domingo, 20 de mayo de 2007

MEDITACIONES SOBRE LAS VIRTUDES

  • Se podría pensar que las virtudes sólo se aplican en los asuntos superlativamente importantes o en las grandes ocasiones; nada más falso. Las virtudes son o deberían ser pan de todos los días, pues cada día hay una gran cantidad de situaciones en las que nuestras acciones tienen un sentido ético y en las que nuestra acción es buena o mala éticamente hablando. En consecuencia, todos los días están en juego posibilidades de actuar virtuosa o viciosamente. Tanto la virtud como el vicio se construyen y refuerzan día a día según que actuemos a favor o en contra de lo que la noción de las diversas virtudes prescriben. También es cierto que cada día se nos presenta la opción de actuar en contra de nuestras tendencias habituales. Para el virtuoso cada día hay posibilidades de no actuar según el sentido de la virtud: cada día corre el riesgo de perder sus virtudes. Para el vicioso cada día hay posibilidades de actuar de acuerdo con lo que indica la virtud y, por tanto, de comenzar a construir sus virtudes. Al construir su virtud el virtuoso se edifica a sí mismo. Al seguir con sus vicios el vicioso se pierde a sí mismo cada día. La virtud es el camino ascendente. Por eso es difícil seguir tal camino: se gasta más energía a subir que al bajar. El vicio es el camino descendente. Por eso hay tan pocos virtuosos y por eso el mundo humano es tan mediocre. Si la buena vida humana es la que asciende y trasciende, entonces el camino de la buena vida es el camino de la virtud. Y éste es un camino que se puede transitar diariamente y que diariamente debe ser transitado si queremos ser virtuosos.
  • He aquí un ejemplo de cómo en las situaciones cotidianas está en juego la posibilidad de actuar virtuosamente. Como maestro quiero hacer un bien a mis alumnos: facilitar su aprendizaje, enseñarles a ser más reflexivos y a desarrollar su conciencia intelectual. Aquí está en juego la justicia. En su calidad de alumnos debo darles lo que les es debido. Si no lo hago así, soy injusto. Para darles lo que les corresponde, tengo que hacer el trabajo adecuado en una medida suficiente. Para lograr hacer este trabajo tengo que vencer la pereza y la distracción y no dejarme llevar por mis apetitos sexuales. Esto significa practicar la fortaleza y la temperancia como condición para lograr aquellos objetivos éticamente valiosos. Captar esta situación y resolver hacer lo que corresponde es cuestión de prudencia.
  • Ser virtuoso implica el desarrollo y ejercicio de varias virtudes al mismo tiempo, pues cada una de ellas requiere del apoyo de las otras. No se puede practicar una virtud aisladamente. El virtuoso tiene varias virtudes, no una sola.
  • El no darnos cuenta de que en muchas situaciones humanas existe la posibilidad y, en tanto queramos realizar el bien, la necesidad de actuar virtuosamente, es debido al hecho de que no nos percatamos del sentido ético de nuestra relación con los demás y con nosotros mismos que acompaña a esa situación. Esta inconsciencia hace que no nos preguntemos cómo debemos actuar en tal situación desde una perspectiva ética. El tender a hacer eso sistemáticamente significa actuar con prudencia. En este sentido ser imprudente significa vivir ignorante de la dimensión ética presente en muchas –si no es que en todas- situaciones humanas.
  • Las virtudes son expresión de inteligencia práctica, sentido del bien, capacidad de enfrentamiento de los acontecimientos negativos y autocontrol. Las virtudes son cualidades que se potencian a sí mismas: son expresión del sentido de ascendencia de la vida espiritual. La vida espiritual es creación de sentido, conocimiento, acción formadora y valor. La ley de la vida espiritual es una ley de autoexpansión, de acrecentamiento: el ser espiritual desarrolla polimorfas relaciones en el mundo recreándolo como mundo de sentido, como mundo con significado, susceptible de ser evaluado. La ley de la vida espiritual es una ley de comunicación, de comunión: el ser espiritual se desarrolla con otros, en un proceso de donación de bienes en una actitud de apertura al otro y de respeto a su ser como individualidad únicas y necesitada en un mundo común.

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