lunes, 6 de diciembre de 2010

La mentalidad infantil de los creyentes

No lo puedo evitar. La infantilidad mental de los creyentes me da risa. Además, me molesta. Me encanta la forma como Bill Maher ridiculiza la historia de Jesús. Dios tiene un hijo (que es él mismo) y manda a una paloma (que es él mismo) a avisarle a una mujer que va a concebir al hijo de Dios (que es el mismo), quien ya en la cruz reclama a su padre (que es él mismo) por haberle abandonado (es decir, se ha abandonado a sí mismo). Es hilarante. Pero los creyentes dejan a un lado todo sentido correcto de entendimiento para admitir esa bufonada. Pascal dijo que el corazón tien razones que la razón no comprende. Es decir, deja a un lado tu inteligencia y cree historias estúpidas porque algo en tu corazoncito dice que se siente bonito creerlas. Nietzsche lamentaba justamente la corrupción de la razón de Pascal por el cristianismo. Que un tipo genial tenga que torturarse mentalmente para dar sentido al sinsentido es aberrante.

Que las historias religiosas fuesen creídas en los tiempos en que aún no se sabía como funciona el mundo puede comprenderse. Si ciento de millones de personas todavía las creen es debido a la ignorancia. Se arguye en contra el hecho de que ha habido eminencias que son creyentes. Pero, ¿quienes son tales eminencias? ¿Los teólogos? ¿Los filósofos? ¿O los científicos? Una base de conocimientos medianamente sólida sobre la estructura del universo, la vida y la mente es una respuesta abrumadoramente más satisfactoria a las preguntas existenciales que se pueda formular una persona. Esta respuesta no puede satisfacer a quien no la entienda. Lo que remite de nuevo al estado de ignorancia de la mayor parte de la población humana del planeta. Esta ignorancia no es responsabilidad de cada individuo. No, al menos, en la primeras etapas de la vida. Pero si en estas no se ha adquirido lo necesario, el mal está hecho.

Todos necesitamos educación. Pero, ¿para qué educar a la gente? ¿Para la libertad, la cooperación y la creatividad? ¿O para la obediencia, la competencia y la eficiencia? Esta es la cuestión. El conocimiento es poder. Por esta razón, los poderosos de hoy quieren mantener a la mayoría en la ignorancia, tanto de los conocimientos científicos como de buena parte -la más importante, la relativa a sus decisiones- del acontecer del día en que el que se juegan los destinos humanos.

domingo, 5 de diciembre de 2010

El sentido de la vida. No se trata de encontrar el sentido de la vida, sino de darle un sentido, o sentidos, a la propia vida. Pero uno puede formular el sentido que quiere que tenga la propia vida y, sin embargo, eso no resuelve nada, puesto que esa formulación y la realización de ese sentido son dos cosas distintas. La primera requiere autoconocimiento y discernimiento de los valores; la segunda requiere de otra cosa que no sé como se llama exactamente, pero que tiene que ver con los conceptos de energía, voluntad, compromiso, disciplina. La dificultad reside en el trabajo que requiere ese cumplimiento y la renuncia a una serie de cosas de menor valor, pero más placenteras a corto plazo.

Piaget y las tareas de la filosofía

Piaget y las tareas de la filosofía

Ernesto Briseño Pimentel

En su juventud, Jean Piaget deseó fervientemente ser filósofo; después, conforme fue construyendo su propio camino intelectual, ya no. En su madurez jamás se concibió como tal. Se concibió, ante todo, como un psicólogo del conocimiento. Sin embargo, de una manera u otra, durante toda su vida tuvo un trato continuo y profundo con la filosofía y un trato reservado, a veces justificado, en otras amical, con diversos filósofos. Como resultado de esos tratos, ya en la cima de su carrera formuló una concepción propia de la filosofía, que expuso en su libro Sabiduría e ilusiones de la filosofía.

Sus aportaciones son relevantísimas en el campo de la epistemología, y en cuanto que ésta es considerada como una de las disciplinas filosóficas básicas podría pensarse que Piaget está incluido entre los grandes epistemólogos del siglo XX y de todos los tiempos; sin embargo, en los libros sobre la filosofía contemporánea, de los que consulte cinco, su nombre no aparece, excepto en el caso de uno, que lo incluye en el rubro del movimiento estructuralista. Este es un error que deberá ser corregido. Por el momento, les propongo considerar que su concepción de la filosofía es una de sus aportaciones relevantes. En el marco de un Congreso dedicado a Piaget y organizado por filósofos, me parece justo y hasta obligado, además, por supuesto, de enriquecedor, dirigir nuestra atención hacía ella. Para contribuir a ello, esbozaré dicha concepción en sus líneas esenciales y agregaré algunas –permítanme decirlo pomposamente- reflexiones.

¿Qué es la filosofía? ¿Cuáles son las tareas propias de la filosofía? Para los filósofos y los aspirantes a filósofos, entre los que estamos los estudiantes y la mayoría de los profesores de filosofía, estas cuestiones no solo no están de más, sino que a menudo se imponen imperiosamente. Es natural que así suceda, pues la problematización de aquello a que nos dedicamos parece formar parte de su concepto. El casi inevitable aturdimiento que nos invade cuando alguien nos hace tales preguntas y no queremos limitarnos a repetir alguna definición leída en alguna parte sino partir de una comprensión viva y personal del asunto, es indicativo de ese carácter

¿Qué nos dice Piaget de la filosofía? ¿Y qué hemos de pensar de ello? Estas preguntas me parecen relevantes no solo porque ahora nos ocupamos del pensamiento de Piaget, sino porque de sus respuestas podríamos derivar algunos lineamientos susceptibles de orientar fructíferamente los esfuerzos filosóficos en nuestro medio académico y cultural, a mi parecer tan pobre en buena filosofía y tan necesitado de ella.

Para comenzar, diré que para Piaget la filosofía no es, en absoluto, conocimiento, sino sabiduría, únicamente sabiduría. Esta afirmación, creo, chocará a los más, sólo a pocos encantará. Alguno estará de acuerdo, pero lamentando que así sea, como un defecto que, susceptible de ser remediado, perdura solo por negligencia o incompetencia de quienes la hacen. Imagino que muchos se dirán para sus adentros: “¿Cómo que la filosofía no es conocimiento? ¿No es objetivo de la filosofía enseñarnos una cantidad enorme de cosas sobre el mundo, y no minucias, sino cruciales, y esto no solo para una pequeña parte de la humanidad, los filósofos y sus fans, sino para cualquier ser humano? ¿Y esas enseñanzas no serían conocimiento? ¡Deben ser conocimientos de alguna clase! Si no, ¿qué diablos podría aportar la filosofía propiamente? ¡Nada!. Y entonces los que nos dedicamos a esto no servimos para nada y estamos perdidos. La filosofía es conocimiento y por eso es sabiduría.”

Pues no, dice Piaget. Esas enseñanzas de gran relevancia sobre el mundo no son conocimiento, de ninguna manera, pero, agrega, son otra cosa, y no debemos pensar que esta cosa es menos importante. Así, pues, estas enseñanza ¿qué son?

“El hombre –nos dice- vive, toma parte, cree en una multiplicidad de valores, los jerarquiza y da así un sentido a su existencia por unas opciones que sin cesar van más allá de la frontera de sus conocimientos efectivos”. (Piaget, 1965/1973, p. 231)

Permítanme interpretar el texto. Esta caracterización se aplica a cualquiera. Cualquier ser humano, en el transcurro de su vida, se encuentra en determinadas situaciones o circunstancias, y en ellas tiene que hacer elecciones y valoraciones, tiene que elegir a qué dedica su atención y qué no, qué hacer y qué no, de quién ocuparse y cómo y tiene que elegir cómo vivir. Pues bien, los valores sirven pasa eso. Como derecha o izquierda, los valores son categorías de orientación. Pero derecha e izquierda son equivalentes, por sí misma una dirección no es preferible a la otra. Los valores sirven para orientarnos, para juzgar que es preferible y que no. Y los valores mismos están relacionados entre sí de modo que alguno están a la par que otros, y en cierta oposición –pues frente a cada valor hay un antivalor-, o por encima de otros. Explícita o tácitamente, están en la base de nuestra conducta y de nuestra vida y las consecuencias de la aplicación de ciertos valores no pueden ser extraídas de meros conocimientos, por más exactos que sean.

Agregaré que, de hecho, en la mayoría de las personas y en la mayoría de los ámbitos de su vida los valores operan tácitamente, es decir, las personas no los podrían formular acabadamente y con claridad, pero el hecho de que sus decisiones sigan ciertas pautas indica una orientación determinada en su conducta. En algunos aspectos y con respecto a ciertas decisiones, la magnitud de las consecuencias lleva a plantearse de una manera más consciente qué elegir y por qué razones. Pensemos, para quedarnos en el nivel de las decisiones personales, en las elecciones vocacionales, profesionales y con quien se casa uno o cuántos hijos tener. Sin embargo, la conciencia que hay en esto es muy variable. Muchos eligen de acuerdo a los valores que ha aprendido en su medio. O siguiendo las directrices de un tercero en quien han delegado tal tarea.

Sin embargo, de una manera u otra, nuestras vidas discurren de acuerdo a ciertos valores, y esto tiene que ser así necesariamente, pues ningún ser humano se limita a responder mecánica y unívocamente a las circunstancias. Incluso el condicionamiento inconsciente de la conducta tiene el objetivo de evitar ciertas experiencias y propiciar otras por los valores que significan para la vida del sujeto.

Preguntémonos ahora ¿Qué sucede si alguien se toma la tarea de esclarecer esos valores, de formularlos explícitamente, de preguntarse qué relación hay entre ellos, si, por ejemplo, están todos al mismo nivel o hay unos de mayor eminencia, y descubrir en qué se basan o examinar si es posible actuar de acuerdo a ellos, y si es posible explicar en qué ocasiones y cómo? Llevar a cabo todo esto significa procurar una orientación consciente de la vida con arreglo a valores explícitamente entendidos y aplicados. Lo que sucede es que esa persona se está poniendo a filosofar. Y esa orientación consciente y ponderada de la vida es lo que intuitivamente reconocemos como sabiduría, tal como lo ha comprobado empíricamente el psicólogo Robert Stenberg. Me parece que esta caracterización se aplica nítidamente a Sócrates, tal como lo pinta Platón en sus diálogos aporéticos, los que al parecer retratan con mayor verosimilitud al Sócrates histórico. Y esta es la razón por que muchos él ha sido la figura filosófica más ejemplar.

Este conjunto de tareas que mencioné son las que caben bajo el concepto con el que Piaget caracteriza lo que corresponde propiamente a la filosofía y su forma de pensar: formular una “coordinación general de valores”. (Piaget, 1965/1973 p. 233) Podría parecer, a primera vista, que esta caracterización significa restringir la filosofía a la filosofía moral, lo cual es inaceptable, y dicha concepción en consecuencia errónea. Pero, naturalmente, las elecciones humanas no son exclusivamente morales. Se refieren a todos los ámbitos de la vida. Podemos elegir una explicación u otra de un determinado fenómeno, podemos elegir un procedimiento u otro para lograr hacer algo, un lugar de vacaciones u otro, conversar con una persona más que con otra, preferir un tipo de trabajo a otros. Hay, pues, elecciones en diferentes planos: cognitivo, estético, económico, técnico, además del moral. Y la cuestión de los valores se presenta en todos ellos.

Los valores son los criterios para discernir qué vale más y qué vale menos, qué es preferible y que no, en cierto aspecto. Y tienen ingerencia en todas las dimensiones de nuestras relaciones con el mundo, incluidas las demás personas y nosotros mismos. La filosofía versaría así sobre el conjunto de esos criterios, los definiría, desarrollaría y organizaría con la intención de establecer un esquema en el que estén integrados. ¿Cómo? De una forma razonada, más o menos sistemática. Esa sería la aportación de las grandes filosofías. Formular ese tipo de coordinación de valores es la tarea propia, permanente y humanamente necesaria de la que se encarga el pensar filosófico. Recalcaré esta expresión, “humanamente necesaria”, porque significa, en palabras de Piaget, al “conjunto de los problemas que giran en torno a la problemática de la vida humana con respecto a la totalidad de lo real” (Piaget, 1965/1973, p. 73).

¿Es esto conocimiento? No, dice Piaget. Porque el conocimiento se refiere a aquellas afirmaciones susceptibles de comprobación – y comprobadas- sobre las cosas, sus propiedades, relaciones, transformaciones mediante observación experimental o mediante una observación sistemática y controlada (por ejemplo, estadísticamente) de fenómenos reales. También se habla de conocimiento en el caso de las ciencias formales, matemáticas y lógica, para el que basta la deducción. Pero mi exposición no se resiente mucho si por el momento hago caso omiso de éstas. Y quien se encarga precisamente de formular las afirmaciones de modo que sean susceptibles de comprobación y de llevar a cabo los procedimientos para efectuarla, llegando así a conclusiones sobre su verdad, es la ciencia, o, mejor dicho, las ciencias, pues no hay una ciencia del todo, como se concibió alguna vez, y aún lo hacen los despistados, a la filosofía.

Pero, ¿que llevó a algunos a concebir a la filosofía como la ciencia, es decir, el conocimiento, del todo? Pues había en ello cierta razón. Es decir, porque hay entre la filosofía y el conocimiento una conexión profunda. ¿En qué consiste ésta? No cuesta mucho reconocer que, al parecer, se ha supuesto que esta conexión debería ser una conexión de identidad, aun en el caso de que para muchas filosofías concretas se revelara que esa identidad no existía, es decir, que sus afirmaciones sus falsas. Pero la cosa no tiene por que ser tan sencilla. Veamos su conexión tal como la concibe Piaget.

Piaget afirma que “la filosofía es una toma de posición razonada con respecto a la totalidad de lo real” (Piaget, 1965/1973, p. 51). Esta toma de posición consiste en adoptar determinados valores que orienten la relación del ser humano con respecto a los diferentes aspectos del mundo o totalidad de lo real, que incluye la praxis humana y sus productos, materiales, institucionales y simbólicos. Esta toma de posición requiere, más aún exige, obviamente, saber qué es y cómo es eso real, y, por lo tanto, supone su conocimiento. Los conocimientos, algunos, no la totalidad, fungen como parte de las premisas de la reflexión orientada a la formulación de esas tomas de posición. Para que dicha elaboración tenga visos de solidez se necesita, como una condición básica e ineludible, una base de conocimientos amplia y rigurosa. Y por esta razón una buena dosis de conocimiento debe estar incorporada en la reflexión filosófica y los filósofos, en la medida en que son serios, trabajan arduamente para cumplir con dicha condición. No en balde muchos de los mejores filósofos han elegido una forma de vida ascética.

Pero el cumplimiento de esta condición no significa que la reflexión filosófica pueda concluir en conocimiento. ¿Por qué? Hay dos razones, estrechamente vinculadas. La primera razón es que, para realizar su tarea propia la filosofía requiere solo del método reflexivo y éste, y aquí entre la segunda razón, por muy exhaustivo y riguroso que pueda ser, y suficiente para desarrollar esa coordinación general de valores, no basta para arribar a la comprobación de un alguno enunciado sobre realidad. Este es el argumento central de Piaget. La percepción temprana de esto es lo que lo motivo a cambiar su intención de ser un filósofo para adentrarse en el campo de la menos ambiciosa psicología del conocimiento y a desarrollar, a la postre, la epistemología genética como una disciplina científica.

En conclusión, para Piaget la idea de que la filosofía es conocimiento es falsa; la de que requiere conocimientos es verdadera. Pero ¿no desmiente esto el hecho de que históricamente algunas filosofías produjeron conocimientos y consisten el ellos? Por ejemplo, los conocimientos biológicos aportados por Aristóteles o los físicos y matemáticos aportados por Descartes. Cómo entender casos como estos.

El hecho no es incontrovertible. Requiere, como todo hecho, interpretación. Un mismo individuo puede hacer filosofía y ciencia. De ello no se sigue que todo lo que hace es filosofía. En aquellos individuos que hicieron ambas cosas, sus quehaceres filosófico y científico estaban, seguramente, coordinados, pero esto no los hace idénticos. Piaget distingue entre filosofías que, es decir, tomas de posición razonadas ante la totalidad de lo real, que partieron de la consolidación histórica de ciertos conocimientos que, tomados en cuenta, señalaban en otras direcciones con respecto a las tomas de conciencia antecedentes –como sería el caso del efecto del conocimiento matemático, que hizo posible la filosofía de las ideas de Platón- y las filosofías que, ante nuevos dominios de la realidad, formulan conceptualizaciones y explicaciones relativas a estos, pues estas formulaciones, en alguna medida razonables y plausibles, posibilitan una diferente toma de conciencia –como es el caso de Hegel y Marx con respecto a la historia y la sociedad.

En el primer caso, le reflexión filosófica se apoya en conocimientos científicos antecedentes. En el segundo, el pensamiento filosófico formula concepciones sustantivas que constituyen la base de una coordinación general de valores, pero sin que dichas concepciones obtengan realmente el estatuto de conocimientos. Son meras hipótesis, teorías filosóficas referidas a entidades y procesos reales, que, en rigor, las hay. El error consiste en que, si son formuladas congruentemente con respecto a otros conocimientos previos y al esquema de valores que el filósofo elabora reflexivamente, éste suele concluir que ha desarrollado nuevos conocimientos. ¿Es esto cierto? Puede que sí, puede que no.

En todo caso, es la investigación científica posterior la que, si los investigadores creen que dichas concepciones parecen plausibles y fértiles, han de formularlas de modo que sean susceptibles de comprobación. Y sólo entonces, y en caso de pasar dichas pruebas, son conocimientos. Retrospectivamente, podemos pensar que conocimientos científicos obtenidos en un momento histórico ya existían, como conocimiento filosófico, en alguna filosofía. Pero éste es un error, pues el carácter de conocimiento de un enunciado no viene de su contenido. La verdad no es index sui, indicativa de sí misma.

Pero, ahí donde hay lagunas en nuestro saber científico, es válido, y quizá inevitable, que los filósofos formulen modelos y teorías explicativas de ciertos fenómenos, que sirvan sustento a la toma de posición con respecto a la totalidad de lo real que su filosofía constituye. Abstenerse de ello significa dar como válidos unos límites que no son obligatorios, sino que marcan simplemente el punto al que el estado de nuestros conocimiento ha llegado. Lo importante es que tengan consciencia de su carácter conjetural, por muchas razones que sientan avalan sus pensamientos, y no lo proclamen como verdades apodícticas a los cuatro vientos. Y esto es lo que suele no ocurrir.

El esbozo que acabo de hacer, escueto como es, contiene las líneas básicas de la argumentación piagetiana. Habría muchas precisiones que hacer, pero espero que su brevedad tenga la ventaja, tal vez, de generar múltiples dudas y cuestionamientos. Y estas podían motivar un breve diálogo entre nosotros en el tiempo dedicado a intervenciones. Agregaré ahora un par de reflexiones.

De obrar conscientemente de acuerdo a esta concepción se posibilitaría pensar fructíferamente en las idea de programas de investigación filosóficos, de modo similar a como Lakatos hablaba de los programas de investigación científica, como conjunto de esfuerzos investigación filosófica coordinados en torno a ciertas cuestiones, alimentados por conocimientos científicos de diversas procedencia, y conscientes de el carácter provisional de sus resultados, lo que no obraría en contra de su valor sino a favor. Para esto el trabajo en equipo es una necesidad en filosofía si se quiere avanzar en las cuestiones que se aborden de una manera creativa. Frente a esta posibilidad, que implica un trabajo filosófico vivo, en contacto con las realidades del presente, y en extremo cooperativo, el trabajo aislado del docente en filosofía y del estudiante de filosofía, limitado a la lectura e interpretación de textos, lo normal en nuestra vida académica me parece un espectáculo no solo triste, sino irresponsable. Esto por la razón que a continuación expondré.

Creo que las tareas de coordinación de valores, en las que Piaget resume la esencia del quehacer filosófico, son tareas de la máxima relevancia en la actualidad. Estamos en un momento de la historia del mundo en que como humanidad enfrentamos una serie de problemas enormes que amenazan la existencia de nuestra especie y, tal vez, la continuidad de la vida en la tierra. En lo personal, no creo que su solución pueda ser resultado exclusivo de un aumento de nuestros conocimientos de las causas y las consecuencias de la situación actual del mundo y de técnicas para la resolución de problemas derivados de ellos. Las soluciones a los problemas de pobreza y desigualdad, al problema ecológico, al problema del agotamiento de los recursos y energías no renovables se buscan, en muchos casos, dentro del marco de las instituciones económicas, políticas y culturales ya existentes. Y son entendidos, tácita o explícitamente, la mayoría de las veces, como problemas técnicos: como actuar, mediante técnicas de intervención material, manteniendo dichos marcos, para solucionar tales problemas.

Pero eso basta, porque esos problemas son producto del actuar colectivo humano dentro de dichos marcos, y son producto, en consecuencia, de elecciones humanas orientadas por valores institucionalmente arraigados. Junto al análisis de los procesos sociales y naturales imbricados en la realidad planetaria actual, se requiere, también, el examen crítico de esos valores y la formulación y coordinación de valores modificados a través de la crítica y tomando en consideración ese análisis.

Junto a estos, existen los problemas que surgen de las nuevas formas de vida y relación que vemos surgir en respuesta frente a las insuficiencias de los moldes existentes. También con respecto a ello se plantean agudamente las cuestiones de valores, pues de ahí derivan las tomas de posición aceptables como válidas ante esas formas. Hay aquí un campo amplio y prioritario para el quehacer filosófico. Y debido a su amplitud se requiere el trabajo coordinado de muchos filósofos.

Esto, por supuesto, no llevaría a una unanimidad de las voces filosóficas. Eso no ocurrirá jamás, pero la tarea de los filósofos sería desarrollar argumentaciones cada vez más claras y profundas en torno a las alternativas que tenemos frente a los problemas y realidades que enfrentamos y exponerlas públicamente. No significa esto, de ninguna manera, proponer que el filósofo se considere a sí mismo legislador o creador de los valores, como pensaba Nietzsche, sino que contribuya con la tarea que le es propia y distintiva al esclarecimiento de cuestiones candentes. El análisis conceptual y el análisis argumental, en el cual se ha cifrado últimamente la formación de los estudiantes de filosofía, son medios para este fin.

Los valores no son creados por los filósofos, son producto de la vida social, son el resultado de respuestas inéditas de los seres humanos ante su realidad, algunas de las cuales se expresan en modos de vida y creaciones culturales, modificando potencialmente la actitud de los seres humanos ante el mundo. Aquí están comprendido el surgimiento de nuevas prácticas científicas, estéticas, educativas, sexuales, deportivas, convivenciales, médicas, económicas, políticas, militares, comunicativas, delictivas y un largo etcétera. La obvia pluralidad de estas respuestas es lo que exige su examen minucioso, un discernimiento profundo de sus bases y sus consecuencias como medio para posibilitar que los seres humanos hagan la mejor elección. Aquí es donde los filósofos tienen su tarea.

Bibliografía:

PIAGET, Jean. Sabiduría e ilusiones de la filosofía. Península, Barcelona, 1973.

PREGUNTAS TEMATICAS EXAMEN FRANKFURT

Estas son las preguntas para el examen. Cinco, no diez. Recuerden: las contestarán por escrito en el aula, no podrán sacar material alguno. Preparen las respuestas previamente. Gracias.

Pregunta temáticas para el examen de Teoría Sociológica: La Escuela de Frankfurt.

  1. Explica las diferentes formas del ejercicio del poder en las sociedades modernas según Foucault y Adorno y desarrolla una opinión crítica sobre esas dos concepciones.

  1. Expón en qué consisten los cambios en las concepciones de individualización que se da en las sociedades modernas entre la primera y la segunda mitad del siglo XX.

  1. Explica las razones por las que individualización institucionalizada ha resultado positiva para la reproducción del capitalismo.

  1. Expón las consecuencias negativas de la individualización institucionalizada y por qué se producen.

  1. Explica la forma como Honneth entiende la revolución neoliberal y cuáles son sus consecuencias.

sábado, 16 de octubre de 2010

Tengo varios proyectos de escritura:

1. La institucionalización de las demandas de individualización en México.
Para el número dedicado a instituciones de la revista de Rosy Cervantes.
2. Ética y arte de la vida en el último Baumann.
Para Estudios sociales.
3. Modernidad y capitalismo en Bolivar Echeverría.
Para Estudios sociales.
4. Un texto para el curso de la Escuela de Frankfurt.
Estructura: Presentación de temáticas y problemas, cuestiones, selección de textos
organizados según tópicos. Para febrero del 2011.

Los últimos textos que he escrito son mis artículos sobre Piaget y Bunge.

Me impresionó El despertar del individuo de Mangabeira Unger.

Todo está interrelacionado.

Trabajar continuamente. Leer y tomar notas. Capturar pasajes. Redactar esquemas. Desarrollar análisis parciales.


domingo, 25 de abril de 2010

Siempre me han desagrado los sacerdotes. Eso de querer enseñar lo que es bueno sobre cosas de las que no se tiene experiencia me ha parecido una majadería. En cuestiones de moral es indecente hablar de cosas de lo que no sé ha vivido. Por esta razón, estos profesionales de la bondad son inmorales de raiz. Dios -el pajarito nalgón, según Cortazar, creo- dijo: esto es bueno y esto es malo, haz esto y esto no lo hagas. Detrás de Dios siempre han estado algunos hombres que ha creido necesario dirigir la conciencia de otros hombres. Los seres humanos requieren educación para pensar por sí mismos, para actuar según su propia conciencia usando la deliberación racional. Las iglesias se opone a tal educación, pues significa el fin de su negocio. El fracaso de la negación de la sexualidad entre sus miembros por parte de la Iglesia católica es un síntoma de lo que Nietzsche llamó "la praxis hóstil a la vida" propia de ésta. La Iglesia católica está enferma porque se ha enfermado a sí misma. !Que muera, por Dios, que muera ya¡ Y ayudémosla a bien morir.