Las verdades filosóficas, al contrario de las verdades científicas, no son verdades sobre lo general, sino verdades sobre lo real, pero no sólo sobre lo real dado sino también sobre lo real posible, sobre la pluralidad de las singularidades concretas, sus interacciones y sus posibles.
miércoles, 18 de abril de 2007
Las verdades filosóficas, al contrario de las verdades científicas, no son verdades sobre lo general, sino verdades sobre lo real, pero no sólo sobre lo real dado sino también sobre lo real posible, sobre la pluralidad de las singularidades concretas, sus interacciones y sus posibles.
Ensayo sobre la decisión
Los seres humanos nos distinguimos de los demás seres vivientes en muchos aspectos particulares, naturalmente. Pero hay una diferencia general que abarca todos esos aspectos. Los demás seres tienen una naturaleza constante y definida, hábitos heredados, instintos; su forma de vida está predeterminada y no puede salirse de los estrechos cauces en que está encarrilada; no pueden, por ejemplo, hacer lo que hacen otros animales aprendiendo. Nosotros, por el contrario, somos, en principio, variables e indefinidos. Nuestra naturaleza es proteica, es decir, pueden adoptar muchas formas. Tenemos, cierto, una determinada estructura biológica, pero no tenemos un esquema de vida rígido heredado genéticamente e inalterable; podemos aprender, y somos los que somos en función de lo que aprendemos y de lo que hacemos. Aprender enriquece potencialmente nuestro ser y al elegir lo que hacemos elegimos lo que somos.
Los demás seres son lo que son, independientemente de que ese ser sea de mucho o de poco valor. Pero para los seres humanos permanecer en un estado de indefinición es arriesgarnos, al final de cuentas, a no ser o a ser muchas cosas, cada una de muy poco valor. Para ser los seres humanos tenemos que salir de ese estado de variabilidad e indefinición que es, por principio, el nuestro.
¿Cómo podemos salir de ese estado?
Los seres humanos podemos ser, pero no tenemos que ser. Los seres humanos sólo llegamos a ser si queremos ser. Para salir de ese estado los seres humanos tenemos que hacer algo. Pero para hacer algo tenemos que decidirnos a hacerlo.
Los seres humanos no llegamos a ser lo que podemos ser si no nos decidimos a hacer lo que tenemos que hacer para llegar a serlo.
Esta es una verdad fundamental. La decisión es por tanto un tema fundamental de la concepción de la vida humana.
Lo que hace humana nuestra vida es, en cierto sentido, la calidad de las decisiones que tomamos.Aceptamos esta concepción y argumentos. Pero no siempre se vio todo esto claramente. Ha tenido que advenir cierta situación histórica para que seamos conscientes de ello como una realidad primaria de la vida humana. Esta situación consiste, básicamente, en lo que se describe a continuación.
Ningún ser humano decide todo con respecto a su propia vida. Esto es imposible. Nacemos en una determinada sociedad, poseedora de cierta cultura, la vida de las personas discurre dentro de ciertos moldes dependientes de la posición social en que se ha nacido y de las vicisitudes de la vida; la sociedad es un sistema de interrelaciones humanas que posibilita la vida de sus miembros y le marca ciertas trayectorias más o menos típicas. Sin embargo, hay algunos sistemas sociales de interrelación muy estrictos, con pocas posibilidades de cambio y que no ofrecen opciones a sus miembros; pero también hay otra más flexibles y cambiantes; esto puede depender de circunstancias externas o de ciertas características de su estructura interna.
En cualquier caso, lo cierto es que en ninguna sociedad los seres humanos viven de forma tal que todas acciones con que debe responder a las diversas situaciones vitales ya estén prescritas y sea obligatoria, siempre hay un margen de libertad. Este margen ha crecido en las sociedades más evolucionadas, y en estas los valores de la libertad, la igualdad de derechos, y la responsabilidad son reconocidos como atribuciones propias de cada ser humano. Este fenómeno, al mismo tiempo que nos muestra claramente el papel la libertad en la existencia humana la convierte en un problema. Para los miembros de otras sociedades es mucho más sencillo averiguar qué hacer y tomar la decisión correcta. En cambio, en las sociedades modernas es mucho más difícil hacer ambas cosas; por eso llegan a convertirse en tareas humanas de primer importancia que exigen de reflexión filosófica y de una actitud reflexiva compleja y especial.
En la actualidad, aunque sepamos que no todas las decisiones de la propia vida las tomamos nosotros, se reconoce que las decisiones esenciales de nuestra vida individual son nuestra responsabilidad, y que evadir esa responsabilidad en cuestionable moralmente, aunque sea un fenómeno común, y precisamente tanto más cuanto más común sea.
Ahora sabemos que, en cierto sentido, los que no deciden por sí mismos no viven su propia vida, no viven en verdad una vida propia, son arrastrados a vivir una vida que a la postre será la vida que les tocó vivir pero no su vida, la vida que hubieran podido vivir. No es difícil responder a la cuestión de por qué tenemos que decidir.
Quizás sea más difícil ser libres, pero debido a los horizontes que se abren ante nosotros, ser libres es mucho más emocionante cada vez.
Es más difícil, en cambio, responder a cuestiones como las de qué significa decidir, cómo hay que decidir y por qué es tan difícil decidir. En este ensayo aprontaré algunas ideas sobre cómo responder a estas preguntas.
¿Qué significa decidir?
Ante una determinada situación podemos visualizar varias posibilidades deacción. A simple vista, parecería que decidir significa meramente elegir una de estas posibilidades. Pero no es tan simple. En realidad, debería entenderse siempre que decidir no es meramente elegir una posibilidad. Concebirla así es concebir erradamente la decisión. Es por concebirla así que muchas personas se sorprenden cuando creen haber tomado una decisión y se encuentran con que no actúan como creen que deberían actuar al haber tomado esa decisión. Porque elegir una posibilidad puede entenderse de varias maneras.
Puede ser que yo, en el fondo, lo que me diga es una de estas cosas: “este es el camino que más me gusta”, “este es un buen camino”, “este es el camino que me gustaría recorrer”, “ahora tomaré este camino” o “voy a ir por este camino”. No cualquiera de estas expresiones constituye una decisión.
La primera indica un gusto, un sentimiento de preferencia. La segunda una valoración, un juicio que discrimina, que establece una diferencia entre lo que vale o vale más y lo que no vale o vale menos de acuerdo con cierto valor. La tercera un deseo, un consciente apetecer algo. La cuarta puede ser una mera constatación, una marca del inicio de una acción.
Sólo la quinta expresión manifiesta una decisión. Pero aun esta quinta no contiene necesariamente una decisión, pues puede entenderse como: “voy a ir por este camino (mientras no vaya por otro)” o “voy a ir por este camino, independientemente de lo que y en la medida en que mis fuerzas me lo permitan, hasta llegar al punto de destino debido al cual lo he elegido.” Esto último, y sólo ello, expresa la esencia de una verdadera decisión.
Decidir significa, en este sentido, excluir cualquier otra posibilidad. Significa que no abandono, que no cambio lo elegido por otra cosa, que renuevo y reafirmo mi decisión original en tanto lo decidido, debido a su naturaleza, sea vigente, tanto en cuanto a su contenido como a su temporalidad. Una vez que lo decidido se ha cumplido, si puede cumplirse en un plazo temporal limitado, ese cumplimiento me libera de esa decisión. Puedo entonces tomar otra cuyo cumplimiento hubiera sido incompatible con la realización de lo antes decidido. Entonces sí, pero no antes.
Si una decisión, por el carácter intrínseco del asunto, se refiere a algo siempre vigente, está decisión me compromete por siempre, es decir, por toda la vida. Todas aquellas posibilidades cuya realización impida o contribuya a impedir la realización de ésta, deben ser excluidas. Esa decisión instituye un compromiso de vida.
¿Por qué es tan difícil decidir?
Aquello en que consiste una verdadera decisión nos da por sí solo un índice de su dificultad.
A la noción de decisión pertenece la idea de persistencia. Una activa persistencia es propia de toda decisión. Es lo contrario de inercia. Supone, por tanto, un esfuerzo, un esfuerzo que debemos hacer de una manera continua. Y el esfuerzo cansa.
Pero supone también una renuncia a aquello que no es compatible con la realización de ese esfuerzo y que puede ser también deseable. Esto es que lo hace tentador. Tanto más si su consecución supone un esfuerzo menor que el que se está haciendo.
Por supuesto no todas las decisiones son igualmente difíciles. La dificultad de una decisión es directamente proporcional a su envergadura, es decir, al alcance y valor de sus consecuencias. No cuesta mucho tomar decisiones pequeñas, que involucran tareas de horas o de días. Pero tomar grandes decisiones, tomar decisiones que involucran años o aun toda la vida, ¡vaya que cuesta tomarlas!
La decisión puede ser difícil por dos cosas. Una, por lo que cuesta tomarla. Otra, por lo que cuesta mantenerla.
Cuesta mucho mantener una de las grandes decisiones, aunque puede ser muy fácil adoptarla. Toma uno una gran decisión, luego, de pronto, claudica, esto es, hace uno muchas cosas que resultan contrarias o incompatibles con lo que requiere esa gran decisión para su cumplimiento. El tiempo es que esto sucede es tiempo perdido desde el punto de vista de esa gran decisión. Posteriormente podemos retomar esa decisión.
Pero el sentido de esa decisión era comprometernos para siempre, y he aquí que ahora hay un tiempo sustraído a ese para siempre, un tiempo que hemos perdido que es a la vez un tiempo en el que nos hemos perdido. Mantener una gran decisión es lo que más cuesta. Pero no mantenerla cuesta muchísimo más, porque si no la mantenemos perdemos el tiempo de nuestra vida y nos perdemos a nosotros mismos.
Podría pensarse que esta es una exageración. En cierto sentido lo es: seguimos viviendo y haciendo cosas, seguimos siendo de tal o cual manera. Pero lo que perdemos es un tiempo de vida que podría haber sido de alto valor, y perdemos nuestro mejor yo, el que hubiéramos sido durante y en tanto hubieramos mantenido esa decisión que no mantuvimos. Reina entonces la dispersión, el enanismo, la falta de heroicidad vital, la autodisminución, la falta de plenitud, el semivivir.
APRENDER DE LA EXPERIENCIA
Amo a esta mujer. Puede irse, nunca llegar a amarme o, habiéndome amado, dejar de amarme, puede morir o las circunstancias pueden llegar a separarme de ella. Todo esto puede ocurrir en cualquier momento. Para amar hay que aceptar este riesgo, que existe siempre. Amar es asumir este riesgo.
La amo: ella es mi bien y su bien es el mío. ¿Qué me indica este amor? Tan solo esto: amarla. ¿Cómo? Si ella es mi bien, cuidarla sobre todas las cosas. Si su bien es el mío, querer y buscar este bien igual que si fuera el mío. Para ella, para ella misma sin mí, si es necesario.
¿En que reside en bien? En los valores. Pero nuestro bien particular reside en los valores que hemos seleccionado para que rijan nuestro vivir. Mi bien reside en el cumplimiento de aquellos valores que elijo y con cuyo cumplimiento me comprometo. Su bien reside en aquellas cosas valiosas para ella según los valores a que adhiere. No se trata de imponerle mi bien, sino de contribuir a que realice el suyo. Por lo tanto, debo conocerla e inferir cuáles son sus valores. Y tratar de trabajar por su bien según estos valores. Amar así es bien amar. Y amar bien es lo que el buen amante quiere.
Claro, también quisiera tenerla junto a mí constantemente para poder amarla de continuo. Pero si no es posible, hay que seguir amando. Y procurar amar bien, es decir, actuar amorosamente de acuerdo con los valores propios y hacer lo que esté al alcance para contribuir a la realización de los de ella para ella.
Los seres finitos cambian y mueren. Cuando elegimos uno para amar estamos expuestos a perderlo. Hay que aceptar este riesgo, si uno quiere amar. Pero si queremos amar, si amamos, hemos de amar bien en todo momento pese a ese riesgo. Porque amamos a ese ser; si nuestro amor es verdadero, le amamos con o sin nosotros a su lado. Así es como debe de ser, pues tal es la naturaleza del amor a los seres finitos y mortales. Queremos amar, y queremos que el objeto de nuestro amor sea un ser real, sensible, necesitado, no queremos amar seres de ficción, no-seres. Un amor así es una ilusión, y es querer evitar el riesgo insoslayable que debe aceptar todo aquel que se compromete a sí mismo con su amor. A quien amamos deberíamos poder decirle: “No importa si te amo como nadie te ha amado. Sólo importa que te ame de verdad. Acepto el riesgo. No lo eludiré. Con mi amor me entrego a ti en mi interior. Te pertenezco. Haz lo que tú quieras. Yo sé lo que me toca hacer. Te amo.”
No creeré en Dios porque mi amada pueda defraudarme o porque de hecho me defraude, porque no sea amado o porque no amé. No creeré jamás en Dios porque no existe. Y no pierdo nada con ello. El mundo sin Dios es mejor que el mundo con Dios. El mundo con Dios es una simpleza a la que acudimos para sacudirnos de las preguntas inquietantes, para apaciguar nuestros temores. El mundo sin Dios, tal como es, me exige más inteligencia y más valentía. Quiero amar reconociendo mi ser finito y mortal y el de mi amada, y sabiendo que debido a ello es que puedo amarla mejor. Porque vino al mundo y va a vivir sólo una vez, porque en su vida puede haber amor, plenitud y alegría pero también puede haber soledad, insatisfacción de sí y tristeza, y porque yo quiero que su única vida sea buena y bella para ella misma, por eso mi amor por ella puede ser un amor sin fisuras, duradero.
VIVIR CREATIVAMENTE
¿Cómo debemos vivir? Esta pregunta se puede responder de muchas maneras. La responderé ahora atendiendo no a los objetivos o metas a realizar, ni a los valores a cumplir, ni a la cuestión de cómo debe ser la relación con los otros seres humanos, sino a la forma de vivir la propia vida. Esta respuesta es mi respuesta personal, pero puede tener una valor más general.
Mi respuesta es: Debemos vivir creativamente. ¿Qué significa esto?
Comúnmente se refiere la creatividad los ámbitos artístico e intelectual. Sin embargo, la creatividad se refiera a algo más general, del cual ambos ámbitos son casos ilustres, pero no exclusivos. Este sentido de creatividad que aquí me interesa: la creatividad como un elemento fundamental y, en cierto sentido, natural de la vida humana.
Entendida así, la creatividad se contrapone a la rutina, al dejarse ser, a la repetición, al hábito, a la costumbre. Obviamente, muchas personas inmediatamente convendrán en que esto es así, y juzgarán negativamente la rutina, el hábito y la costumbre, pensarán que caer en todo esto empobrece la vida y la vuelve tediosa y aburrida. Sin embargo, es notorio que a pesar de esta actitud de rechazo, no por ello sus vidas son más creativas. Saben que ganarían mucho si viviesen más creativamente, pero no lo hacen. ¿A qué se debe? No a la falta de deseo ni de comprensión, sino a un simple y sencillo hecho: que vivir creativamente no es fácil. Fácil, en cambio, es precisamente continuar haciendo lo que ya se hace.
Vivimos con un conjunto de saberes instalados en nuestra vida, aprendidos en diversos momentos y referidos a nuestro manejo de los objetos, a las actitudes y desempeño de las tareas correspondientes a los roles que vamos asumiendo en diversas etapas y situaciones de la vida, a nuestra comprensión de nosotros mismos y a nuestra percepción de lo que son demás seres humanos, el mundo y la vida. La mayor parte de las personas, al llegar a cierta edad, ya no acrecientan significativamente este conjunto, sino que se limitan a usufructuarlo el resto de su vida.
Pero muchas veces esto es del todo insuficiente tanto para responder airosamente a las vicisitudes de la vida como a las aspiraciones humanas. Cuando nuestro medio no nos da naturalmente más elementos, por las causas que sea, acrecentar ese caudal y modificar y enriquecer nuestra vida es por completo una tarea personal, cuya realización requiere de una decisión individual y de un compromiso personal que debemos mantener si queremos dar mayor plenitud a nuestra existencia. Nadie puede hacer esto por nosotros.
La iniciativa consiste no dejarse arrastrar por la rutina, la comodidad o la pereza; tomar decisiones y comprometerse con ellas; inaugurar nuevos ámbitos de la propia vida.
La imaginación se pone en acción en la experimentación, al probar nuevas combinaciones atentos a la emergencia de nuevas formas y cualidades; audacia; pero también, y sobre todo, al no creer que sólo es posible lo que ya es y, por tanto, arrojarse en lugar de esperar.
La perseverancia se realiza al tomar una decisión y no ceder hasta el cumplimiento del objetivo, al rechazar todo lo que no es compatible con el logro de la meta; al no detenerse ni dejarse desviar.
Distinguiré dos tipos de artistas: el artista en pos de la obra y el artista en pos de la vida. Se puede querer ser artista exclusivamente en un sentido o en otro, o en ambos.
¿Qué tiene que hacer quien quiere ser un artista en el segundo sentido?
Debe cuidarse, cuidar su vida. Para esto tiene que conocerse, saber cuáles son sus capacidades y en qué grado, saber cuáles son sus necesidades y qué grado de importancia corresponde a cada una, y elegir sus actividades y distribuir su tiempo en función de ese conocimiento.
Este tipo de artisticidad pone en juego tanto la inteligencia como la sensibilidad estética y el sentido ético. Por ello es un modelo de búsqueda consciente de la sabiduría de la vida.
Hay aquí dos aspectos que deben ser examinados separadamente: el de los roles sociales que uno desempeña y el de la propia personalidad y sus distintas dimensiones. El desarrollo de la propia personalidad es, en este caso, prioritaria, y a ella deben subordinarse los roles que elija desempeñar. En todo caso, siempre hay que tratar de desempeñar estos roles de modo que impliquen el autodesarrollo. Lo inadmisible es elegirlos y desempeñarlos en función de convenciones sociales que no tiene validez para uno mismo.
EL VALOR DE LOS METODOS CUANTITATIVOS
ogíSociol
EL VALOR DE LOS METODOS CUANTITATIVOS
Y CUALITATIVOS EN INVESTIGACIÓN SOCIAL
Buenas tardes:
Me alegra tener la oportunidad de estar con ustedes y de compartir algunas ideas. Mi participación se anuncia como una conferencia magistral. No quiero identificarla con esos términos. Prefiero pensarla como algo más estimulante. Deseo que mis palabras constituyan una intervención reflexiva y crítica que incite a pensar en algunas cuestiones relativas al estudio de la sociología en nuestro contexto.
Prefiero este tipo de participación porque creo que en nuestro ámbito universitario, la reflexión y la crítica públicas tienden a ser escasas. No es solo una impresión personal. En los últimos meses, he escuchado a numerosos docentes, investigadores y estudiantes que coinciden en resaltar el carácter intelectualmente limitante, e incluso esterilizante, de la universidad. Esto se debe, naturalmente, a muchos factores. Pero apuesto a que un factor fundamental e inmediato es la concepción de la educación y el perfil del maestro que rigen actualmente. Y yo pongo este factor en primer lugar porque atañe directamente a los académicos y creo que es nuestro deber confrontarnos con él. Es mi convicción de que esta concepción y este perfil deben ser críticamente examinados y cambiados por concepciones y prácticas más estimulantes y fructíferas intelectualmente, simplemente porque ustedes no merecen menos. En la concepción vigente la educación consiste en la transmisión del saber ya constituido y objetivado a la mente de los estudiantes, siendo el maestro el transmisor autorizado.
Por mi parte, concibo la educación, en este contexto particular, como la confluencia de nuestras experiencias, lecturas y fuerzas imaginativas y reflexivas para construir a través del diálogo modos diversos de entender la compleja realidad social y humana que es el objeto de nuestro interés común. Cuando digo “nuestras” me refiero tanto al personal académico como al alumnado. Como maestro mi objetivo no es el de transmitir los saberes que yo pueda tener, sino construir espacios de reflexión junto con las personas con las que me toque trabajar en cada momento, que son, el día de hoy, ustedes. Por ello no quiero resguardar mis flancos débiles. Por el contrario, me gusta exponerlos. Por eso también prefiero estar hoy aquí, no solo, sino con Fernando y Gustavo para reflexionar todos juntos.
Mi intervención aborda siguiente cuestión: ¿cuál es el valor de los métodos cuantitativos y cualitativos de investigación? Este problema suele ser interpretado exclusivamente como un problema epistemológico. Es decir, se piensa que la cuestión consiste en averiguar cuál de entre estos dos tipos de métodos es el adecuado, o el más adecuado, para conocer la realidad social. Hay personas que defienden que los métodos cuantitativos son los únicos válidos científicamente para conocer la realidad; otras defienden lo contrario. Hace unos días un alumno mío mencionaba que algunos maestros partidarios de uno u otro tipo de estos métodos se quejaban amargamente del descuido con que se enseñaba su tipo favorito y la indebida atención de que gozaba el opuesto. Me disgustan estas quejas porque no veo aquí un problema auténtico, sino un pseudoproblema producido por un malentendido o por ignorancia, o por ambos. No es esta interpretación del problema la que me interesa. Me parece que ambos métodos son válidos. No es difícil explicar el porqué. Es lo que intentaré hacer en esta intervención. El problema que me parece realmente interesante es establecer cuál es el valor no epistemológico sino ético y político del conocimiento producido por el uso de esto métodos. Esta es una cuestión más relevante actualmente, y merecedora de mayor discusión que la otra, que estaría rebasada sin no fuese por la gran limitación, muchas veces inconsciente, de nuestros saberes. Debido a limitaciones de tiempo, al finalizar mi intervención explicaré brevemente por qué prefiero esta manera de entender el problema como más digna de nuestra atención en nuestra presente situación, con el deseo de que en el tiempo de comentarios generales haya oportunidad de abundar sobre este punto.
La cuestión de cuál es la validez epistemológica de estos dos tipos de métodos no puede ser respondida objetivamente, es decir, examinando ambos métodos aisladamente. Necesitamos tener un criterio adecuado para juzgarlos. En este caso creo que tal criterio debe consistir en una concepción de lo que es el conocimiento o, si ustedes quieren que seamos más exigentes, el conocimiento científico. No es posible examinar aquí las diversas concepciones existentes y evaluarlas para elegir una. Prefiero limitarme a decirles que después de haber leído durante años diversos libros de epistemología, filosofía de la ciencia y metodología de investigación científica general o social, he llegado a la conclusión de que lo mejor es tomar como punto de partida una concepción mínima, es decir, una concepción que plantee el menor número de requisitos a cumplir para considerar si una investigación es o no científica, independientemente del tema, objeto o problema sobre el que verse. Me parece que un excelente punto de partida es la formulación expuesta por el semiótico y novelista italiano, Humberto Eco, en su libro sobre cómo hacer una tesis. Aquí Eco afirma que es científica cualquier investigación que cumple con cuatro requisitos.
El primero es que la investigación debe versar sobre un objeto reconocible y definido de tal modo que también sea reconocible por los demás.
El segundo requisito es que la investigación tiene que decir sobre ese objeto cosas que todavía no han sido dichas o bien revisar con óptica diferente las cosas que ya han sido dichas.
El tercero es que la investigación debe ser útil a los demás.
Y el cuarto es que la investigación debe suministrar elementos para la verificación y la refutación de las afirmaciones que presenta, y por lo tanto tiene que suministrar los elementos necesarios para su seguimiento público.
Todo esto puede parecer tan simple que no convenza. Sin embargo, la más de las veces la verdad es sencilla. Esta formulación se aplica por igual a la física y a la poética, a la química y a la sociología, a la biología y al psicoanálisis, a la cosmología y a la historia. En fin, para no hablar de disciplinas, al estudio de cualquier cosa o tema que se quiera considerar de nivel científico.[1]
Si ustedes examinan su propio trabajo de investigación o el de otros con estos criterios, pueden determinar que tan científico es dicho trabajo. [OMITIR: Si un maestro les exige que cumplan con criterios adicionales y más restrictivos, para considerar que su trabajo es válido, es un maestro del que yo diría que se está pasando de listo y que quiere hacer valer lo que él conoce –habitualmente poco, pero no necesariamente- como algo indiscutible y de validez general. Desgraciadamente, pueden tener la seguridad de que la providencia no los guardara de que se encuentren en alguna ocasión con uno de estos.]
En fin, si partimos de esta formulación será fácil mostrar que los métodos cuantitativos y lo cualitativos pueden ser empleados de modo que cumplan estos requisitos. Ver, escuchar y registrar lo que los seres humanos hacen, dicen y escriben y las situaciones en las que hacen, dicen y escriben, es en lo que fundamentalmente consiste la investigación empírica en sociología. Tanto con los métodos cuantitativos como con los cualitativos se hace lo mismo, pero de diferente manera, cada una de las cuales ofrecen sus dificultades particulares. Con respecto a las características mencionadas por Eco, la principal diferencia consiste quizá en que en la metodología cuantitativa el “objeto reconocible y definido de tal modo que también sea reconocible por los demás” queda especificado al principio del estudio propiamente empírico, tras el estudio de estado de la cuestión, cuando se afina la hipótesis rectora de la investigación, mientras que en la metodología cualitativa ese objeto es el producto del proceso total de investigación, incluida la categorización y exposición finales del material empírico.
[OPCIONAL: Me detendré un poco para exponer esto, pues es el núcleo del asunto.
En la formulación de una problemática de investigación cuantitativa se siguen los siguientes pasos:
1) se precisa el tema de investigación,
2) se muestra la pertinencia de la investigación, es decir, se muestra que el tema, el problema o el planteamiento general constituye (o debe constituir) una preocupación actual de los investigadores o de quienes se ocupan de problemas prácticos involucrados,
3) para lograr lo anterior, se establece la relación entre el problema general de investigación y la información antecedente relacionada con el problema,
4) esta información pertinente debe ser presentada para demostrar la existencia del problema específico de investigación o para proporcionar elementos para el manejo de su solución. De esa información, consistente en los resultados de investigaciones empíricas y teóricas: hechos, conceptos, relaciones, modelos, teorías, se extrae reflexivamente el marco conceptual o teórico de investigación,
5) se determina un problema específico en el estado del conocimiento existente sobre el tema, sobre la base de haber mostrado una respuesta errónea o insuficiente a dicho problema en la información antecedente, y
6) se formula la pregunta específica como una hipótesis que establece una relación determinada entre varias variables, que orientará la recolección de datos y cuya respuesta permitirá resolver el problema específico.
En cambio, una problemática cualitativa de investigación cubre los siguientes aspectos:
1) se formula un problema de investigación provisional a partir de una situación que contiene un fenómeno particular interesante,
2) se formula una pregunta abierta de investigación abierta que permite la elección de una metodología adaptada al proyecto,
3) se elaboran interpretaciones basadas en la recolección de datos y el análisis inductivo de dichas interpretaciones, y
4) se formula y reformula el problema en el transcurso de la recolección de y el análisis preeliminar de los datos.
A partir de esta caracterización podemos observar que] una investigación cualitativa es apropiada sobre todo cuanto tenemos ante nosotros un fenómeno singular sobre el que no hay información antecedente, ya sea porque es de un nuevo tipo o porque las descripciones empíricas anteriores parecen ser demasiado gruesas o simplificadores, o porque es importante para nosotros estudiar ese fenómeno en particular y no un caso parecido. En cambio, la investigación cuantitativa se aplica sobre todo cuando queremos obtener resultados representativos sobre un universo de objetos sin tener que estudiar todos los casos en particular y hay una masa suficiente de investigación y teorización anterior para formular hipótesis específicas relativas a variables propias de ese tipo de objetos. Visto de esta manera, ambos métodos se complementan.
Sin embargo, en nuestro medio la duda sobre la validez de los métodos recae más bien sobre los cualitativos. Esta duda se debe a tres cuestiones en particular. Una referida a la objetividad de la observación, un requisito básico del empirismo científico. Y la otra a la matematización de los conceptos y de datos científicos. La tercera es el escaso conocimiento de cómo se aplican dichos métodos. [OMITIR: Me ocuparé de ésta ahora mismo y brevemente. Uno encuentra que muchas veces quienes aplican los métodos cualitativos y quienes juzgan su valor no tiene más que un conocimiento superficial de ellos. Con esta visión simplificada la aplicación tiene que ser deficiente, y el juicio parcial e incorrecto. Por ambas razones la impresión final sobre su valor tenderá a ser negativa. En estas condiciones, no es raro que dichos métodos no acaben de convencer. Pero no son limitaciones de estos métodos en cuanto tales, sino de las circunstancias en las que son aplicados, es decir, que se los conoce mal.] Pasaré ahora a las dos primera cuestiones, que me parecen más interesantes, aunque no más importantes.
Con respecto a la primer cuestión, puede parecer que en los métodos cualitativos el influjo de lo subjetivo es imposible de eliminar, y a algunos esto les parece una objeción de fondo. Sin embargo, basta echar un vistazo a la historia de la ciencia para notar que este influjo de lo subjetivo, en el peor sentido posible, se ha presentado varias veces, y con enorme fuerza, en la historia de las ciencias naturales. Por ejemplo, en la física con la confrontación entre los modelos geocéntrico y heliocéntrico del sistema solar, entre la física newtoniana y la relativista, y la cuestión de la relación onda / corpúsculo a nivel microfísico, y en la biología con la concepción de la evolución de las especies contrapuesta a la visión aristotélico-linneana de la perennidad y fijeza de las especies. Estos ejemplos muestran que las repercusiones y distorsiones en ambos sentidos entre las concepciones científicas y las concepciones éticas, religiosas y filosófico-antropológicas se pueden dar incluso cuando el objeto de esas concepciones científicas no es la realidad social y humana. En este sentido, pensar que a los científicos naturales la objetividad les resulta más fácil porque su objeto no es la realidad humana es no saber de lo que se está hablando.
Por otra parte, la idea de que la investigación social debe, por tanto, para escapar del influjo de lo subjetivo, fijarse solo en los rasgos objetivos de la realidad social, ignora que esos rasgos son objetivos porque el sentido común general los identifica como tales y no le parecen problemáticos. Sin embargo, en cuanto rasgos sociales son realidades significativas y, por tanto, sujetas a interpretación. El hecho de que existan interpretaciones socialmente cosificadas, es decir, institucionalizadas, no significa que esas realidades sean eso en sí mismas, sin mediación de la subjetividad viva y corporalizada de los seres humanos. No se trata, pues, de eliminar la subjetividad sino de hacerla intervenir de una manera controlada y consciente. Pero es un error pensar que es más fácil lograr ese tipo de intervención al aplicar métodos cuantitativos de investigación social que en los cualitativos; es más, la cuestión es que para lograrlo hay que enfrentar dificultades diferentes, pero en ambos casos grandes. El rigor intelectual y metodológico es en ambos casos necesario y hay que trabajar arduamente para alcanzarlo.
En cuanto a la matematización la cuestión es muy clara. La formalización, generalización y transformación de las relaciones entre las variables de los objetos de estudio son sumamente ventajosas, pues permiten elaborar modelos complejos de interrelación entre los fenómenos, objetos y procesos que estudiamos. La matemática proporciona conceptos y sistemas de calculo y transformación sumamente potentes para ello. Pero poner la matematización como un requisito esencial que se debe cumplir en una investigación es generalizar indebidamente una característica que históricamente ha acompañado el desarrollo de algunas disciplinas.
¿De dónde surge la idea de la necesidad de matematizar el conocimiento? ¿Cómo surge y en qué se basa este prejuicio? Históricamente, de una búsqueda de la certeza. Es el caso paradigmático de Descartes, padre de la conciencia filosófica y científica moderna. Después de cuestionar la lógica silogística y el pensamiento escolástico, no le quedó duda de que la forma de razonamiento más clara era la matemática, y la tomó como modelo. Siglo y medio después Hume, un filósofo cuya fama se debe sobre todo a su enorme capacidad para poner en cuestión la mayor parte de las ideas del pasado, incluidas las de Descartes, avala plenamente la superioridad del razonamiento matemático.
Pero junto al aspecto epistemológico, hay otro, no menos importante. La base de esta concepción es una idea determinada del mundo, es decir, una concepción ontológica, una idea definida de lo que es la realidad. Se pensó el mundo como un sistema determinista que funcionaba con arreglo a un conjunto de leyes fijas, leyes que establecían las relaciones entre las diversas variables de los fenómenos de una manera cuantitativamente definida. La idea del universo-máquina madura con Newton y halla su expresión filosófica con Immanuel Kant, el filósofo más importante de la época moderna. Esta idea –la del mundo como objeto de medición y de cálculo- va a ser la base de la concepción científica del mundo, y aún hoy es la concepción de mundo dominante en el ámbito cultural propio de los estratos sociales de las sociedades desarrolladas o en vías de desarrollo que han tenido niveles relativamente elevados de escolaridad y de secularización cultural, es decir, de gente como nosotros. Sin embargo, y quisiera decir esto de la forma más dura, todo esto no es hoy sino un prejuicio, propiciado por nuestra inmadurez, por no decir lisa y llanamente que por nuestra ignorancia científica y filosófica. He de decir que me estoy refiriendo exclusivamente a nosotros, los académicos.
Antes de finalizar con esta cuestión, quisiera mencionar una idea que me parece un gran problema y un gran obstáculo para entender correctamente algunas cuestiones de las que he hablado. Lo expondré de la siguiente manera. Las opiniones filosóficas no son exclusivas de los filósofos. Todas las personas que no son filósofas tienen ideas filosóficas en su cabeza. La diferencia entre las que no son filósofas y las que sí lo son, es que la primeras –las no filósofas- creen que esas ideas son naturalmente verdaderas, mientras que las segundas se han dado cuenta de que nunca es así y se toman el trabajo de cuestionarse sobre las razones que hay para creerlas. Hay una idea filosófica que sostienen muchas personas no preparadas filosóficamente. Es la idea de que la verdad es una representación o reflejo de la realidad. Piensan que para averiguar si esa representación o reflejo es verdadero lo que hay que hacer es compararlo con la realidad. Cuando entendemos así las cosas la forma de evaluar diferentes concepciones o teorías sobre una misma realidad es, por tanto, compararlas con ellas. Dado que esa realidad es una, no es posible que concepciones diferentes puedan ser verdaderas. Por tanto, sobre cada realidad solo habrá una verdad, consistente en el reflejo o representación correctos. Todo lo demás será mentira o error.
Señoras y señores, en disciplinas como la sociología si sostenemos esta concepción estamos perdidos. Porque la diversidad u oposición entre diversas concepciones sociales es tal que sostener esa idea nos lleva a considerar que la mayoría de esas concepciones son falsas, existiendo sólo una verdadera, lo que nos lleva al dogmatismo, que es lo más opuesto a la sana reflexión inteligente, o nos lleva a desesperar de la sociología, interpretándola como una sarta de opiniones que no constituyen ningún conocimiento serio y de fiar. Esa idea filosófica no nos permite, en consecuencia, saber cómo examinar y valorar esas concepciones. La verdad es que para averiguar si una concepción o teoría es verdadera o no, no la confrontamos con la realidad, sino con otras teorías y pensamientos, y tratamos de establecer cuáles tienen mejores razones para sostener lo que sostienen en oposición a las otras. Porque el conocimiento no es representarnos o reflejar la realidad, sino construir en el discurso modelos que nos permitan dar cuenta y sentido a lo que se nos da en nuestra experiencia para comprender aspectos del mundo.
Para finalizar este punto, quiero hacerles notar que para quienes conciben el mundo de acuerdo con el esquema científico-cultural predominante, es decir, un sistema de objetos regidos por leyes no mediadas por el concepto y la conciencia humana, y que conciben el conocimiento como una representación o reflejo de la realidad, no puede haber más método científico válido que el cuantitativo. Con esto espero haberles mostrado que la postura de que los métodos cuantitativos son epistemológicamente superiores se basa en varios mitos. [OMITIR: A mÍ me da igual si los académicos que sostienen esas posturas lo hacen inconscientemente o no, y si les desagrada o no lo que digo.] Si lo digo esto es porque creo que la función de la reflexión filosófica en el seno de las disciplinas científicas particulares, así como dentro de la cultura, es la de atacar y exponer esos mitos intelectuales que obstruyen nuestra comprensión del mundo y de la vida.
Para rematar esta intervención, quisiera finalizar con una cita. Al final de ¿Podremos vivir juntos?, dice Alain Touraine: “El pensamiento sociológico, tras un eclipse, comienza a renacer, transformado. Dejó de ser el estudio de los sistemas sociales para concentrarse en la acción. Analizaba las condiciones de existencia y transformación del orden; hoy procura comprender cómo se forman los actores, cómo crean hombres y mujeres una nueva sociedad, cómo se mezclan vida privada y vida pública, cómo puede ser representativa la democracia, cómo se combina la unidad social con la diversidad cultural. Lo que da una nueva vida a una sociología cultural y política a la vez, que había sido tenida al margen por una sociología de la modernización encerrada en su creencia en el progreso”.
[1] Esto significa que se puede estudiar científicamente un tema u objeto sin que exista una disciplina particular en la que ese estudio se inscriba. Esto es importante, porque a veces ocurre que los científicos de disciplinas ya consagradas pretenden que solo dentro del conjunto de disciplinas establecidas es posible hacer ciencia. Esta es una conspiración que tiene que ser denunciada, pues puede implicar la desvalorización de importantes esfuerzos intelectuales para comprender realidades llevados a cabo por personas que sin ser científicos disciplinares son personas inteligentes interesadas en esclarecer aspectos de nuestro mundo.