de concebir y prescribir la forma como dicho fenómenos debe ser estudiados y explicados. Hacer buena teoría social es difícil porque no solo hay que observar y pensar la realidad social, sino también reflexionar sobre nuestra forma de observar y pensar la realidad social.
Por esta razón en la historia de la sociología los más grandes maestros de la tradición en muchos momentos desarrollaron una reflexión filosófica y epistemológica. La epistemología constituía para ellos no una disciplina aparte, sino un nivel de reflexión al que los llevaba su esfuerzo por comprender la realidad social que les interesaba. Por eso es necesario, al estudiar la teoría social, examinar cómo está articulada con cierta perspectiva epistemológica y lo que cada una aporta y demanda a la otra para cumplir con la tarea del conocimiento. No estudiar la teoría social ni la epistemología aisladas, sino en la forma como se articulan. Tarea muy difícil, ciertamente, pero imprescindible si de veras se las quiere entender.
El texto siguiente trata de exponer esas articulaciones en el caso de tres formas generales de concebir la realidad y el conocimiento social, la positivista, la sistémica y la interpretativa, como introducción a un análisis más pormenorizado de textos e ideas más específico. Dada la vastedad del tema, en este artículo examinaré esa articulación desde el punto de vista de la cuestión del método científico, pues en la concepción de éste es donde más estrechamente aparecen articuladas las ideas ontológicas y epistemológicas. Trataré por separado los diferentes paradigmas, pero de acuerdo a la misma serie de tópicos, para facilitar su comparación. En el apéndice se presenta un cuadro comparativo que permite tener una visión general de los tres paradigmas.
Expondré, primero, las posiciones básicas del paradigma positivista, de forma sucinta, dado que este paradigma es más conocido y teóricamente más sencillo. Luego, expondré, con mayor detalle, los otros dos al hilo de una confrontación tácita con las tesis del positivismo. Sin embargo, todas estas consideraciones son excesivamente breves en relación con la extensión y profundidad de las discusiones históricas. Pese a su brevedad, estas consideraciones pueden ser esclarecedoras con respecto a la cuestión de la correlación entre las concepciones teóricas y las epistemológicas, que es el objeto de este artículo.
Las posiciones básicas del paradigma positivista
Las características o principios con los que el paradigma positivista describió a la vez que prescribió lo que era y debería ser el método y el conocimiento científico son los siguientes:
El Principio de la universalidad del método científico:
Existe un solo método válido aplicable a todos los objetos de estudio, el científico. Para el paradigma positivista “los modos de adquisición de un saber válido son fundamentalmente los mismos en todos los campos de la experiencia, como son igualmente idénticas las principales etapas de la elaboración de la experiencia a través de la reflexión teórica” (Kolakowski, 19821, 20). Su concepción del método científico se basa en los siguientes principios:
Principio del empirismo metodológico o de la comprobación empírica de los enunciados científicos:
Los enunciados tienen que ser probados en la experiencia, si no están de acuerdo con los datos proporcionados por ésta, son falsos y no pueden ser admitidos como un conocimiento efectivo. Este rasgo va estrechamente unido al siguiente.
El principio del empirismo ontológico:
Si un pretendido objeto de estudio se supone de tal naturaleza que no es observable o perceptible por alguna vía sensorial, no existe, equivale a una ficción, y, en consecuencia, no tiene sentido decir que puede ser conocido. Cualquier concepción que afirme la existencia de alo así en considerada metafísica: “Llamaré metafísico a todo enunciado que pretenda representar un conocimiento sobre alo situado por encima o más allá de toda experiencia; por ejemplo, sobre la Esencia real de las cosas, las Cosas en sí mismas, el Absoluto y cosas por el estilo” (Carnal, 1974, 297). Esto va a derivar en una conclusión muy importante con respecto a la concepción de la realidad que va a ser estudiada en las diferentes disciplinas, pues significa que lo que no puede ser estudiado científicamente porque no es observable ni cuantificable, no existe propiamente, es o puramente epifenoménico o un producto de nuestra subjetividad que carece ce correlato real.
El principio de la matematización del conocimiento científico:
Sólo se puede estudiar las características o cualidades observables, pero que, además, sean susceptibles de ser cuantificadas, para poder plantear matemáticamente la forma como están relacionadas las variables correspondientes; los aspectos meramente cualitativos de las cosas pueden ser descritos, pero no estudiados científicamente.
El principio de la formulación de hipótesis como punto de partida de la investigación científica:
Los problemas de investigación deben plantearse como hipótesis sobre la relación entre determinadas variables que debe contrastarse con los datos que proporciona la realidad.
El principio sobre la estructura legal del conocimiento científico:
El conocimiento científico consta de un conjunto de leyes que gobiernan o regulan necesariamente el comportamiento de los objetos sobre los que versa. La premisa ontológica es que “todo lo físico posee una magnitud, ocupa un espacio, se prolonga en el tiempo, pude ser medido y contado. Se producen en ello movimientos mensurables. De este modo la construcción matemática y mecánica se convierte en el medio de colocar, como sustrato de los fenómenos naturales, una conexión general de movimientos determinados con arreglo a la ley” (Dilthey, 1978, 304).
El principio de la explicación de cobertura legal como aplicación del conocimiento:
El conocimiento adquirido sirve para explicar mediante leyes por qué han tenido que ocurrir ciertas cosas que hemos observado. Sirve, además, para predecir la ocurrencia de hechos puntuales. Explicación de los hechos pasados y predicción de hechos futuros son los dos usos de las leyes científicas.
El principio de la teoría general como objetivo de toda ciencia:
El objetivo supremo de una ciencia es una teoría formada por las leyes más generales que permiten explicar todos los fenómenos de cierto ámbito de la realidad. “El objetivo total de los enunciados científicos es unitario porque es expresable en un lenguaje unificado, precisamente, el lenguaje fisicalista. Este lenguaje abarca los contenidos de todos los demás lenguajes científicos. La ciencia unificada se transforma en un sistema no contradictorio de protocolos y leyes, formulados en lenguaje fisicalista.” (Meotti, 1984, 231)
Las posiciones básicas del paradigma sistémico
Las posiciones básicas del paradigma sistémico con respecto a los tópicos en los cuales el paradigma positivista establece sus posiciones clave, son:
El Principio de la universalidad del método científico:
No existe un método único y válido para cualquier objeto de estudio. El método depende de la naturaleza del objeto; además, no puede ser previo a la investigación: un método previo no es más que un esquema abstracto y nada asegura que sea aplicable a un nuevo objeto de estudio. Para el estudio de objetos aislados relacionados externamente el método planteado por el positivismo puede servir. Pero para los objetos de estudio que son totalidades organizadas dinámicas se requiere un método que parta de la categoría de sistema para razonar la forma como se vinculan y caracterizan los diferentes aspectos de la realidad estudiada.
Sin embargo, más allá de algunas directrices básicas, el detalle del método depende de la singularidad del material, a la que hay que estar abierto. “La elección del método, es decir, la decisión de qué medios deben utilizarse en el análisis de contenido depende, de hecho, de la naturaleza de los materiales mismos con los cuales se está trabajando” (Adorno, 1996, 97). Este es uno de los motivos por los que es sumamente difícil ofrecer un modelo de método estándar desde un punto de vista sistémico. Por ello, cuando uno ve los modelos de método de investigación expuestos en la mayoría de los manuales de investigación social, resulta que estos se basan en el esquema positivista, incluso cuando el expositor dice adherirse a una concepción sistémica, estructural o dialéctica.
El principio del empirismo metodológico o de la comprobación empírica de los enunciados científicos:
Para el paradigma sistémico, ciertamente los enunciados tienen que ser probados en la experiencia. También acepta que si no están de acuerdo con los datos proporcionados por ella, son falsos. Sin embargo, el asunto es más complejo, porque no todos los enunciados pueden contrastarse de la misma forma. De hecho, muchas veces los enunciados más importantes para entender cómo está organizada una totalidad y por qué funciona de cierta manera no pueden ser contrastados empíricamente. “La tendencia a estudiar sistemas como entidades más que como conglomerados de partes es congruente con la tendencia de la ciencia contemporánea a no aislar ya fenómenos en contextos estrechamente confinados sino, al contrario, abrir interacciones para examinarlas y examinar segmentos de la naturaleza cada vez mayores” (Bertalanffy, 1993, 8). Esto debido a que en los sistemas reales, la estructura organizativa no es una cualidad puntual, no se muestra en los individuos o partes concretas, sino que es una pauta invisible que vincula lo perceptible. Por lo tanto, solo puede ser pensada, es decir, planteada como un modelo construido mentalmente que unifica los datos empíricos y los vincula formando objetos que no son realidades empíricas, observables, pero que son reales en la medida en que dé cuenta de efectos que son asequibles a nuestra experiencia. Al final de cuentas, este modelo debe ser capaz de explicar cómo y por qué ocurre lo que se ve como un resultado de ciertas condiciones empíricas y de su dinámica interna. Si no se cumple con esas funciones, no puede tener mucho valor científicamente.
El principio del empirismo ontológico:
De acuerdo con lo anterior, el paradigma sistémico plantea que la realidad no se limita a aquello que es perceptible. Las totalidades pueden no ser físicas, y, por tanto, no perceptibles, no tienen manifestaciones sensoriales, pero son reales porque son la forma cómo están organizados ciertos elementos, que pueden ser materiales. Son reales porque producen ciertos hechos que no se darían a partir de esos elementos aislados. “El conocimiento de los hechos no es posible como conocimiento de la realidad, más que en ese contexto que articula los hechos individuales de la vida social en una totalidad como mementos del desarrollo social” (Lukács, 1969, 10). Así, para el paradigma sistémico la estructura no es física necesariamente, ni constituye un objeto identificable sensorialmente, pero es real.
Por el contrario, para el positivismo si un pretendido objeto de estudio se supone de tal naturaleza que no es observable o perceptible por alguna vía sensorial, no existe, es una ficción. Esto llevó a que los positivistas consideran que las concepciones sistémicas no podían ser científicas, sino que eran mala filosofía o metafísica. Lo que significaba limitar la investigación científica a aquellos aspectos que pueden ser constatados empíricamente y a las relaciones directas y simples que se pueden establecer entre ellas bajo la forma de hipótesis. La idea de que lo que no es observable ni cuantificable, no existe científicamente ha a limitado muchas disciplinas cuando se han elaborado bajo perspectivas positivistas.
El principio de la matematización del conocimiento científico:
Para el paradigma sistémico no solo lo cuantificable es relevante. Se puede identificar determinadas características, identificarlas con conceptos que sean susceptibles de ser operacionalizados y se pueden encontrar relaciones entre ciertas variables o dimensiones. Pero esto no es lo decisivo en la labor del conocimiento. Lo decisivo es elaborar un modelo de la estructura compleja de la que forman parte y en la cual operan. Sin ésta, el significado de esos datos es oscuro. Las leyes científicas que expresan relaciones entre variables habitualmente solo pueden ser probadas y utilizadas para explicar fenómenos muy simples, como los que se dan en los experimentos de laboratorio o cuando abstraemos solo un par de factores de nuestra amplia y compleja experiencia de la realidad. Fuera de tales marcos, el carácter abstracto de tales leyes y sus limitaciones explicativas es patente.
Los fenómenos reales siempre son más complejos debido a sus múltiples dimensiones y singularidad. Por supuesto que también los modelos de totalidades estructurales y dinámicas son limitados, pero pueden expresar formas de interacción o movimiento más complejas y reales que los puros enunciados legales. Por otra parte, son los principios de estructuración los que definen que leyes parciales pueden operar, pero estos principios nunca son formales, sino reales, pues dependen de las cualidades concretas que se dan en la realidad.
El principio de la formulación de hipótesis como punto de partida de la investigación científica:
La formulación de hipótesis es la base de la investigación empírica en sentido positivista. Para la investigación empírica en sentido sistémico, el paso decisivo es la formulación de modelos de sistema y de proceso reales, frente a las cuales las hipótesis son subsidiarias. La formulación de tales modelos requiere una confrontación con los modelos explicativos previos para el tipo de fenómenos que se esta estudiando, así como un contacto estrecho con una gran masa de información real de diferentes fuentes y tipos, con la intención de formular un modelo explicativo de conjunto. Solo una vez hecho esto puede tener sentido formular algunas hipótesis para probarlas a través de la investigación, pero no solo la investigación empírica en sentido estricto, sino también por medio de la investigación histórica y social comparativa.
El principio sobre la estructura legal del conocimiento científico:
El conocimiento científico de las totalidades o sistemas no consiste en un conjunto de leyes que gobiernan o regulan necesariamente el comportamiento de los objetos sobre los que versa, sino en un conjunto de teorías específicas que versan sobre diferentes objetos, de mayor generalidad unos que otros, y que explican su organización y dinámica globales mediante modelos de su estructura. Estas teorías nos dicen lo que son ciertas realidades específicas en su complejidad estructural y cualitativa y en sus movimientos.
El principio de la explicación de cobertura legal como aplicación del conocimiento:
Para el paradigma sistémico, una sistema no sirve meramente para explicar un evento concreto. De hecho, esta capacidad siempre es limitada, pues incluso las leyes naturales formuladas matemáticamente solo pueden predecir eventos en fenómenos relativamente simples, experimentales, o para situaciones en las que se puede contar con un alto grado de seguridad de que los demás condiciones van a permanecer sin cambios (como los sistemas estelares). Más que eventos singulares las teorías sistémicas sirven para explicar propensiones o tendencias. Pero también sirven para explicar el comportamiento regular de los componentes de la totalidad, así como para explicar los rasgos y funcionamiento de los componentes de dicha totalidad, al menos dentro de ciertos niveles de análisis y durante una temporalidad delimitada por condiciones que el sistema mismo establece. Para lograr esto, “es menester conjugar el análisis con la síntesis, la microrreducción con la macrorreducción. Esto es así porque las totalidades están constituidas por componentes que interactúan entre sí y porque el comportamiento de cada uno de estos últimos solo puede ser comprendido en relación con los otros y su contribución a la totalidad” (Bunge, 2002, 57).
Un último uso es que sirve para interpretar el sentido y las causas de acontecimientos o producciones sociales particulares. En cuanto a la aplicación práctica, se piensa que sirve, en cierta medida, para la ingeniería social, es decir, que puede ser utilizado técnicamente -si esto causa aquello, entonces hagamos esto para producir ese efecto- o para desarrollar la conciencia social emancipatoria -es decir, comprender cómo está organizado nuestro mundo social, las posibilidades y restricciones que nos pone y utilizar este conocimiento para decidir nuestra actitud y nuestro comportamiento social y político frente al mundo constituido y las instituciones y fenómenos correspondientes. Esto último puede conducir a movimientos de transformación estructural a partir de la praxis –un caso de esto, es la idea de revolución como movimiento social orientado por el conocimiento teórico; otro es el psicoanálisis, en el que la comprensión del analizado de la estructura de su personalidad y de su génesis le permite vivir con más libertad que antes del conocimiento del sentido de los automatismos inconscientes que operaban en su vida.
El principio de la teoría general como objetivo de toda ciencia:
Para el paradigma sistémico el objetivo de la ciencia es la comprensión de la realidad concreta, en su multitud de formas, en su evolución y en sus diferentes niveles, de modo que el ser humano comprenda la realidad variada compleja y dinámica en la que discurre su existencia como ser variado, complejo y dinámico. Mientras que el conocimiento en sentido positivista pretende ser un conocimiento neutro, libre de valores, del que cada usuario puede hacer uso para los fines que le convengan, para el enfoque sistémico el conocimiento, incluido el científico, es uno de los elementos integrales mediante el cual los seres humanos toman posición frente a la realidad y a sí mismos para construir un mundo y una existencia humana social e individual que incorpore valores cuya base radica en la naturaleza misma de la realidad, como expresión y expansión de una realidad autógena y simbólicamente significada y puesta en conexión con las experiencias, deseos, aspiraciones y proyectos humanos.
Las posiciones básicas del paradigma interpretativo
Las posiciones básicas del paradigma interpretativo son:
El principio de la universalidad del método científico:
Para el paradigma interpretativo, como para las perspectivas sistémicas, no hay sólo un método científico válido. Para los enfoques interpretativos de raíz diltheyana hay dos métodos básicos: el de las ciencias naturales, orientado a la explicación causal basada en leyes generales de los fenómenos naturales. Y el método de las ciencias humanas e histórico-sociales, orientado a la comprensión, es decir, a la captación de la significación o sentido de los fenómenos humanos e histórico-sociales singulares. En las siguientes observaciones me limitaré a comentar las posiciones básicas de los enfoques interpretativos de filiación diltheyana en relación con el conocimiento de la realidad humana e histórico-social exclusivamente.
El principio del empirismo metodológico o de la comprobación empírica de los enunciados científicos:
Para Dilthey hay que comprobar los enunciados que expresan una interpretación, pero en vez de acudir a los hechos externos hay que acudir a los hechos de la experiencia interior, es decir, a nuestra vida psíquica, para comprender y comprobar que el significado asignado a cierta manifestación humana es el correcto. “Toda ciencia del espíritu –y según él, todas las modalidades del conocimiento que implican una relación histórica- presupone una capacidad primordial, la de colocarse en la vida psíquica de los demás” (Ricoeur, 2001, 78). Esta idea diltheyana ha sido problematizada posteriormente, pero todos los enfoques interpretativos coinciden en que no basta con exponer ciertos motivos o significaciones como propios de una expresión humana o social; hay que probarlo. La metodología de la comprensión, es decir, la hermenéutica, debe decir cómo se hace eso.
El principio del empirismo ontológico:
Los hechos físicos o materiales son solo el soporte de las expresiones significativas y su estudio no puede decidir el significado o sentido de éstas. Por esto, desde la perspectiva interpretativa el empirismo en el sentido estrecho en que lo entiende el positivismo es una concepción falsa que debe ser puesta en cuestión. La subjetividad y la realidad simbólica son reales, son parte y expresión de nuestro ser, de nuestra vida. Conocernos es captar estas realidades y fijarlas para volver consciente y explícito lo que se da como manifestación de la existencia humana pero de una manera poco clara, confusa o muy compleja en las circunstancias reales de la vida. Utilizar exclusivamente métodos que tienden a eliminar la subjetividad y la significación nos lleva a desconocer la realidad social e histórica y nuestro papel como agentes dinámicos y creativos dentro de ella.
El principio de la matematización del conocimiento científico:
La matematización no tiene un papel clave en la comprensión de los fenómenos sociales. Puede haber ciertas relaciones constatables entre ciertos aspectos de la vida humana y social que se pueden observar y mediar, pero lo que cuenta es la forma como captan e interpretan estas relaciones los seres humanos. Por sí mismos no explican nada. “También ofrece un carácter subordinado el empleo de la matemática en las ciencias del espíritu. Por el contrario, predominan en estas ciencias la descripción (el relato), el análisis y los métodos comparados, que en las ciencias de la naturaleza retroceden cada vez más ante la inducción, el experimento y la teoría matemática” (Dilthey, 1974, 304). De modo que la matematización como criterio de la captación científica del ser de un fenómeno es desechada por el paradigma interpretativo cuando ese ser somos nosotros y las realidades a las que hemos dado existencia, sea en la forma de objetos o de relaciones complejas establecidas a través de las acciones y las prácticas humanas.
El principio de la formulación de hipótesis como punto de partida de la investigación científica:
Las hipótesis, concebidas como funciones proposicionales entre variables, no desempeñan ningún papel en la investigación social o psicológica en sentido interpretativo. Sin embargo, se pueden plantear hipótesis como interpretaciones sobre el sentido de los objetos o fenómenos estudiados en dichas investigaciones y se puede tratar de comprobar si esas interpretaciones son correctas.
Pero también se puede realizar esas investigaciones sin interpretaciones hipotéticas iniciales. Lo que se hace en tales casos es recolectar abundante material sobre esos fenómenos u objetos de estudio que sirva para exponer detalladamente el modo como los sujetos implicados lo viven o captan de forma precisa, examinando también a fondo su contexto vital. Esta es la perspectiva de las metodologías cualitativas de investigación social, directamente inspiradas en el enfoque interpretativo. Como resultado de estas investigaciones se expone un rico cuadro de una determinada realidad social que se construye a partir de la forma como los sujetos implicados en ella la viven, responden a ella y la expresan. Se aprehende así una porción de la realidad humana singular tal como forma parte de la vida de esos individuos.
La comprensión de esos fenómenos humanos y sociales singulares es, por supuesto, una aportación válida al conocimiento de esa realidad humana, aunque no se comprueben hipótesis que relacionen variables ni se formulen leyes de carácter general. Sólo desde una perspectiva limitadísima de lo que es la ciencia se puede negar esto.
El principio sobre la estructura legal del conocimiento científico:
Puede que existan ciertas regularidades objetivas en las realidades humanas y sociales. Pero conocerlas no es lo más importante. Lo esencial es el conocimiento de la realidad concreta de la vida humana y social, es decir, de las realidades singulares que nos interesan. Estos intereses pueden ser muy diferentes, pero definen las realidades particulares importantes para nosotros. Queremos conocer no las leyes generales del amor, sino qué siente una persona por la otra, cómo y, si es posible, por qué.
Queremos entender la historia particular de Romeo y Julieta, o la de un amigo o la nuestra propia. Son estas realidades singulares, únicas, semejantes pero en absoluto idénticas y, por lo tanto, no intercambiables, lo que queremos conocer, y este conocer consiste en una comprensión de esas relaciones singulares en cuanto tales. Nos interesa la Revolución Mexicana pero no porque sea un caso de revolución, sino porque es la revolución que vivieron y padecieron nuestros ancestros, que marcó nuestra vida y que aún forma parte del imaginario social, aunque cada vez más débilmente. Nos interesa la revolución Francesa, pero no porque sea un ejemplar de lo que son las revoluciones sino porque fue la revolución singular que significó el término de las sociedades de privilegio y la reivindicación del derecho de todos los seres humanos a vivir su propia vida sin estar sujetos a otros y desarrollarse en sus propios términos. Nos interesa la Revolución Rusa porque estaba animada con la idea de que la igualdad formal ante la ley no era la respuesta adecuada a las aspiraciones que se expresaron en la Revolución Francesa, pues la desigualdad real propiciada y profundizada por el capitalismo significaba que la el enriquecimiento material de unos iba de la mano con el empobrecimiento material de otros y el empobrecimiento espiritual –alienación- de todos. ¿Para qué puede servir una teoría general de la revolución como finalidad última y por sí sola?
El principio de la explicación de cobertura legal como aplicación del conocimiento:
La comprensión se da cuando ubicamos un cierto suceso o rasgo dentro de un todo en el cual el sentido de ese suceso o rasgo se delimita. Los sentidos de una palabra se muestran en los diferentes usos que de ella hacen los hablantes y para entender cada sentido hemos de examinar la circunstancia en la que es emitida. La relación entre la palabra y el conjunto de usos que los individuos hacen de ella en diferentes circunstancias definen la vida y el significado complejo y total de esa palabra. Una vez captados esos sentidos y descrita una situación, podemos explicar por qué una persona la usa en cierta acepción y no en otras. Así, con respecto a los hechos humanos la comprensión antecede y posibilita la explicación. Pero la comprensión es lo que nos importa porque es lo que pone en conexión esos hechos con nosotros como seres vivientes y espirituales, es decir, que piensan, sienten, dan sentido a las cosas y actúan intencionalmente.
El principio de la teoría general como objetivo de toda ciencia:
Para el paradigma interpretativo no hay una teoría general que vaya a dar cuenta de todo. Los seres humanos viven en un mundo cambiante y son cambiantes ellos mismos. Tratan de dar sentido al mundo y las formas de dar sentido son múltiples. Por eso existen diferentes civilizaciones y diferentes culturas. Queremos comprender como es que los seres humanos damos sentido al mundo, a nuestras experiencias y a nuestros actos. Queremos explicar cómo surgimos como la única especie capacitada para eso y cómo funciona nuestro ser biológico para hacer eso. Pero lo que queremos es comprender, es decir, averiguar el sentido de lo que hay. No hay una teoría general que nos lo vaya a explicar, sino algunas ideas sobre como podemos dar algunas buenas interpretaciones para que ante aquellos aspectos del mundo que nos atraen y nos fascinan podamos decir: “ah, ya entendí” y seguir nuestro viaje en este mundo con rumbos que cada cual definirá y que harán –o no- que sienta que su existencia tiene sentido y de que vale la pena estar en este mundo y vivir así.
Conclusiones
Los tres paradigmas expuestos surgieron en diferentes momentos del siglo XIX y se desarrollaron en forma separada, paralela y antagónica hasta mediados del siglo XX. Después comenzó a problematizarse esa separación y se planteo la necesidad de efectuar diversas mediaciones entre ellos. Ninguno de los tres paradigmas ha mantenido, aislado, la misma fuerza de antaño.
El positivismo –con sus rasgos naturalistas, reduccionistas y centificistas- paulatinamente se reveló como un postura muy estrecha, incapaz de responder a muchas de las cuestiones que las ciencias sociales debían enfrentar. Su legado más perdurable parece haber sido el énfasis en el rigor y la claridad en la concepción y aplicación de las técnicas y los métodos de investigación. Sin embargo, otros rasgos, como el uso técnico del conocimiento nomológico y las tesis sobre el carácter neutral del conocimiento científico propició el uso ideológico del positivismo para justificar los proyectos de tecnología social por parte de parte de los estados capitalistas.
Actualmente, el grueso de los nuevos desarrollos teórico-metodológicos en las ciencias sociales avanza procurando una integración de diversos conceptos y perspectivas interpretativas y sistémicas. Así, un pensador como Cornelius Castoriadis (1983) pasó de una perspectiva sistémica marxista a la exploración de una dimensión interpretativa con respecto a la constitución de la identidad y el cambio de las sociedades, sin que eso signifique el repudio de la perspectiva sistémica, de modo semejante a su amigo, Edgar Morin (1984), que emprendió un proyecto mucho más vasto. Por otra parte, Niklas Luhmann (1984), basándose en el concepto de autopoiesis, fusionó la perspectiva sistémica y la interpretativa al desarrollar su concepción de los sistemas sociales y los sistemas psíquicos como sistemas acoplados que coevolucionan. Cabe mencionar también el caso de Mario Bunge (2002), que pasó de posiciones fuertemente positivistas a una concepción sistémica general, manteniendo, sin embargo, un fuerte repudio de las posiciones interpretativas. Por último, Habermas (1989) ha realizado un vasto trabajo de interpretación, valoración y síntesis de filósofos y sociólogos deudores de los tres paradigmas.
Pese a sus diferencias, creo que las obras de estos teóricos muestran suficientemente que una concepción naturalista, sistémica y emergentista conformará el marco adecuado para orientar la epistemología futura, también en el campo de las ciencias sociales. “Hay que comprender al ser, a la existencia, a la vida, como cualidades emergentes globales; estas nociones clave no son cualidades primarias, de raíz o de esencia, sino realidades de emergencia” (Morin, 1984, 201). El desarrollo de las concepciones de sistemas de sentido integrará las perspectivas interpretativas en las concepciones sistémicas con toda naturalidad. Una ontología con estas características permitirá organizar más comprensivamente los diversos planteamientos epistemológicos y metodológicos que actualmente se están desarrollando.
BIBLIOGRAFÍA
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