miércoles, 18 de abril de 2007

APRENDER DE LA EXPERIENCIA

En el libro de Helen Buss Mitchell, Raíces de la sabiduría, aparece una caricatura en la que dos pulgas caminan por la espalda de un perro y una le comenta a la otra: “¿Sabes?... A veces me pregunto si realmente existe el perro?”. Al margen, la autora apostilla: “¿Qué podría llevar a estas pulgas al teísmo o al ateísmo?”

Esta pregunta sólo puede ser respondida de la siguiente manera: no un argumento, ni una razón ni un sentimiento, no una intuición, sino la experiencia.

Depositar nuestro amor en un objeto que nunca nos defraude. Todo objeto finito, hombre mujer, cosa o institución pueden defraudarnos. Ahora están ahí, ahora ya no. Sólo Dios no nos defrauda. Por eso, si quieres que tu amor siempre tenga la respuesta, ama a Dios y sólo a Él. Este es el argumento de Spinoza al inicio del tratado sobre la reforma del entendimiento.

Pero Dios no existe. ¿Qué podría llevar a un ateo al teísmo? La experiencia de que el amor a los seres finitos defrauda esencialmente y el querer que exista un objeto de amor que no nos defraude jamás. Esta es la tentación. A esta tentación hay que oponerle una realidad posible, una experiencia o interpretación de la experiencia que sea mucho más atractiva que esa tentación.

No existe Dios. Sólo hay seres finitos para amar. ¿Qué puede tener, además de Dios, la característica de perennidad para que amarlas no nos defraude nunca? Los valores, sólo los valores.

Sólo hay seres finitos para amar. Hay que amarlos según ciertos valores. ¿Cuáles? Los más altos, los mejores.

Amo a esta mujer. Puede irse, nunca llegar a amarme o, habiéndome amado, dejar de amarme, puede morir o las circunstancias pueden llegar a separarme de ella. Todo esto puede ocurrir en cualquier momento. Para amar hay que aceptar este riesgo, que existe siempre. Amar es asumir este riesgo.

La amo: ella es mi bien y su bien es el mío. ¿Qué me indica este amor? Tan solo esto: amarla. ¿Cómo? Si ella es mi bien, cuidarla sobre todas las cosas. Si su bien es el mío, querer y buscar este bien igual que si fuera el mío. Para ella, para ella misma sin mí, si es necesario.

¿En que reside en bien? En los valores. Pero nuestro bien particular reside en los valores que hemos seleccionado para que rijan nuestro vivir. Mi bien reside en el cumplimiento de aquellos valores que elijo y con cuyo cumplimiento me comprometo. Su bien reside en aquellas cosas valiosas para ella según los valores a que adhiere. No se trata de imponerle mi bien, sino de contribuir a que realice el suyo. Por lo tanto, debo conocerla e inferir cuáles son sus valores. Y tratar de trabajar por su bien según estos valores. Amar así es bien amar. Y amar bien es lo que el buen amante quiere.

Claro, también quisiera tenerla junto a mí constantemente para poder amarla de continuo. Pero si no es posible, hay que seguir amando. Y procurar amar bien, es decir, actuar amorosamente de acuerdo con los valores propios y hacer lo que esté al alcance para contribuir a la realización de los de ella para ella.

Los seres finitos cambian y mueren. Cuando elegimos uno para amar estamos expuestos a perderlo. Hay que aceptar este riesgo, si uno quiere amar. Pero si queremos amar, si amamos, hemos de amar bien en todo momento pese a ese riesgo. Porque amamos a ese ser; si nuestro amor es verdadero, le amamos con o sin nosotros a su lado. Así es como debe de ser, pues tal es la naturaleza del amor a los seres finitos y mortales. Queremos amar, y queremos que el objeto de nuestro amor sea un ser real, sensible, necesitado, no queremos amar seres de ficción, no-seres. Un amor así es una ilusión, y es querer evitar el riesgo insoslayable que debe aceptar todo aquel que se compromete a sí mismo con su amor. A quien amamos deberíamos poder decirle: “No importa si te amo como nadie te ha amado. Sólo importa que te ame de verdad. Acepto el riesgo. No lo eludiré. Con mi amor me entrego a ti en mi interior. Te pertenezco. Haz lo que tú quieras. Yo sé lo que me toca hacer. Te amo.”

No creeré en Dios porque mi amada pueda defraudarme o porque de hecho me defraude, porque no sea amado o porque no amé. No creeré jamás en Dios porque no existe. Y no pierdo nada con ello. El mundo sin Dios es mejor que el mundo con Dios. El mundo con Dios es una simpleza a la que acudimos para sacudirnos de las preguntas inquietantes, para apaciguar nuestros temores. El mundo sin Dios, tal como es, me exige más inteligencia y más valentía. Quiero amar reconociendo mi ser finito y mortal y el de mi amada, y sabiendo que debido a ello es que puedo amarla mejor. Porque vino al mundo y va a vivir sólo una vez, porque en su vida puede haber amor, plenitud y alegría pero también puede haber soledad, insatisfacción de sí y tristeza, y porque yo quiero que su única vida sea buena y bella para ella misma, por eso mi amor por ella puede ser un amor sin fisuras, duradero.

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