martes, 18 de septiembre de 2007

La lectura, los medios y la mente

Adquirir conocimientos relativos a lugares del mundo, cosas, personas e ideas, disfrutar el manejo del lenguaje de diferentes autores, sentirme emocional e intelectualmente involucrado en situaciones e historias reales y ficticias a través de la lectura requieren más tiempo y esfuerzo mental que a través de los programas televisivos y radiofónicos. Estos son mucho más fáciles, pero, también, mucho más pobres en contenido, y van, inevitablemente, acompañados de un montón de mensajes irrelevantes e irritantes (publicidad), excepto en algunos pocos canales de la televisión de paga, por los que hay que pagar, francamente, demasiado. Definitivamente, en términos de significados, leer es más enriquecedor, pero cuesta más trabajo realizar buenas lecturas. En oposición al significado de la letras, la imagen es estimulante, pero no porque sea estimulante por sí sola; en la televisión y el cine se elabora la imagen de modo que resulte estimulante (estética, emocional o sexualmente), pero el nivel de significado es, la mayor parte de las veces, estereotipado y superficial. Incluso los canales de divulgación científica (Discovery, History Channel, National Geographic) acaban adoptando un formato que acentúa aspectos como el sexo y la violencia y una línea narrativa dramática similar a la de programas de romances, detectives y aventuras. En nuestra mente, como en el caso de las computadoras, si entra basura, sale basura.

Pero nuestra mente es más importante que la computadora porque las computadoras son una creación de la mente y ésta es capaz de hacer cosas que jamás hará una computadora por el simple hecho de que una computadora funciona (cuando la prendes), no vive, es decir, no tiene necesidades ni emociones ni es capaz de captar el sentido, es decir, no tiene que habérselas con el mundo en torno para existir, ni le importa. Las historias en las que las computadoras sí son capaces de esto las antropomorfizan imaginariamente para involucrarnos en la narración de forma similar a como lo hacen los fantasmas, los mutantes o los extraterrestres, como representaciones de una realidad subjetiva (es decir, capaz de intención, afecto y sentido) no humana y cuya relación con nosotros es siempre potencialmente ambigua, pues nunca se puede asegurar definitivamente qué es lo que pretende con respecto a nosotros (es amistosa u hostil, nos quiere, caso de los extraterrestres, como nuevos amigos y colaboradores o como un deliciosos alimento).

Ideas variadas

Vivir al margen de los medios, de la información deformante, de la estulticia. Vivir dedicado a una obra, a un proyecto.

La gente del espectáculo: tienen que soportar la miseria de una vida vivida hacia fuera.

¿Por qué mucha gente dedica tanto tiempo a los medios? En parte por la soledad, por la ilusión de estar acompañado.

Un factor que en la actualidad influye profundamente en la vida de muchos hombres es la hipersexualización de las mercancías culturales: revistas, películas, publicidad, programas televisivos, videos y, ahora, Internet, que proporciona toneladas de pornografía gratuita.

No es lo mismo escribir en un documento que va a quedar almacenado en la computadora que escribir para un blog. Me siento más libre al escribir sólo para mí. Es natural. Tiendo a dudar del valor de lo que escribo para los demás. Lo que no significa que dude de que lo que escribo tenga valor. Simplemente, hay cosas que no pueden tener interés para otros pues no pueden tener significado, el que las lea no sabe a qué vienen y eso es importante. Después se puede hacer una selección y reelaboración de algunos textos. Por lo tanto, es mejor no escribir directamente en el blog, sino escribir libremente en un documento, seleccionar y elaborar algunos textos y subirlos.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

El f i n de la h i s t o r i a según Fukuyama

Se oye con cierta frecuencia a conductores de noticieros y reporteros afirmar que tal o cual hecho constituye un hecho histórico, o que representa un parteaguas de la historia. En muchos casos esto no es sino retórica: un modo de destacar una noticia que quieren vender. Sin embargo, no a todo suceso se le cuelga este adjetivo, lo que muestra cierta selección y, por tanto, una idea a partir de la cual se distingue lo histórico de lo no histórico. Puede ser irritante la facilidad con que lo usan, podemos discrepar de que lo apliquen acertadamente en casos particulares, podemos considerar que sus criterios son pedestres, pero no podemos negar que revelan y difunden una conciencia de la historia que está incorporado como un elemento central de la cultura de la época.

En alguna parte afirma Goethe que con la leva popular practicada en la Revolución francesa el pueblo se convierte por primera vez en sujeto de la historia universal, y tiene razón. Porque antes la historia cuyo sujeto era el pueblo era historia muda y la historia contada era historia palaciega o relato de las gestas militares. La conciencia de que todos estamos en la historia, de que somos históricos y de que entre todos hacemos la historia, es una conciencia que de aquel ayer hasta este momento ha conocido flujos y reflujos pero no ha dejado de estar presente. Y su relato va de la confianza ilustrada en el progreso y la razón hasta el cuestionamiento posmoderno del progreso y la razón porque entretanto “todo progresa, menos el todo mismo”, como dijo Theodor Adorno hace casi medio siglo. La conciencia histórica de la modernidad ha sido desde su inicio conciencia reflexiva, y los reveses que ha experimentado le han servido para remontar su anterior ingenuidad, sin que ello signifique que pueda llegar a un nivel que garantice su lucidez. Porque lo que importa, como decía André Gide, no es la sinceridad sino la lucidez.

La posmodernidad, en sus aspectos más sanos y rescatables, es, no el advenimiento de una nueva forma de vida social o de una nueva cultura, sino visión y reflexión crítica de la modernidad. Y ésta se alimenta, entre otros motivos, del derrumbe de la Unión Soviética y sus satélites. Este es, ciertamente, un hecho histórico. Pero no por aceptar esto quedan claros su significado y su valor. Y esto ha dado qué pensar. Sobre esto pensó Fukuyama. Para el filósofo no es la cuestión la de interrogar sobre la verdad de sus afirmaciones fácticas, cuestiones éstas para el sociólogo y el historiador, sino sobre su lucidez, es decir, sobre el sentido de su problema y de su tesis y la pertinencia tanto de lo que toma en cuenta como de lo que omite para plantear y responder a ese problema.

En el capítulo inicial de su libro Confianza, posterior a los textos sobre el fin de la historia que le hicieron famoso. Fukuyama afirma que “hoy en día, casi todos los países desarrollados han adoptado, o están tratando de adoptar, formas institucionales de tipo democrático-liberal. Muchos de estos países se han ido desplazando, en forma simultánea, hacia una economía de mercado y una integración a la división del trabajo capitalista y global... este movimiento constituye el “fin de la historia””[1]. Afirma que usa esta expresión en sentido hegeliano-marxista. Es correcto hacer consistir ésta en una concepción evolutiva de la trayectoria de las sociedades humanas, y de que este trayecto apunta a un objetivo final. Pero hay otro punto de esta visión, no menos relevante: que lo histórico reside en el cambio de formas estructurales de la vida social a través del tiempo, que también se halla presente en Fukuyama.

El sentido del fin de la historia sería el siguiente: Los seres humanos crean formas organizativas, instituciones, para resolver sus problemas, de las que las más importantes son las que tienen que ver con la producción de bienes para satisfacer las necesidades humanas y la coordinación de los esfuerzos sociales para alcanzar fines comunes, en resumidas cuentas, la economía y la política. Se han ideado y puesto en practica diversas formulas a lo largo de la historia y durante el siglo que acaba de concluir, algunas de las cuales han obtenido magros beneficios y otras han reportado funestos resultados. Y de entre todas, las que han salido vencedoras como las más aptas para, por una parte, producir bienes de buena calidad y en cantidad suficiente y precio adecuado para satisfacer las necesidades de la población y, por otra parte, para coordinar los esfuerzos sociales con el menor grado de desacuerdo y fricción entre las partes, son el capitalismo, con la economía de mercado y la libre competencia como sus corolarios, y la democracia liberal. En este sentido, no hay posibilidad de inventar y poner en practica formas institucionales mejores que éstas para resolver los problemas económicos y los problemas políticos de las sociedades.

La tesis de Fukuyama es que, debido a esto, “se ha ido produciendo a nivel mundial, una notable convergencia de instituciones políticas y sociales”[2]. Parece que da por sentado que los países desarrollados son la pauta para los países en desarrollo y que lo que es bueno para los primeros será bueno para los segundos. En este sentido, la tendencia a esa convergencia es universal. Para que ésta sea una tesis histórico-filosófica la cuestión no es que sea una tesis cierta de hecho, sino que sea una tesis cierta de derecho. Aclarando, no se trata de que la cosa sea así, sino de que tenga que ser así. Porque si fuera así en un momento dado pero pudiera cambiar, es decir, si el predominio de esa tendencia fuera circunstancial, no podría justificarse la idea de que la historia habría terminado.

Esta condición se cumple en el caso del pensar de Hegel y de Marx sobre la historia. Para Hegel el espíritu es libre esencialmente porque no está determinado por nada externo. Por eso en la esfera del espíritu objetivo, la esfera en la que el espíritu se concretiza como mundo social, la historia va del estadio en que sólo uno es libre hasta el estadio en que todos son libres, pues éste es el grado de mayor realización del espíritu en esta esfera. Al alcanzarse este estadio se cierra la historia. Esta es la idea expuesta en la parte final de la Filosofía del derecho y de la sección dedicada al espíritu objetivo de la Enciclopedia de las ciencias filosóficas.

La Fenomenología del espíritu ofrece otro argumento. También según éste la historia tendría una estructura tripartita. Los seres humanos se habrían conducido primeramente por el deseo de satisfacer sus necesidades como seres vivos. Otro momento llega cuando se entabla la lucha por el reconocimiento, en la cual unos seres humanos combaten entre sí para imponerle al otro el reconocimiento de sus propias necesidades. De esta forma, la prioridad de la satisfacción inmediata del deseo se supera. Ya no se trata de mantener la vida a toda costa, sino que por el afán de reconocimiento se la arriesga. La unidad inmediata del animal con su vida inmediata, que le caracteriza, se supera. Surge así la condición humana propiamente y, al mismo tiempo, la historia y la dominación. Los vencedores adquieren la preeminencia social, se conciben como humanamente superiores. Los sojuzgados aprenden a producir y a utilizar la naturaleza. A la larga, el alejamiento de la esfera del trabajo vuelve a los dominadores ineptos para subsistir en el mundo. Cuando los grupos dominados y explotados se percatan del poder que el trabajo que llevan a cabo les reporta, no tardan en descubrir la superfluidad de la existencia social de los dominadores y se presenta así la posibilidad de la tercera fase, en la que estos desaparecen de la historia. El reconocimiento se vuelve general y con él la libertad.

Por su parte, la filosofía de la historia de Marx es deudora de la de Hegel en sus puntos esenciales, pero con la salvedad de que no interpreta el proceso histórico como una manifestación de un proceso de autodesarrollo y autoconocimiento de un megasujeto. La historia es para Marx producto de las necesidades y las expectativas humanas y de las complejas interacciones entre los seres humanas y la problemática que la acompaña. Los seres humanos tratan de satisfacer sus necesidades, se relacionan entre sí colaborando y luchando, y como producto de ello sus relaciones se reconfiguran y ellos mismos cambian de acuerdo con dichas configuraciones. Para Marx el ser humano, según la definición que construye de él en los Manuscritos económico-filosóficos y en La ideología alemana es un ser que satisface sus necesidades produciendo herramientas que utilizan para producir sus medios de vida, y es también un ser a la vez social y libre. Por ello las sociedades en las que las fuerzas productivas son utilizadas en el marco de unas relaciones sociales en las que el trabajo de unos (la mayoría) está al servicio de la satisfacción de las necesidades de otros (la minoría), no se corresponden con la esencia de la condición humana, creándose una situación objetiva de alineación social y humana. Por eso la historia, como historia de la lucha de clases, termina con el comunismo, y significa el paso de la prehistoria a la historia humana en un sentido distinto, en el sentido del arribo a formas de vida social en lo que los seres humanos, como productores libres asociados, determinan en pie de igualdad su destino social y humano.

Antes de pasar a examinar si esa misma condición se cumple en el caso de Fukuyama, quisiera remitirme al trabajo de Perry Anderson, debido a que no he podido leer las fuentes directas, para ampliar la visión de las cuestiones planteadas por Fukuyama.

Pese al revuelo que causaron las ideas de Fukuyama y al gran rechazo hacia éstas, no hubo muchos análisis o refutaciones detalladas. No sería de extrañar que el prejuicio haya llevado a suponer a algunos de sus críticos que ya sabían lo que Fukuyama decía o qué sentido tenía su tesis, por lo que no se tomaron de leerle y analizarle a fondo y se contentaron con algunas críticas a aspectos secundarios y más bien empíricos de su trabajo.

Uno de los pocos análisis detenidos es el de Perry Anderson, contenido en Los fines de la historia[3], publicado en inglés en 1992, en el que rastrea y analiza las concepciones del fin de la historia del siglo XIX y XX, comenzando por Hegel, para encuadrar su análisis de la concepción de Fukuyama. Ésta consiste en que “después de los enormes conflictos del siglo XX, la victoria absoluta del liberalismo económico y político” por encima de todos sus competidores significaba “no sólo el fin de la Guerra Fría, o la conclusión de un período particular de la historia, sino el fin de la historia como tal: es decir, el punto final de la evolución ideológica de la humanidad y la universalización de la democracia liberal occidental como forma final del gobierno humano””[4].

El trabajo analítico y crítico de Anderson se despliega en tres fases. Primero, muestra que la tesis de Fukuyama expuesta en su ensayo inicial, titulado “The End of History?” y publicado en 1989 en la revista The National Interest, resiste un buen número de la críticas que se le lanzaron. Luego expone al andamiaje teórico conceptual a partir de la cual Fukuyama intentaría justificar la adecuación del capitalismo y la democracia liberal a las necesidades humanas, por lo cual estas serían insuperables, andamiaje que a juicio de Anderson resulta muy endeble. Por último, Anderson muestra que en el contexto social mundial las consecuencias del capitalismo impiden que éste sea generalizable y el funcionamiento de la democracia liberal resulta muy insatisfactorio, y que su análisis descuida algunos fenómenos sociales cuyo efecto sobre las formas institucionales económicas y políticas actuales de los países desarrollados es impredecible, por lo que augurar su perennidad es cosa muy problemática. Haré a continuación un recuento sucinto de su análisis.

Con respecto a la primera fase, Anderson que observa que una de las críticas iniciales es la de negar la idea de una conclusión histórica, pues ¿cómo es posible sostener que ya no va a suceder nada? Anderson apunta que el argumento de Fukuyama no niega la posibilidad de la ocurrencia de sucesos nuevos e inesperados, pero habría “un conjunto de límites estructurales dentro de los cuales éstos se desenvuelven hoy en día”[5]. Además, esto no significa que no podría haber cambios institucionales, pero las instituciones económicas y políticas que sustituyeran a la democracia liberal y el capitalismo no serían una superación de éstas, y sí muy probablemente una regresión; la historia no continuaría, sino que habría una regresión.

El nacionalismo y el fundamentalismo, por otra parte, parecen principios de organización política y social que son sumamente reacios a entrar en el molde del capitalismo liberal. Tanto Fukuyama con Anderson consideran que esta objeción es de poco peso, pues ambas son posiciones defensivas que difícilmente se pueden generalizar: en cuanto las expectativas de un mejor nivel de vida y de una privatización de la vida basada en el consumo están a la vista, la gente tiende a olvidar el nacionalismo y el fanatismo religioso mengua enormemente.

Otra objeción es que los seres humanos, sujetos a “eternas pasiones e insensateces”, difícilmente aseguran la estabilidad de un régimen económico y político, por muy idóneo que estos fuesen. Pero, respondería Fukuyama, la naturaleza human también cambia, y eso significa que los seres humanos actuales han desarrollado las necesidades de participar en los asuntos sociales y de ser reconocidos en sus opiniones e intereses, por lo que la democracia sería irremplazable.

Objeción de mayor peso es que el capitalismo no ha disminuido la desigualdad social. A esto Fukuyama responde que esto no es un producto necesario de la economía de mercado, sino un efecto de desventajas culturales; en la medida en que los miembros de una sociedad desarrollen los valores y actitudes adecuadas comprenderían, se ajustarían y valorarían el capitalismo y la libre competencia del capital y la fuerza de trabajo como las mejores formas de producir para resolver las necesidades de toda la población. Estos valores son los de la iniciativa, la competitividad y el consumo. Esto significaría, según otra crítica, que se perderían los valores idiosincrásicos que distinguen a las culturas anteriores, en las que los grupos religiosos y militares difundían valores espirituales, comunales y agonales. Fukuyama acepta esto, para él los tiempos heroicos y espiritualistas habrían pasado.

La referencia al último hombre que se agrega en el título de libro hace referencia precisamente a una expresión de Nietzsche utilizada en el Así habló Zaratustra, según la cual el último hombre prefería ante todo la seguridad y se ocuparía de sus pequeñas satisfacciones en lugar de cuestiones más trascendentes. Dice en su ensayo Fukuyama que “el fin de la historia será una época muy triste. La lucha por el reconocimiento, la disposición a arriesgar la propia vida por una meta puramente abstracta, la pugna ideológica mundial que exigía audacia, imaginación e idealismo será reemplazada por el cálculo económico, la solución interminable de problemas técnicos, preocupaciones ambientales y la satisfacción de las complicadas demandas del consumidor.”[6] Anderson comenta a propósito de esto que “el fin de la historia no equivale a haber alcanzado un sistema perfecto, sino a la eliminación de alternativas mejores”.[7] Krishan Kumar comenta lacónicamente que “la respuesta de Fukuyama es sobria hasta caer en la depresión.”[8] El juicio final de Anderson sobre el ensayo es que es bastante sólido en su argumentación, al menos en cuanto los datos históricos y sociológicos permiten ver.

Sin embargo, el asunto cambia con el libro. Éste se ocupa de demostrar, en su segunda parte, por qué el capitalismo liberal responde a las necesidades humanas de un modo óptimo, pese a las limitaciones mencionadas anteriormente. Esta es la tarea que le da a su reflexión un carácter filosófico, más allá de un diagnóstico sociológico epocal. Anderson queda mucho menos convencido en este punto. El centro de su crítica es que Fukuyama plantea como factores rectores de la conducta humana el deseo, el thymos y la razón, siguiendo en este aspecto a Hegel, aunque interpretando al thymos en un sentido platónico. Pero esto no logra sustentar la idea de una estructura histórica necesaria, como es el caso de Hegel, pues éste expone la carácter de superación dialéctica que existe entre estos tres factores, es decir, cada uno de ellos se basa en e integra al anterior, en una concepción de la naturaleza humana como algo que se autocrea históricamente, mientras que Fukuyama las considera como facultades independientes y siempre presentes en la psique humana. Esto debilita la explicación de Fukuyama pues aduce uno u otro de ellos para explicar ciertos cambios arbitrariamente, sin nada que justifique la idea de que el predominio de uno de ellos sea la base que sustente la realidad social de ciertas instituciones.

Anderson afirma que “la división ontológica del alma no genera una secuencia coherente de la historia... la orientación de la técnica, por un lado, y el afán de alcanzar el honor, por el otro, siguen compitiendo como principios explicativos y no es posible reconciliar el derecho que cada cual reclama de ser el principio fundamental. No existe una verdadera concatenación en la argumentación de Fukuyama... la razón desempeña un papel secundario en su concepción. Se le entiende aquí como poco más que en la instancia que hace posible el deseo, en contraste con una ambición que se encuentra más allá de la razón... En consecuencia, las reflexiones con las que concluye Fukuyama hacen que se incline el resultado de la investigación hacia una rígida dicotomía: entre un hedonismo racional y un agonismo elemental.”[9]

Por último, en la tercera fase de su examen, Anderson discute la generabilidad del capitalismo y la democracia liberal como forma final de resolver los problemas humanos relativos a la producción y distribución de bienes y a la participación en la toma de decisiones que afectan a las sociedades y la coordinación de las fuerzas sociales necesarias para llevarlas a cabo con el mínimo de conflictos. Las críticas de Anderson son varias.

Una es que la convergencia de capitalismo y democracia es mucho menos uniforme de lo que se podría creer. Dice: “En el mundo real hay un contraste notorio entre el alcance intercontinental de la expansión de la democracia y la base regional de la riqueza capitalista. Las elecciones libres se extendieron a lo ancho de una zona que comprende unos 850 millones de personas, en las últimas dos décadas; el ingreso a la zona del capitalismo avanzado se redujo a menos de 70 millones”.[10] A partir de esta objeción, Anderson expone otras críticas.

La principal es que Fukuyama comete una falacia, que Anderson expone así: “El hecho de que uno o dos agentes alcancen una meta no quiere decir que todos puedan hacerlo: la tendencia a generalizar un cometido puede conducir a que nadie lo logre.”[11] La idea de que la adopción y el desarrollo del capitalismo en cada país como forma de resolver sus problemas económicos y de proporcionar a sus habitantes bienes de consumo en una cantidad similar a la promedio de los países capitalistas, no toma en cuenta que la producción de bienes para toda la población mundial a ese nivel tendría como resultado que “el planeta resultaría inhabitable.”[12] Por otra parte, la desigualdad en los niveles de vida entre países desarrollados y subdesarrollados se ha incrementado brutalmente. Esto ha ocasionado un flujo migratorio de los segundos a los primeros que aumenta las tensiones y conflictos entre unos, creando una mezcla inestable.

Por otra parte, que los Estados en desventaja se conformen con una situación de subordinación en el sistema internacional es algo que no puede esperar Fukuyama si es consecuente con sus propias premisas, según las cuales la necesidad de reconocimiento, es decir, de ser considerado un igual, es una necesidad humana básica. Esta situación lleva a Fukuyama a establecer que habría una división entre el mundo social más allá de la historia y otro todavía sumergido en la historia en la que el segundo tendría que establecer barreras que impidan ser afectados por los conflictos del segundo. Pero todo esto significa que la celebrada convergencia de capitalismo y democracia no es la solución final a los problemas humanos.

A juicio de Anderson, fue Auguste Cournot más que Fukuyama que vio lúcidamente “lo que el mercado mundial traería consigo y quien criticó el “optimismo económico” de su época a causa de los recursos finitos que amenazaba con saquear, la condena de los menos privilegiados que suponía, el despojo inevitable de los bienes para las futuras generaciones que implicaba.”[13]

Anderson termina sus consideraciones afirmando que Fukuyama no parece querer tomar en cuenta la debilidad de la democracia moderna, por mucho que su radio de acción se haya extendido. Por otra parte, no tiene la menor duda de que el capitalismo tiende a generar y a polarizar la desigualdad social y que no requiere de la democracia para su funcionamiento y expansión, por lo que la convergencia que se observa en las últimas décadas, pese al desequilibrio entre ambas, que es la base de la concepción histórica de Fukuyama puede ser fácilmente revertida. Además, la idea de que el capitalismo se puede generalizar y llegar a los niveles de producción de riqueza en todos los países del mundo es una ilusión. Con respecto a las instituciones políticas, lo que hay que hacer es considerar la posibilidad de que el Estado se convierta en “una estructura de la autoexpresión colectiva que no se agote en los sistemas electorales del presente.”[14]

Al concluir, Anderson introduce una nota inesperada para muchos por el peso que le concede. Dice que Hegel había considerado las tensiones en el estado y la sociedad civil, pero que consideraba que la familia permanecía intacta e inestable. Esto ya no es así. Fukuyama no desconoce esto, pero no le da mucha importancia. En cambio, para Anderson la emergencia de las mujeres más allá de los roles tradicionales trastoca muchos esquemas sociales en una medida inimaginable y los efectos sobre las actuales formas políticas y económicas es difícilmente previsible y abre un vasto campo de creación histórica. Y esto es así porque aunque “no hay ninguna forma oficial respetable que permita rechazar la igualdad entre los sexos, sólo recursos prácticos para evadirla, éstos, sin embargo, tienen toda la fuerza inerte de tiempos inmemoriales, es una historia más larga que la de las divisiones de clase.”[15]

En general, me parecen acertadas las apreciaciones de Anderson. Quisiera agregar y comentar algunos puntos. En Confianza, Fukuyama afirma, como justificación de la insuperabilidad del capitalismo liberal que “la creciente complejidad de la vida actual y la intensidad de información que la caracteriza hacen que una planificación centralizada de la economía resulte extremadamente difícil.”[16] Esta tesis va dirigida, obviamente, contra las sociedades socialistas. Que la planificación y conducción total de la economía como una forma de hacer que todos participen parejamente en el trabajo y la riqueza sociales conducen al totalitarismo estatal es una objeción que ya habían hecho Bakunin y Kropotkin. Los riesgos de que suceda esto, por supuesto, son enormes. Y es un problema que hay que tener siempre presente.

Pero que la producción de los bienes necesarios para resolver las necesidades humanas se desenvuelva exclusivamente en términos de empresas capitalistas y de libre mercado es también una perspectiva ominosa, tanto por las inevitables tendencias al monopolio como por el hecho de que los recursos y oportunidades tienden a arremolinarse en torno a los que más tienen, en detrimento de los demás, lo que significa el incremento de la desigualdad social y la polarización de las diferencias sociales. Y esto tanto a nivel nacional e internacional, independientemente de cuál sea la sociedad de la que se está hablando. El alto nivel de vida de que en los países capitalistas, y en alguno países en vías de desarrollo, se ha podido proporcionar a las clases medias y obreras ha sido proporcionado a costa del bienestar de sus propias minorías y de la sobreexplotación del trabajo en los países subdesarrollados y del saqueo de sus recursos naturales.

En este sentido, la caída de las sociedades socialistas no ha solucionado por sí sola el problema de la distribución justa de la riqueza, éste continua siendo uno de nuestros problemas más acuciantes. Y me parece correcta la apreciación de que no son deseables ni economía totalmente dirigida por la burocracia estatal, ni capitalismo salvaje. El punto crucial es la emergencia de una ciudadanía activa y de la creación y defensa de instituciones justas en una experiencia de la democracia que va más allá de la democracia como procedimiento. El reconocimiento de las minorías sociales y étnicas y de las mujeres, y su plena participación con voz y voto en todos los espacios sociales y las instituciones políticas. Esto significa democratizar la democracia. La expresión es de Anthony Giddens, y expresa una necesidad real que no puede ser satisfecha en lo que hoy se suele entender y practicar como democracia.

Hay que agregar que algo no convenció a Fukuyama de su propio planteamiento, lo cual se muestra cuando dice en Confianza, escrito cuatro o cinco años después que los textos que causaron tanto revuelo, que “para que las instituciones de la democracia y del capitalismo funcionen en forma adecuada, deben coexistir con ciertos hábitos culturales premodernos que aseguren su debido funcionamiento. Las leyes, los contratos y la racionalidad económica brindan la base necesaria, pero no suficiente, para la prosperidad y la estabilidad de las sociedades postindustriales. Es necesario que éstas también estén imbuidas de reciprocidad, obligación, moral, deber hacia la comunidad y confianza, que se basa más en el hábito que en el cálculo racional.”[17] Aquí Fukuyama no renuncia a la idea del fin de la historia, pues queda claro que no se trata de ir más allá del capitalismo, la democracia representativa y el estado neoliberal tal como él las entiende, sino de rescatar ciertas valores “premodernos”.

La cuestión es si estos no tienden a ser inevitablemente erosionados en un entorno social en la que estas instituciones predominan. Que esto sucede lo han afirmado de distintas maneras todos los grandes sociólogos fundadores, como son Marx, Durkheim, Weber, Simmel e, incluso, Parsons. Por otra parte, no se trata de la conservación de ciertos hábitos, en oposición al cálculo racional, pues al final de cuentas el cálculo racional también puede ser un hábito. La cuestión es cuáles tienden a predominar y cuáles no y por qué. No se pueden desgajar determinados valores de sus contextos histórico-culturales originales y aplicarlo a voluntad a otros nuevos. Se los reinterpreta y refuncionaliza. Podría entenderse lo que dice Fukyama como que es necesaria una nueva cultura, independientemente de lo problemático que sea el cómo crearla. Pero es de pensar que esa nueva cultura requiera modificaciones de fondo en nuestras instituciones económicas y políticas. Sí es así, la historia no ha terminado, la lucha continua.

Filosóficamente, lo que está en juego en el fondo es la conciencia de aquello en que consiste nuestra historicidad. Aquí hay que enmarcar en problema. Por ello, para concluir, haré unas breves consideraciones al respecto.

En las sociedades tradicionales, se concebía en tiempo como cíclico, de acuerdo con la experiencia de seres humanos estrechamente relacionados con la naturaleza y que regían su vida por los cambios estacionales. Después, con la aparición de la agricultura, la urbanización, los registros escritos, la aparición de los primeros imperios, surgió en algunas partes la idea de un mundo temporalmente finito. La modernidad occidental significó el ascenso de un tiempo unilineal e infinito, probablemente bajo el impacto de la nueva astronomía que estableció que aunque la tierra girase alrededor del sol una vez por año, el universo tenía una historia mucho más larga, y también significó el ascenso de la idea de progreso basado en el conocimiento racional y la utilización de ese conocimiento para dominar los procesos naturales y abatir su resistencia o la amenaza que suponían para la vida del hombre, convirtiéndolo cada vez más en fuente de recursos para satisfacer las crecientes y nuevas necesidades humanas.

En el transcurso del siglo XX, la confianza en el progreso se perdió, pero la idea de que el tiempo es una línea sin fin permaneció. Con ello, la idea del fin de la historia ya no podía identificarse con la idea del fin del mundo, como significó en la concepción escatológica cristiana. Sin embargo, la idea de catástrofe, que proviene de la concepción cíclica mítica del tiempo, permaneció asociada a ella subterráneamente, perdiendo sin embargo, el rasgo de renovación terrenal por la influencia del cristianismo, y ha resucitado periódicamente. Por otra parte, los hechos del siglo han dado nuevos matices al asunto.

Así, el posmodernismo, en uno de sus aspectos más sanos intelectual y moralmente, afirma que la historia no tiene sentido, que no hay una línea de desarrollo o progreso que hayamos de seguir inexorablemente y que no, por tanto, punto final. Se oponen a esa idea porque llevó a algunos regímenes a justificar el sacrificio de vidas humanas en su presente por el beneficio que representaría para los que habrían de nacer. Se abriría así la era del desencanto. Lo que tiene de positivo este desencanto es que permitiría a los hombres verse entre sí, reconocer su mortalidad y sus sufrimientos y preguntarse cómo resolver sus problemas sin sacrificar a ninguno; es un desencanto merced al cual la responsabilidad por nuestros prójimos en el presente no puede ser anulada justificándose en que somos responsables por la creación de un mundo mejor que tendrá existencia en el futuro.

Para concluir, a la luz de todo lo anterior, advertiré que la idea de desencanto aparece también en Fukuyama, pero con otros matices. El mundo social del fin de la historia es, para él, el mejor de los mundos posibles simplemente porque le parece el mejor de los mundos concebibles que puede ser real. Y no importa que tan realista es el análisis que hace –que no lo es tanto Anderson lo muestra-, eso no significa que no pueda haber alternativas mejores.

A esto hay que oponerle la idea de que si la historia es creación, y creación es el advenimiento de lo nuevo, que en su carácter de nuevo es impredecible a partir de lo que hay, el futuro permanece abierto y misterioso, no importa lo que indiquen nuestros datos. Y esto es así porque los seres humanos, que somos los que hacemos nuestra historia a sabiendas o sin saberlo, a nuestro gusto o a nuestro disgusto, creamos con la imaginación. Por eso, contra el “realismo” de pensadores como Fukuyama –muy limitado por lo demás-, no podemos clausurar el horizonte utópico. La aventura continua. Repito, la historia no ha terminado, la lucha continua.



[1] Francis Fukuyama. Confianza. Atlántida, Madrid, 1996, p. 21.

[2] Francis Fukuyama. Ibid., p. 21.

[3] Perry Anderson. Los fines de la historia. Anagrama, Madrid, 1996.

[4] Ibid. p. 99.

[5] Ibid. p. 99.

[6] Citado en “El Apocalipsis, el milenio y la utopía en la actualidad” de Krishan Kumar.

[7] Anderson, op. cit. p. 104.

[8] Krishan Kumar. “El Apocalipsis, el milenio y la utopía en la actualidad” en Las teorías del Apocalipsis y los fines del mundo. FCE, México, 1998, p. 242.

[9] Anderson. Op. cit., pp. 127-128.

[10] Ibid. p. 129.

[11] Ibid. P. 132.

[12] Ibid. P. 133.

[13] Ibid. p. 134.

[14] Ibid. op. cit. p. 138.

[15] Ibid. p. 140.

[16] Fukuyama. op. cit., p. 22.

[17] Ibid. p. 30

domingo, 8 de julio de 2007

¿Cuál es el sentido de mi trabajo intelectual o, dicho de una forma menos pretenciosa, más ajustada a la realidad, pero aun así un tanto presuntuosa, de mis esfuerzos mentales? Cada día me esfuerzo mentalmente en torno a unos pocos objetos, a unas pocas cuestiones. No lo tengo que programar. Me ocurre. Son cosas que acuden a mi mente. Mi pensamiento está sustentado y es impulsado una sensación de desazón, de extrañamiento continuo ante muchas cosas de las que tengo noticia (que son siempre más que aquellas de las que tengo experiencia inmediata, como ocurre ahora a cualquiera).

Podría decir simplemente: es el estado del mundo lo que me inquieta constantemente, lo que me angustia a veces. Quisiera tener en mente un cuadro completo, exacto y con cierto detalle del mundo. Sin embargo, ¿qué valor puede tener habida cuenta de que muchas cosas cambian rápida e imprevisiblemente y de que una buena parte de lo que consideramos conocimiento probablemente es erróneo? Un mapa tiene valor en la medida en que te permite orientarte ¿adecuada?, ¿exitosamente? en su territorio. Además, el error está en suponer que dicho cuadro quedará inmovil, como si no se pudiera introducir modificaciones a través del tiempo. Se parte de un mapa básico y se lo completa, modifica, corrige, amplía, etc.

Esto me lleva a la siguiente cuestión: ¿cuál es la relación del pensamiento con el conocimiento? Es el pensamiento, no la mano, el que traza el mapa, el que compara con el territorio, el que modifica, introduce, elimina, detalla, operando sobre partes a veces grandes, a veces pequeñas, de su superficie. El territorio es el territorio. Es una tautología. Pero es todo lo que puede decirse sobre el territorio independientemente de lo que ya está consignado en el mapa. Excepto el asombro de advertir la discrepencia, la emersión de algo que en el mapa carece de correspondencia. A veces borrar algo del mapa es lo que posibilita dicha emersión.

Por otra parte, el conocimiento mismo es pensamiento. Como dice Adjukiewicz: pensamiento verdadero.

jueves, 21 de junio de 2007

¿Qué es una vida realizada? Una nueva reflexión sobre una vieja pregunta de Luc Ferry. Editorial Paídos, Barcelona, 2002.

"Durante siglos, y como mínimo desde el nacimiento de la filosofía en la Antigüedad, plantear la cuestión de la <> significaba, ante todo, iniciar la búsqueda de un principio trascendente, una entidad exterior y superior a la humanidad, que permitiera apreciar el valor de una existencia singular. Para evaluar la realización o fracaso de una vida humana, para saber si había valido l apena vivirla, si se <>, se requería un criterio suprahumano y una unida d emedida sublime en nombre de los cuales podía emitirse un juicio más o menos objetivo sobre este mundo inferior." p. 21

"... lo que mejor caracteriza a la época contemporánea, al menos en las democracias occidentales, es la convicción feliz o nostálica según los casos, de que la realización o el fracaso de una vida ya no se evalúa en términos de trascendencia (...) es precisamente en el interior de la vida concreta, sin salir de la esfera de la humanidad real y sin eludirla a través de un principio superior, donde decretamos una existencia más o menos <> y <>, más o menos rica e intensa, más o menos digna de ser vivida o, por el contrario, mediocre y empobrecida." pp. 22-23

"Para Platón o Aristóteles, pero también para los estoicos, era evidente que una vida realizada suponía extraer las consecuencas de la pertenencia a un orden de realidad exterior y superior a cada uno de nosotros. Los seres humanos no sólo no eran considerados como los autores y creadores de este cosmos, sino que compartían el sentimiento de constituir únicamente una ínfima parte de él, de pertenecer a una totalidad de la que no eran en absoluto <inventar el sentido de su vida en el seno del universo, sino, más modestamente, a descubrirlo." p. 49


domingo, 20 de mayo de 2007

Comentarios sobre la expresión “transformar el mundo”.

Cuando les escucho hay muchas cosas que quedan resonando en mi mente; quisiera decirles más cosas de las que digo, pero no hay tiempo ni creo tener especial derecho a que escuchen lo que pudiera decirles. Sin embargo, surgen en mi mente ciertas apreciaciones sobre algunas ideas expresadas por ustedes que quisiera transmitirles porque creo que pueden clarificar alguna cuestión de cierta importancia. Trato de ser una persona reflexiva, y creo que una persona reflexiva se pregunta por el significado de las cosas que se dicen o hacen en vez de darlo por supuesto para luego aceptarlo o rechazarlo. Actuar así requiere tomarse tiempo para sopesar las cosas. Mucha gente considera que gastar el tiempo así es desperdiciarlo. También al estudiar algo hay que actuar así. Creo que como no siempre estamos convencidos de que valga la pena estudiar así en vez de hacer otras cosas, a eso de debe que muchas veces nuestra forma de estudiar sea insuficiente. Pero las personas que se interesan por la vida humana y las cuestiones sociales deben de ser reflexivas en un grado mayor que las demás. Para lograr esto la comunicación y examen detallado de las ideas es necesario. Hay argumentos muy sólidos para sostener que la reflexividad sólo se puede aprender dialogando con los demás. Vygotsky, uno de los psicólogos más importantes del siglo, observó que los niños tienen que hablar solos antes de poder pensar sin hablar, y estudios neurolingüísticos recientes revelan que si se impide el habla subvocal mientras se lee la comprensión de lo leído disminuye.

Quisiera hacer algunas consideraciones sobre la expresión “transformar el mundo”. En la sesión del miércoles se abordó la cuestión de sí está al alcance de nuestras capacidades transformar el mundo. Escuché algunas cosas acertadas, pero no se cuestionó la expresión misma. Creo que debe ser cuestionada porque dicha expresión se ha convertido en un lugar común, controvertido ciertamente, pero que en cuanto lugar común al usarlo ya no se piensa lo que tal expresión significa con exactitud. Esto es lo que quisiera clarificar. Y quiero transmitirles estas reflexiones porque creo que tiene que ver con el sentido de estudiar las teorías sociales que son el objeto del curso que toman conmigo.

La expresión “transformar el mundo” tomó auge debido a que Marx planteó que la filosofía se había limitado a transformar el mundo, cuando de lo que se trata es de transformarlo. Esta tesis es la última de las Tesis sobre Feuerbach. En este escrito de página y media, Marx hacía un balance general sobre la forma de hacer filosofía antes de él y mostraba sus limitaciones. La filosofía anterior, sobre todo en la forma dominante en esa época, la de Hegel, era cosmovisiva, es decir, se concebía la filosofía como una weltanschauung, una cosmovisión o concepción del mundo que sintetizaba la suma de los conocimientos de las diversas disciplinas y lo exponía dentro de un esquema explicativo en el que cada aspecto del mundo hallaba su lugar. Esta forma de hacer filosofía era, para Marx, obsoleta. A esto se refiere Marx con la primera parte de la tesis. Sin embargo, la segunda parte es equívoca, porque la primera parte se refiere efectivamente al mundo en general, mientras que la segunda no.

La noción de mundo se refiere a varias cosas. Primeramente, a la naturaleza, tanto en un sentido planetario como cósmico. En segundo lugar, al mundo sociocultural y sus soportes materiales que hemos creado. Y por último, a las personas que habitamos en ambos. ¿Se refería Marx a todo esto? Repito, sí en la primer parte de la tesis, pero no en la segunda. En el contexto de las Tesis sobre Feuerbach la expresión “transformación del mundo” no se refería al mundo en general, como si se refería, en cambio, la expresión “interpretación del mundo”. Con “transformar el mundo” Marx se refiere al mundo social, no al mundo natural. Y el mundo social no en todos los aspectos, sino en el aspecto que él consideraba esencial para remediar los males que surgen de la desigualdad y de la pobreza: el sistema de las instituciones económicas y políticas del capitalismo. Si Marx no especificó más la expresión “mundo” fue por una sencilla razón retórica: porque de esa manera la contraposición entre interpretar y transformar adquiría más fuerza. Si hubiera especificada más la noción de mundo el aforismo hubiera adquirido un carácter más explicativo y hubiera perdido contundencia. Para captar esto claramente, hay que pensar que los textos no son expresiones neutras de ideas puras, sino formas de intervenir en la realidad humana desde ciertas posiciones y con ciertos objetivos, y que todo texto es escrito en función de un determinado tipo de lectores a los que el autor se dirige intencionalmente. Además, Marx era un gran estilista, y era capaz de escribir textos con una elevada calidad literaria porque Marx dominaba un arte que hoy no se valora mucho, la retórica, que no es el arte de embaucar a la gente, como se entiende ahora, sino el arte cuyo dominio permite expresarse con mayor fuerza y eficacia para convencer al lector o al oyente. Los textos de Marx, aunque rigurosos y exigentes intelectualmente, no son de estilo académico. Él decía de sí mismo que era un revolucionario en primer lugar y en segundo un hombre de ciencia.

Por otra parte, la tesis de Marx no se refería a cambiar las personas directamente porque él concebía las personas son producto del determinado conjunto de relaciones sociales en que participan y a cuya reproducción o transformación contribuyen; al cambiar esas relaciones, los seres humanos cambiarían. Esta relación no es unilateral. Marx también tenía claro que los seres humanos no son productos pasivos de las circunstancias sociales, sino seres activos que responden a ellas de diferentes maneras. También sabía que es necesario que un pequeño grupo de personas tome la iniciativa de inducir e introducir cambios en el orden de las ideas y de las prácticas para iniciar los procesos de cambio hacia algo mejor que imaginan y proyectan, pero que no pueden ser obra sólo de ese grupo sino una creación colectiva. Entender conjuntamente ambos aspectos y analizar los procesos sociales y humanos integrando ambas perspectivas es pensar dialécticamente, que es lo que Marx aprendió de Hegel. El marxismo vulgar, por el contrario, sostiene que esos cambios son un producto automático debido a ciertas leyes sociales objetivas, transindividuales, que se imponen en la evolución histórica. La identificación de Marx con este marxismo vulgar es lo que ocasionó el descrédito intelectual del marxismo, aunado a la identificación de Marx con el autoritarismo burocrático de los regímenes que se autodenominaban socialistas y que no tenían, ciertamente, ningún respeto por las personas.

Quisiera agregar que yo creo que no se puede uno proponer cambiar directamente a las personas en un sentido definido exclusivamente por nosotros, aunque estuviera justificado desear algo así. Actuar así se me hace aberrante, falto de respeto y puede llegar a ser autoritario. Lo que uno puede hacer es mostrarles opciones y luchar para crear y/o modificar las instituciones existentes de modo que se cambien las condiciones desfavorables por otras más favorables para que elijan mejores opciones según su criterio. A esto se refería Rosa Luxemburgo, la más grande revolucionaria que dio el marxismo, cuando dijo que las masas sabían lo que querían y que el partido debía seguir a las masas y no las masas al partido; estas son, a mi juicio, las premisas del socialismo democrático.

MEDITACIONES SOBRE LAS VIRTUDES

  • Se podría pensar que las virtudes sólo se aplican en los asuntos superlativamente importantes o en las grandes ocasiones; nada más falso. Las virtudes son o deberían ser pan de todos los días, pues cada día hay una gran cantidad de situaciones en las que nuestras acciones tienen un sentido ético y en las que nuestra acción es buena o mala éticamente hablando. En consecuencia, todos los días están en juego posibilidades de actuar virtuosa o viciosamente. Tanto la virtud como el vicio se construyen y refuerzan día a día según que actuemos a favor o en contra de lo que la noción de las diversas virtudes prescriben. También es cierto que cada día se nos presenta la opción de actuar en contra de nuestras tendencias habituales. Para el virtuoso cada día hay posibilidades de no actuar según el sentido de la virtud: cada día corre el riesgo de perder sus virtudes. Para el vicioso cada día hay posibilidades de actuar de acuerdo con lo que indica la virtud y, por tanto, de comenzar a construir sus virtudes. Al construir su virtud el virtuoso se edifica a sí mismo. Al seguir con sus vicios el vicioso se pierde a sí mismo cada día. La virtud es el camino ascendente. Por eso es difícil seguir tal camino: se gasta más energía a subir que al bajar. El vicio es el camino descendente. Por eso hay tan pocos virtuosos y por eso el mundo humano es tan mediocre. Si la buena vida humana es la que asciende y trasciende, entonces el camino de la buena vida es el camino de la virtud. Y éste es un camino que se puede transitar diariamente y que diariamente debe ser transitado si queremos ser virtuosos.
  • He aquí un ejemplo de cómo en las situaciones cotidianas está en juego la posibilidad de actuar virtuosamente. Como maestro quiero hacer un bien a mis alumnos: facilitar su aprendizaje, enseñarles a ser más reflexivos y a desarrollar su conciencia intelectual. Aquí está en juego la justicia. En su calidad de alumnos debo darles lo que les es debido. Si no lo hago así, soy injusto. Para darles lo que les corresponde, tengo que hacer el trabajo adecuado en una medida suficiente. Para lograr hacer este trabajo tengo que vencer la pereza y la distracción y no dejarme llevar por mis apetitos sexuales. Esto significa practicar la fortaleza y la temperancia como condición para lograr aquellos objetivos éticamente valiosos. Captar esta situación y resolver hacer lo que corresponde es cuestión de prudencia.
  • Ser virtuoso implica el desarrollo y ejercicio de varias virtudes al mismo tiempo, pues cada una de ellas requiere del apoyo de las otras. No se puede practicar una virtud aisladamente. El virtuoso tiene varias virtudes, no una sola.
  • El no darnos cuenta de que en muchas situaciones humanas existe la posibilidad y, en tanto queramos realizar el bien, la necesidad de actuar virtuosamente, es debido al hecho de que no nos percatamos del sentido ético de nuestra relación con los demás y con nosotros mismos que acompaña a esa situación. Esta inconsciencia hace que no nos preguntemos cómo debemos actuar en tal situación desde una perspectiva ética. El tender a hacer eso sistemáticamente significa actuar con prudencia. En este sentido ser imprudente significa vivir ignorante de la dimensión ética presente en muchas –si no es que en todas- situaciones humanas.
  • Las virtudes son expresión de inteligencia práctica, sentido del bien, capacidad de enfrentamiento de los acontecimientos negativos y autocontrol. Las virtudes son cualidades que se potencian a sí mismas: son expresión del sentido de ascendencia de la vida espiritual. La vida espiritual es creación de sentido, conocimiento, acción formadora y valor. La ley de la vida espiritual es una ley de autoexpansión, de acrecentamiento: el ser espiritual desarrolla polimorfas relaciones en el mundo recreándolo como mundo de sentido, como mundo con significado, susceptible de ser evaluado. La ley de la vida espiritual es una ley de comunicación, de comunión: el ser espiritual se desarrolla con otros, en un proceso de donación de bienes en una actitud de apertura al otro y de respeto a su ser como individualidad únicas y necesitada en un mundo común.

Filosofía

¿Qué hace el filósofo?

1

Genera ideas para explicar algunos aspectos especialmente importantes o significativos del mundo y de la vida.

2

Estudia con particular atención la cuestión de cuáles son los criterios válidos para juzgar en los diversos ámbitos de la existencia: cognitivo, ético, político, estético, etc.

3

Interpreta el sentido que tienen determinados fenómenos naturales o humanos para el ser humano, examinándolos dentro de un marco que abarca el conjunto del mundo.

4

Analiza finamente las ideas fundamentales sobre la realidad y el conocimiento, así como algunas de las elaboradas en distintas áreas del conocimiento, para hacer las tareas anteriores.

5

Observa con atención el mundo, la vida y a sí mismo para conocer y captar el ser y el sentido de todo lo que existe.

6

Se compromete a sí mismo con la idea de vivir irrestrictamente según los valores que elija para sí mismo, en los que cifra el sentido y el valor de su existencia individual como proyecto de existencia consciente e inteligente.

miércoles, 18 de abril de 2007

Una filosofía científica no es lo mismo que una filosofía verdadera, pues las verdades de la ciencia no son la únicas verdades. Prefiero pensar en una filosofía que toma las verdades de la ciencia, pero no se limita a ellas. Toma los conocimientos científicos pertinentes para los problemas que se plantea y se apoya en ellos, pero no se restringe a ellos, pues su ámbito no es el de lo empírico, sino los del sentido y el valor.

Las verdades filosóficas, al contrario de las verdades científicas, no son verdades sobre lo general, sino verdades sobre lo real, pero no sólo sobre lo real dado sino también sobre lo real posible, sobre la pluralidad de las singularidades concretas, sus interacciones y sus posibles.

Ensayo sobre la decisión

Los seres humanos nos distinguimos de los demás seres vivientes en muchos aspectos particulares, naturalmente. Pero hay una diferencia general que abarca todos esos aspectos. Los demás seres tienen una naturaleza constante y definida, hábitos heredados, instintos; su forma de vida está predeterminada y no puede salirse de los estrechos cauces en que está encarrilada; no pueden, por ejemplo, hacer lo que hacen otros animales aprendiendo. Nosotros, por el contrario, somos, en principio, variables e indefinidos. Nuestra naturaleza es proteica, es decir, pueden adoptar muchas formas. Tenemos, cierto, una determinada estructura biológica, pero no tenemos un esquema de vida rígido heredado genéticamente e inalterable; podemos aprender, y somos los que somos en función de lo que aprendemos y de lo que hacemos. Aprender enriquece potencialmente nuestro ser y al elegir lo que hacemos elegimos lo que somos.

Los demás seres son lo que son, independientemente de que ese ser sea de mucho o de poco valor. Pero para los seres humanos permanecer en un estado de indefinición es arriesgarnos, al final de cuentas, a no ser o a ser muchas cosas, cada una de muy poco valor. Para ser los seres humanos tenemos que salir de ese estado de variabilidad e indefinición que es, por principio, el nuestro.

¿Cómo podemos salir de ese estado?

Los seres humanos podemos ser, pero no tenemos que ser. Los seres humanos sólo llegamos a ser si queremos ser. Para salir de ese estado los seres humanos tenemos que hacer algo. Pero para hacer algo tenemos que decidirnos a hacerlo.

Los seres humanos no llegamos a ser lo que podemos ser si no nos decidimos a hacer lo que tenemos que hacer para llegar a serlo.

Esta es una verdad fundamental. La decisión es por tanto un tema fundamental de la concepción de la vida humana.

Lo que hace humana nuestra vida es, en cierto sentido, la calidad de las decisiones que tomamos.Aceptamos esta concepción y argumentos. Pero no siempre se vio todo esto claramente. Ha tenido que advenir cierta situación histórica para que seamos conscientes de ello como una realidad primaria de la vida humana. Esta situación consiste, básicamente, en lo que se describe a continuación.

Ningún ser humano decide todo con respecto a su propia vida. Esto es imposible. Nacemos en una determinada sociedad, poseedora de cierta cultura, la vida de las personas discurre dentro de ciertos moldes dependientes de la posición social en que se ha nacido y de las vicisitudes de la vida; la sociedad es un sistema de interrelaciones humanas que posibilita la vida de sus miembros y le marca ciertas trayectorias más o menos típicas. Sin embargo, hay algunos sistemas sociales de interrelación muy estrictos, con pocas posibilidades de cambio y que no ofrecen opciones a sus miembros; pero también hay otra más flexibles y cambiantes; esto puede depender de circunstancias externas o de ciertas características de su estructura interna.

En cualquier caso, lo cierto es que en ninguna sociedad los seres humanos viven de forma tal que todas acciones con que debe responder a las diversas situaciones vitales ya estén prescritas y sea obligatoria, siempre hay un margen de libertad. Este margen ha crecido en las sociedades más evolucionadas, y en estas los valores de la libertad, la igualdad de derechos, y la responsabilidad son reconocidos como atribuciones propias de cada ser humano. Este fenómeno, al mismo tiempo que nos muestra claramente el papel la libertad en la existencia humana la convierte en un problema. Para los miembros de otras sociedades es mucho más sencillo averiguar qué hacer y tomar la decisión correcta. En cambio, en las sociedades modernas es mucho más difícil hacer ambas cosas; por eso llegan a convertirse en tareas humanas de primer importancia que exigen de reflexión filosófica y de una actitud reflexiva compleja y especial.

En la actualidad, aunque sepamos que no todas las decisiones de la propia vida las tomamos nosotros, se reconoce que las decisiones esenciales de nuestra vida individual son nuestra responsabilidad, y que evadir esa responsabilidad en cuestionable moralmente, aunque sea un fenómeno común, y precisamente tanto más cuanto más común sea.

Ahora sabemos que, en cierto sentido, los que no deciden por sí mismos no viven su propia vida, no viven en verdad una vida propia, son arrastrados a vivir una vida que a la postre será la vida que les tocó vivir pero no su vida, la vida que hubieran podido vivir. No es difícil responder a la cuestión de por qué tenemos que decidir.

Quizás sea más difícil ser libres, pero debido a los horizontes que se abren ante nosotros, ser libres es mucho más emocionante cada vez.

Es más difícil, en cambio, responder a cuestiones como las de qué significa decidir, cómo hay que decidir y por qué es tan difícil decidir. En este ensayo aprontaré algunas ideas sobre cómo responder a estas preguntas.

¿Qué significa decidir?

Ante una determinada situación podemos visualizar varias posibilidades deacción. A simple vista, parecería que decidir significa meramente elegir una de estas posibilidades. Pero no es tan simple. En realidad, debería entenderse siempre que decidir no es meramente elegir una posibilidad. Concebirla así es concebir erradamente la decisión. Es por concebirla así que muchas personas se sorprenden cuando creen haber tomado una decisión y se encuentran con que no actúan como creen que deberían actuar al haber tomado esa decisión. Porque elegir una posibilidad puede entenderse de varias maneras.

Puede ser que yo, en el fondo, lo que me diga es una de estas cosas: “este es el camino que más me gusta”, “este es un buen camino”, “este es el camino que me gustaría recorrer”, “ahora tomaré este camino” o “voy a ir por este camino”. No cualquiera de estas expresiones constituye una decisión.

La primera indica un gusto, un sentimiento de preferencia. La segunda una valoración, un juicio que discrimina, que establece una diferencia entre lo que vale o vale más y lo que no vale o vale menos de acuerdo con cierto valor. La tercera un deseo, un consciente apetecer algo. La cuarta puede ser una mera constatación, una marca del inicio de una acción.

Sólo la quinta expresión manifiesta una decisión. Pero aun esta quinta no contiene necesariamente una decisión, pues puede entenderse como: “voy a ir por este camino (mientras no vaya por otro)” o “voy a ir por este camino, independientemente de lo que y en la medida en que mis fuerzas me lo permitan, hasta llegar al punto de destino debido al cual lo he elegido.” Esto último, y sólo ello, expresa la esencia de una verdadera decisión.

Decidir significa, en este sentido, excluir cualquier otra posibilidad. Significa que no abandono, que no cambio lo elegido por otra cosa, que renuevo y reafirmo mi decisión original en tanto lo decidido, debido a su naturaleza, sea vigente, tanto en cuanto a su contenido como a su temporalidad. Una vez que lo decidido se ha cumplido, si puede cumplirse en un plazo temporal limitado, ese cumplimiento me libera de esa decisión. Puedo entonces tomar otra cuyo cumplimiento hubiera sido incompatible con la realización de lo antes decidido. Entonces sí, pero no antes.

Si una decisión, por el carácter intrínseco del asunto, se refiere a algo siempre vigente, está decisión me compromete por siempre, es decir, por toda la vida. Todas aquellas posibilidades cuya realización impida o contribuya a impedir la realización de ésta, deben ser excluidas. Esa decisión instituye un compromiso de vida.

¿Por qué es tan difícil decidir?

Aquello en que consiste una verdadera decisión nos da por sí solo un índice de su dificultad.

A la noción de decisión pertenece la idea de persistencia. Una activa persistencia es propia de toda decisión. Es lo contrario de inercia. Supone, por tanto, un esfuerzo, un esfuerzo que debemos hacer de una manera continua. Y el esfuerzo cansa.

Pero supone también una renuncia a aquello que no es compatible con la realización de ese esfuerzo y que puede ser también deseable. Esto es que lo hace tentador. Tanto más si su consecución supone un esfuerzo menor que el que se está haciendo.

Por supuesto no todas las decisiones son igualmente difíciles. La dificultad de una decisión es directamente proporcional a su envergadura, es decir, al alcance y valor de sus consecuencias. No cuesta mucho tomar decisiones pequeñas, que involucran tareas de horas o de días. Pero tomar grandes decisiones, tomar decisiones que involucran años o aun toda la vida, ¡vaya que cuesta tomarlas!

La decisión puede ser difícil por dos cosas. Una, por lo que cuesta tomarla. Otra, por lo que cuesta mantenerla.

Cuesta mucho mantener una de las grandes decisiones, aunque puede ser muy fácil adoptarla. Toma uno una gran decisión, luego, de pronto, claudica, esto es, hace uno muchas cosas que resultan contrarias o incompatibles con lo que requiere esa gran decisión para su cumplimiento. El tiempo es que esto sucede es tiempo perdido desde el punto de vista de esa gran decisión. Posteriormente podemos retomar esa decisión.

Pero el sentido de esa decisión era comprometernos para siempre, y he aquí que ahora hay un tiempo sustraído a ese para siempre, un tiempo que hemos perdido que es a la vez un tiempo en el que nos hemos perdido. Mantener una gran decisión es lo que más cuesta. Pero no mantenerla cuesta muchísimo más, porque si no la mantenemos perdemos el tiempo de nuestra vida y nos perdemos a nosotros mismos.

Podría pensarse que esta es una exageración. En cierto sentido lo es: seguimos viviendo y haciendo cosas, seguimos siendo de tal o cual manera. Pero lo que perdemos es un tiempo de vida que podría haber sido de alto valor, y perdemos nuestro mejor yo, el que hubiéramos sido durante y en tanto hubieramos mantenido esa decisión que no mantuvimos. Reina entonces la dispersión, el enanismo, la falta de heroicidad vital, la autodisminución, la falta de plenitud, el semivivir.