sábado, 8 de enero de 2011

Comienza 2011.

Para mí, el cambio de fecha no significa nada interiormente.

Vamos montados en una inmensa ola, cuyo volumen no cesa de incrementarse, sin saber si al romper ésta continuaremos vivos o seremos parte del pasado de la tierra. ¿Podremos cambiar su volumen, alterar su dirección?

Nuestra situación actual es producto de nuestra conciencia y acción préteritas. Vemos parte de los efectos de éstas y preveemos efectos peores de mayor magnitud, cuya realización depende de lo que continuamos haciendo, de la forma como social e individualmente estamos viviendo. Debemos cambiar. No porque sea un tiempo nuevo, sino para que hay un tiempo nuevo, para que hay más tiempo para nosotros.

La vida de los que nos sucederán será más díficil que la nuestra. Que lo sea lo menos posible depende de que enderecemos el espíritu. Me imagino muriendo consciente de no haber hecho lo que me correspondía y me era posible: esa muerte no sería buena, sería triste, amarga. El año pasado leí palabras de dolor y desesperanza ante lo que está sucediendo provenientes de la boca de José Emilio Pacheco y García Marquez, ellos que han hecho tanto. Inimaginable sería mi desolación por haber hecho tan poco como he hecho.

Debo cambiar. ¿Por qué es tan díficil? Porque hay demasiadas cosas placenteras a mi alcance. Porque cambiar implica renunciar a ellas. O concederles mucho menos tiempo. Que la disciplina es cosa impuesta, por supuesto. Pero ello no significa pérdida de autonomía, sino su potenciación.

No hay comentarios: