¿Cómo debemos vivir? Esta pregunta se puede responder de muchas maneras. La responderé ahora atendiendo no a los objetivos o metas a realizar, ni a los valores a cumplir, ni a la cuestión de cómo debe ser la relación con los otros seres humanos, sino a la forma de vivir la propia vida. Esta respuesta es mi respuesta personal, pero puede tener una valor más general.
Mi respuesta es: Debemos vivir creativamente. ¿Qué significa esto?
Comúnmente se refiere la creatividad los ámbitos artístico e intelectual. Sin embargo, la creatividad se refiera a algo más general, del cual ambos ámbitos son casos ilustres, pero no exclusivos. Este sentido de creatividad que aquí me interesa: la creatividad como un elemento fundamental y, en cierto sentido, natural de la vida humana.
Entendida así, la creatividad se contrapone a la rutina, al dejarse ser, a la repetición, al hábito, a la costumbre. Obviamente, muchas personas inmediatamente convendrán en que esto es así, y juzgarán negativamente la rutina, el hábito y la costumbre, pensarán que caer en todo esto empobrece la vida y la vuelve tediosa y aburrida. Sin embargo, es notorio que a pesar de esta actitud de rechazo, no por ello sus vidas son más creativas. Saben que ganarían mucho si viviesen más creativamente, pero no lo hacen. ¿A qué se debe? No a la falta de deseo ni de comprensión, sino a un simple y sencillo hecho: que vivir creativamente no es fácil. Fácil, en cambio, es precisamente continuar haciendo lo que ya se hace.
Vivimos con un conjunto de saberes instalados en nuestra vida, aprendidos en diversos momentos y referidos a nuestro manejo de los objetos, a las actitudes y desempeño de las tareas correspondientes a los roles que vamos asumiendo en diversas etapas y situaciones de la vida, a nuestra comprensión de nosotros mismos y a nuestra percepción de lo que son demás seres humanos, el mundo y la vida. La mayor parte de las personas, al llegar a cierta edad, ya no acrecientan significativamente este conjunto, sino que se limitan a usufructuarlo el resto de su vida.
Pero muchas veces esto es del todo insuficiente tanto para responder airosamente a las vicisitudes de la vida como a las aspiraciones humanas. Cuando nuestro medio no nos da naturalmente más elementos, por las causas que sea, acrecentar ese caudal y modificar y enriquecer nuestra vida es por completo una tarea personal, cuya realización requiere de una decisión individual y de un compromiso personal que debemos mantener si queremos dar mayor plenitud a nuestra existencia. Nadie puede hacer esto por nosotros.
La iniciativa consiste no dejarse arrastrar por la rutina, la comodidad o la pereza; tomar decisiones y comprometerse con ellas; inaugurar nuevos ámbitos de la propia vida.
La imaginación se pone en acción en la experimentación, al probar nuevas combinaciones atentos a la emergencia de nuevas formas y cualidades; audacia; pero también, y sobre todo, al no creer que sólo es posible lo que ya es y, por tanto, arrojarse en lugar de esperar.
La perseverancia se realiza al tomar una decisión y no ceder hasta el cumplimiento del objetivo, al rechazar todo lo que no es compatible con el logro de la meta; al no detenerse ni dejarse desviar.
Distinguiré dos tipos de artistas: el artista en pos de la obra y el artista en pos de la vida. Se puede querer ser artista exclusivamente en un sentido o en otro, o en ambos.
¿Qué tiene que hacer quien quiere ser un artista en el segundo sentido?
Debe cuidarse, cuidar su vida. Para esto tiene que conocerse, saber cuáles son sus capacidades y en qué grado, saber cuáles son sus necesidades y qué grado de importancia corresponde a cada una, y elegir sus actividades y distribuir su tiempo en función de ese conocimiento.
Este tipo de artisticidad pone en juego tanto la inteligencia como la sensibilidad estética y el sentido ético. Por ello es un modelo de búsqueda consciente de la sabiduría de la vida.
Hay aquí dos aspectos que deben ser examinados separadamente: el de los roles sociales que uno desempeña y el de la propia personalidad y sus distintas dimensiones. El desarrollo de la propia personalidad es, en este caso, prioritaria, y a ella deben subordinarse los roles que elija desempeñar. En todo caso, siempre hay que tratar de desempeñar estos roles de modo que impliquen el autodesarrollo. Lo inadmisible es elegirlos y desempeñarlos en función de convenciones sociales que no tiene validez para uno mismo.
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