Los seres humanos nos distinguimos de los demás seres vivientes en muchos aspectos particulares, naturalmente. Pero hay una diferencia general que abarca todos esos aspectos. Los demás seres tienen una naturaleza constante y definida, hábitos heredados, instintos; su forma de vida está predeterminada y no puede salirse de los estrechos cauces en que está encarrilada; no pueden, por ejemplo, hacer lo que hacen otros animales aprendiendo. Nosotros, por el contrario, somos, en principio, variables e indefinidos. Nuestra naturaleza es proteica, es decir, pueden adoptar muchas formas. Tenemos, cierto, una determinada estructura biológica, pero no tenemos un esquema de vida rígido heredado genéticamente e inalterable; podemos aprender, y somos los que somos en función de lo que aprendemos y de lo que hacemos. Aprender enriquece potencialmente nuestro ser y al elegir lo que hacemos elegimos lo que somos.
Los demás seres son lo que son, independientemente de que ese ser sea de mucho o de poco valor. Pero para los seres humanos permanecer en un estado de indefinición es arriesgarnos, al final de cuentas, a no ser o a ser muchas cosas, cada una de muy poco valor. Para ser los seres humanos tenemos que salir de ese estado de variabilidad e indefinición que es, por principio, el nuestro.
¿Cómo podemos salir de ese estado?
Los seres humanos podemos ser, pero no tenemos que ser. Los seres humanos sólo llegamos a ser si queremos ser. Para salir de ese estado los seres humanos tenemos que hacer algo. Pero para hacer algo tenemos que decidirnos a hacerlo.
Los seres humanos no llegamos a ser lo que podemos ser si no nos decidimos a hacer lo que tenemos que hacer para llegar a serlo.
Esta es una verdad fundamental. La decisión es por tanto un tema fundamental de la concepción de la vida humana.
Lo que hace humana nuestra vida es, en cierto sentido, la calidad de las decisiones que tomamos.Aceptamos esta concepción y argumentos. Pero no siempre se vio todo esto claramente. Ha tenido que advenir cierta situación histórica para que seamos conscientes de ello como una realidad primaria de la vida humana. Esta situación consiste, básicamente, en lo que se describe a continuación.
Ningún ser humano decide todo con respecto a su propia vida. Esto es imposible. Nacemos en una determinada sociedad, poseedora de cierta cultura, la vida de las personas discurre dentro de ciertos moldes dependientes de la posición social en que se ha nacido y de las vicisitudes de la vida; la sociedad es un sistema de interrelaciones humanas que posibilita la vida de sus miembros y le marca ciertas trayectorias más o menos típicas. Sin embargo, hay algunos sistemas sociales de interrelación muy estrictos, con pocas posibilidades de cambio y que no ofrecen opciones a sus miembros; pero también hay otra más flexibles y cambiantes; esto puede depender de circunstancias externas o de ciertas características de su estructura interna.
En cualquier caso, lo cierto es que en ninguna sociedad los seres humanos viven de forma tal que todas acciones con que debe responder a las diversas situaciones vitales ya estén prescritas y sea obligatoria, siempre hay un margen de libertad. Este margen ha crecido en las sociedades más evolucionadas, y en estas los valores de la libertad, la igualdad de derechos, y la responsabilidad son reconocidos como atribuciones propias de cada ser humano. Este fenómeno, al mismo tiempo que nos muestra claramente el papel la libertad en la existencia humana la convierte en un problema. Para los miembros de otras sociedades es mucho más sencillo averiguar qué hacer y tomar la decisión correcta. En cambio, en las sociedades modernas es mucho más difícil hacer ambas cosas; por eso llegan a convertirse en tareas humanas de primer importancia que exigen de reflexión filosófica y de una actitud reflexiva compleja y especial.
En la actualidad, aunque sepamos que no todas las decisiones de la propia vida las tomamos nosotros, se reconoce que las decisiones esenciales de nuestra vida individual son nuestra responsabilidad, y que evadir esa responsabilidad en cuestionable moralmente, aunque sea un fenómeno común, y precisamente tanto más cuanto más común sea.
Ahora sabemos que, en cierto sentido, los que no deciden por sí mismos no viven su propia vida, no viven en verdad una vida propia, son arrastrados a vivir una vida que a la postre será la vida que les tocó vivir pero no su vida, la vida que hubieran podido vivir. No es difícil responder a la cuestión de por qué tenemos que decidir.
Quizás sea más difícil ser libres, pero debido a los horizontes que se abren ante nosotros, ser libres es mucho más emocionante cada vez.
Es más difícil, en cambio, responder a cuestiones como las de qué significa decidir, cómo hay que decidir y por qué es tan difícil decidir. En este ensayo aprontaré algunas ideas sobre cómo responder a estas preguntas.
¿Qué significa decidir?
Ante una determinada situación podemos visualizar varias posibilidades deacción. A simple vista, parecería que decidir significa meramente elegir una de estas posibilidades. Pero no es tan simple. En realidad, debería entenderse siempre que decidir no es meramente elegir una posibilidad. Concebirla así es concebir erradamente la decisión. Es por concebirla así que muchas personas se sorprenden cuando creen haber tomado una decisión y se encuentran con que no actúan como creen que deberían actuar al haber tomado esa decisión. Porque elegir una posibilidad puede entenderse de varias maneras.
Puede ser que yo, en el fondo, lo que me diga es una de estas cosas: “este es el camino que más me gusta”, “este es un buen camino”, “este es el camino que me gustaría recorrer”, “ahora tomaré este camino” o “voy a ir por este camino”. No cualquiera de estas expresiones constituye una decisión.
La primera indica un gusto, un sentimiento de preferencia. La segunda una valoración, un juicio que discrimina, que establece una diferencia entre lo que vale o vale más y lo que no vale o vale menos de acuerdo con cierto valor. La tercera un deseo, un consciente apetecer algo. La cuarta puede ser una mera constatación, una marca del inicio de una acción.
Sólo la quinta expresión manifiesta una decisión. Pero aun esta quinta no contiene necesariamente una decisión, pues puede entenderse como: “voy a ir por este camino (mientras no vaya por otro)” o “voy a ir por este camino, independientemente de lo que y en la medida en que mis fuerzas me lo permitan, hasta llegar al punto de destino debido al cual lo he elegido.” Esto último, y sólo ello, expresa la esencia de una verdadera decisión.
Decidir significa, en este sentido, excluir cualquier otra posibilidad. Significa que no abandono, que no cambio lo elegido por otra cosa, que renuevo y reafirmo mi decisión original en tanto lo decidido, debido a su naturaleza, sea vigente, tanto en cuanto a su contenido como a su temporalidad. Una vez que lo decidido se ha cumplido, si puede cumplirse en un plazo temporal limitado, ese cumplimiento me libera de esa decisión. Puedo entonces tomar otra cuyo cumplimiento hubiera sido incompatible con la realización de lo antes decidido. Entonces sí, pero no antes.
Si una decisión, por el carácter intrínseco del asunto, se refiere a algo siempre vigente, está decisión me compromete por siempre, es decir, por toda la vida. Todas aquellas posibilidades cuya realización impida o contribuya a impedir la realización de ésta, deben ser excluidas. Esa decisión instituye un compromiso de vida.
¿Por qué es tan difícil decidir?
Aquello en que consiste una verdadera decisión nos da por sí solo un índice de su dificultad.
A la noción de decisión pertenece la idea de persistencia. Una activa persistencia es propia de toda decisión. Es lo contrario de inercia. Supone, por tanto, un esfuerzo, un esfuerzo que debemos hacer de una manera continua. Y el esfuerzo cansa.
Pero supone también una renuncia a aquello que no es compatible con la realización de ese esfuerzo y que puede ser también deseable. Esto es que lo hace tentador. Tanto más si su consecución supone un esfuerzo menor que el que se está haciendo.
Por supuesto no todas las decisiones son igualmente difíciles. La dificultad de una decisión es directamente proporcional a su envergadura, es decir, al alcance y valor de sus consecuencias. No cuesta mucho tomar decisiones pequeñas, que involucran tareas de horas o de días. Pero tomar grandes decisiones, tomar decisiones que involucran años o aun toda la vida, ¡vaya que cuesta tomarlas!
La decisión puede ser difícil por dos cosas. Una, por lo que cuesta tomarla. Otra, por lo que cuesta mantenerla.
Cuesta mucho mantener una de las grandes decisiones, aunque puede ser muy fácil adoptarla. Toma uno una gran decisión, luego, de pronto, claudica, esto es, hace uno muchas cosas que resultan contrarias o incompatibles con lo que requiere esa gran decisión para su cumplimiento. El tiempo es que esto sucede es tiempo perdido desde el punto de vista de esa gran decisión. Posteriormente podemos retomar esa decisión.
Pero el sentido de esa decisión era comprometernos para siempre, y he aquí que ahora hay un tiempo sustraído a ese para siempre, un tiempo que hemos perdido que es a la vez un tiempo en el que nos hemos perdido. Mantener una gran decisión es lo que más cuesta. Pero no mantenerla cuesta muchísimo más, porque si no la mantenemos perdemos el tiempo de nuestra vida y nos perdemos a nosotros mismos.
Podría pensarse que esta es una exageración. En cierto sentido lo es: seguimos viviendo y haciendo cosas, seguimos siendo de tal o cual manera. Pero lo que perdemos es un tiempo de vida que podría haber sido de alto valor, y perdemos nuestro mejor yo, el que hubiéramos sido durante y en tanto hubieramos mantenido esa decisión que no mantuvimos. Reina entonces la dispersión, el enanismo, la falta de heroicidad vital, la autodisminución, la falta de plenitud, el semivivir.
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