sábado, 13 de junio de 2009

Cuatro ensayos

Sobre el sentido de la maravilla

Nuestra vida suele transcurrir por senderos más o menos conocidos. Vemos desde niños cómo conviven y qué pretenden de nosotros los mayores, deseamos ser como aquellos que amamos porque nos cuidan y los admiramos debido a que nos parecen extraordinarios.

Sin embargo, los mayores, únicos guías disponibles en esta aventura, a menudo son impacientes, no tienen tiempo de atender a chiquillerías y preguntas triviales: nos dan respuestas simples, absurdas incluso, nos dicen “porque sí” o nos callan. Como podemos obtenemos algunas respuestas, o dejamos de preguntar. Nos vamos haciendo una idea de las cosas, de las personas y de la vida. El mundo adopta poco a poco unos límites y una fisonomía definidos. A partir de cierto momento muchas cosas de la vida no son sino ratificación de otras, más antiguas. Nuestro mundo se envejece cada vez más. Aprendemos, ciertamente, nuevas ideas y a hacer cosas nuevas para nosotros, conocemos otro tipo de gente, vemos paisajes nunca vistos y probamos el sabor de alimentos que nunca habíamos comido, pero perdemos el sentido que nos caracterizaba de chiquillos: el sentido de la maravilla.

No es malo que haya ciertos elementos, lugares, actividades, gustos, personas, preocupaciones y pensamientos constates en nuestra vida; de hecho, si todo cambiara siempre nuestro dolor sería interminable: no sabríamos a qué atenernos, sentiríamos que perdemos a cada momento lo que ya tenemos, no habría seguridad ni confianza sino temor y angustia por tener que empezar de nuevo. Hay necesidades constantes, necesidades que nos afligen diariamente, necesidades profundas: su satisfacción no puede ser postergada por mucho tiempo. Muchos aspectos de nuestra vida requieren constancia. En la constancia los lazos se fortalecen y la vida adquiere seguridad. Esto es quizá una de las primeras cosas que aprendemos ya en la cuna, en el contacto con nuestra madre. Pocas cosas son tan valiosas como un mundo compartido por quienes conviven y se quieren. Puede haber tanta maravilla en lo que permanece como en lo recién llegado.

Sin embargo, me parece que para la mayoría de la gente llega un momento en que el mundo se esclerotiza, se vuelve rígido, pierde fluidez, colorido y novedad. Pero el mundo no es así, nunca ha sido así. Puede haber en el muchos aspectos desagradables, incluso terribles, de colores sombríos y llenos de mal y furia. Pero que el mundo sea pobre es la más grande mentira. Puede resultarnos pobre por dos motivos: porque no se ajusta a nuestras necesidades o porque lo que no se ajusta a esas necesidades nos resulta indiferente. Este segundo caso es triste, muy triste, porque significa que transmitimos la pobreza y la debilidad de nuestro espíritu a la realidad en que inevitablemente hemos de vivir.

Pero, en verdad, el mundo es mágico. Su magia no depende de que ocurran fenómenos increíbles, sino de cosas tan simples como el hecho de que el pez nada y el ave vuela. Si hubiésemos estado presentes el primer día en que un extraño animal alado con aspecto de lagartija se remontó en el aire no tendríamos duda de lo maravilloso de tal suceso.

¿Es cierto que cada ave vuela igual que todas las demás y que haber visto volar una es haber visto volar a todas? Cada una de ellas tiene su único, incomparable estilo de volar. Para notarlo hay que verlas con cuidado y a la distancia adecuada. Esto es muy importante. Un venado visto a dos kilómetros se parece mucho a una mosca vista a tres metros. Para ver lo que hay de inigualable en cada cosa tenemos, pues, que afinar nuestra mirada y es preciso también el deseo de mirar, el interés por lo que vemos. El mundo es interesante sólo para el que lo ve con interés. Para el indiferente tiene que ser un lugar inmensamente gris y aburrido.

La maravilla del mundo se revela sólo al que es curioso, y ¿qué se necesita para ser curioso? Muy poco: el deseo de preguntar “¿qué es eso?”, “¿cómo es?”, “¿por qué es así?”, y la capacidad de embobarnos viendo una sonaja p una manchita rara en la nariz del vecino. Y eso nos lo quitan. No quiero ser injusto con los padres, pero habitualmente tienen alguna parte en esto. Si los padres se compararan imparcialmente con los niños comprenderían cuan maduros son éstos, cuántas cualidades envidiables tienen: son inquisitivos, individuales, osados, despreocupados, inventivos y disfrutan y se maravillan de muchas cosas. En verdad, hay que hacerse como niño, lo cual no es tan imposible una vez que dejamos de preocuparnos porque vamos a parecer ridículos y tontos. Yo todavía no soy lo suficientemente tonto para estar contento de mí. No pierdo las esperanzas de ser más tonto aún.

Crecer y llegar a ser uno mismo, todo lo que uno es, todo lo que uno puede ser, significa, inevitablemente, distanciarnos de los padres para crear nuestro propio mundo, sin disminuir lo que nos han dado. Un padre no puede ser bueno como tal si no entiende esto, pues su misión es, en el amor, ayudar a una nueva vida, procedente de sí, a ser, a desplegarse esplendorosa y autosuficientemente. Por eso crecer, a pesar y precisamente por el amor de y a los padres, es aprender a estar solo.

Los adultos tienen el enorme defecto de creer que lo saben todo, todo lo esencial para vivir al menos. Según ellos, sólo los niños y los adolescentes, esos niños crecidos, tienen que aprender. Por eso se aburren y creen que ya lo han visto todo y que la realidad que les tocó vivir está podrida. Pero vivir, a cualquier edad, es aprender, es sumar lo nuevo a lo ya habido, acrecentar nuestra experiencia e introducir nuevos objetos en nuestro mundo mental, es afrontar lo desconocido y no temerlo sino reconocerlo y apreciarlo. Vivir así es estar presto a reconocer las cosas maravillosas.

Sé que hay mucho mal y miseria, pero también creo que muchas de las cosas que algunos llaman malas son necesarias y no habría vida, belleza o gozo sin ellas. Habitualmente limitamos nuestro mundo porque tememos ciertas realidades, pero comprenderlas es sobreponerse a ellas. Al hacerse nuestro el mundo somos más. Esto no significa de por sí ser feliz, pero sí hace posible que la vida sea más planea y libre y que tenga un más hondo sentido.

El mundo se hace más nuestro con cada quehacer nuevo que inauguramos e incorporamos en nuestra vida: leer un nuevo libro, conocer a una persona, aprender otra receta para el mole, salirse del camino por el que siempre andamos y subirse de repente a un árbol con riesgo de caerse pero con la ventaja de que a la mejor vemos una cosita ciega y todavía desplumada durmiendo o piando en algún nido. Sí, la maravilla del mundo está en nosotros.

Sobre el aprender

No hay nada más importante que aprender. Porque la vida no está previamente confeccionada. Porque nadie vive en las circunstancias exactas de otra persona. Porque la meta de la vida, cualquiera que sea, requiere hacer muchas escalas que cada uno tiene que elegir, proyectar, crear.

El sentido de la vida es vivir. El sentido de la vida no está fuera de ella. El sentido de la vida no nos lo da nadie. Nadie resuelva el problema de la vida de otra persona porque nadie es las otras personas. Cada uno debe descubrir, inventar, decidir, el sentido de su existir.

El sentido de la vida es vivir la mejor vida posible. La mejor vida posible es aquella que, después de haberla vivido, uno quisiera volver, si tuviera la oportunidad, a vivir otra vez.

Por el hecho de que cada vida es única, cada cual debe averiguar qué y quién es, qué quiere y qué circunstancias le tocaron, y a partir de ello, y tratando de sacarle el mejor partido, elegir la posibilidad que juzgamos la más alta, la más bella, la más noble.

Cada cual tiene que aprender a vivir su propia vida, a conocerse a sí mismo de la manera más profunda posible, a comprender a los demás seres humanos, a conocer el tipo de mundo que nos tocó, qué es lo que nos ofrece y de qué carece. Tenemos que aprender a vivir en el mundo, a construir nuestro mundo y a hacerlo el mundo más rico, estimulante, maravilloso y misterioso posible. Cuanto más adquiramos para nosotros, más podremos ofrecer a los demás, a los que amamos, a los lejanos, y a los que vendrán.

Cada cual puede elegir qué aprender, cada cual puede elegir qué ser.

Uno puede aprender a ser un asesino despiadado o un ser amoroso y lleno de solicitud para con las necesidades de sus semejantes.

Uno puede aprender a ignorar a los demás, a despreciarlos, a ser insensible hacia su humanidad, o uno puede aprender a unirse con los otros seres humanos, a sentir sus necesidades, sus sufrimientos y sus dichas.

Uno puede aprender a portarse despectivamente o con irritabilidad e impaciencia con los que hablan profunda y sabiamente de las cosas de su experiencia, del mundo y de la vida, o uno puede aprender a simpatizar con ellos, admirarles y emularlos.

Uno puede ser sabio o lerdo, amable o tosco, delicado o rudo, torpe o ágil, constante o carente de voluntad, apasionado o sin corazón, dulce o amargo, etc.

Las cosas de mayor importancia no se aprenden en la escuela, o se aprender en ella por casualidad o accidente, por coincidencia. Las cosas que deben ser aprendidas por todos y cada uno de los seres humanos para vivir la mejor vida posible, las de máxima importancia, no son conocimientos técnicos, científicos o literarios. Son cosas relativas a la relación entre el yo y el tú, relativas a lo que acontece cuando un ser humano se encuentra con otro ser humano, el hombre con el niño, la mujer con el anciano, el ser humano entero con el desfavorecido, el hijo con la madre, la persona amada con la persona amante.

Y este aprendizaje es continuo, no termina con la primaria, ni con la licenciatura. Este aprendizaje debe ser el proceso mismo de la vida, debe correr parejo con nuestra relación con el mundo y con nuestros semejantes, e ir orientado en el sentido de una relación creciente de comprensión, amorosa solicitud y alegría de crear y compartir la verdad, la belleza y el ineludible sufrimiento que acompaña al vivir.

El valor de la personalidad humana es inconmensurable. En su desenvolvimiento, en el acrecentamiento de su capacidad de conocer, de amar y de crear, de maravillarse y rendir reverencia, de servir a los seres amados y a la vida en general, radica el sentido de la existencia y el carácter divino de la personalidad humana. Al vivir y aprender a crecer en este sentido el hombre vive y obra por y para sí mismo al mismo tiempo que obra por y para la humanidad.

Yo no soy religioso, pero no puedo separar la vida y la realización de la personalidad de una religiosidad que se centra en el ideal de humanidad. Creo que el tempo de esta es cada ser humano y que la forma más espléndida de amarlo y admirarlo es vivir plena e intensamente, dando a luz en este mundo la riqueza potencial que todos llevamos dentro y que procede de él, que a través de los mejores de nosotros realiza la obra de dar vida, luz y dicha a todos los seres que viven, que sufren y que buscan la felicidad.

Contra la experiencia

Durante mucho tiempo no me sentí en absoluto como un adulto, me ofendía concebirme como tal. El motivo es que desde muy pronto aprendí a aborrecer la idea de ser un adulto. Sentía ese rechazo porque nunca pude creer que cualquier persona, por el solo hecho de tener tanto o cuantos años más que yo, debía ser más inteligente o moralmente mejor. Me parecía un azuelo para peces tontos. Distinguía claramente entre respetar a una persona y no cuestionar sus palabras y sus acciones: por ello no pude aceptar en ninguna ocasión quedarme callado ante quien por su edad creía tener la verdad, fuese un muchacho mayo o un ilustre abuelito. Además, no entendía por qué el respeto debido a un ser humano debía depender de cuanto tiempo hubiese estado sobre la tierra.

No había, para mí, expresión más ridícula que esa de que “lo sé porque tengo más experiencia que tú” o “porque yo he vivido más”. Muchas veces mentalmente la traducía a esta otra: “mi vida es tan pobre y tan hecha de repeticiones que no puedo concebir nada distinto a este prejuicio; no lo discutas, porque es todo lo que soy capaz de comprender.”

Aunque ya no soy tan intransigente, no creo que me faltase del todo la razón. En efecto, la vida de muchas personas que he conocido me parece muy limitada, y en consecuencia no veo cómo podría aprenderse mucho de una vida así. Lo intolerable es cuando estas personas cree que “lo saben todo”. Esta presunción aún me resulta risible e insoportable. Para estas personas, antes, yo era un respondón maleducado. Hoy no las perdono, me parece que les falta humildad; pero soy más tolerante porque comprendo que muchas veces su actitud no es el producto de la mala voluntad y que su falta de verdadera experiencia de la vida no se debió a su decisión sino a las limitaciones de su medio familiar o social y porque, además, muchas veces yo mismo he carecido de esa humildad.

Si aún mantengo algo de mi punto de vista anterior es porque comprendo que para aprender hay que equivocarse, y para equivocarse hay que arriesgarse, aventurarse, experimentar y descubrir nuevas realidades, intentar realizar tareas inéditas y difíciles, embarcarse en nuevas naves y bogar por mares desconocidos. Realmente ¿cómo podría valer mucho la experiencia de tantos adultos que ni siquiera fueron al puerto, que jamás se salieron a poner un pie en una lanchita cualquiera?

Con respecto al valor moral de actuar en contra de la experiencia de los mayores la parábola del hijo pródigo es ejemplar: en ella queda bien claro que el padre prefiere, al final de cuentas, al hijo pródigo, al descarriado. Y es natural, porque el padre que aparece en esta parábola es un hombre que ha adquirido sabiduría y por ello sabe que sólo aquel que se aventura a andar solo y descubrir su camino puede alcanzar la vida verdadera. De ahí que el pecador sepa más a fondo el valor de la bondad y el dolo que provoca el pecado que quien siempre fue bien portado y cumplió y repitió al pie de la letra la cartilla moral que le enseñaron sus padres o el catecismo recibido en la iglesia; de ahí que su arrepentimiento tenga mayor valor que el de quien comete meros pecadillos, pues tal arrepentimiento significa cambiar radicalmente el curso de la vida y transformar el propio espíritu.

La experiencia que vuelve sabias a las personas es la experiencia de la incertidumbre, de la soledad, del coraje para intentar lo que aún no podemos; es también la experiencia del error, de la mala decisión, del haber elegido en contra de nuestra naturaleza o en contra de aquellos que hemos amado o nos aman, es también, y sobre todo, la experiencia del sufrimiento. No se trata de hacer lo prohibido porque está prohibido. No me parece, en contra de lo que opinan algunas personas, que lo prohibido es más atractivo por el hecho de ser prohibido. Si lo prohibido puede ser transgredido no es necesariamente por afán de desobediencia, sino porque nuestro derecho es que no nos cuiden cuando no lo hemos pedido. La libertad es vital para ser, para descubrirse a sí mismo, y a menudo la experiencia que invocan los mayores es usada para hacernos renunciar a nuestra propia experiencia, es decir, a nuestra propia vida, y encima quieren que les estemos agradecidos por ello.

Lo confieso: no quise ser como mis mayores. Muchos de ellos me hicieron sentir desprecio. Quise elegir de quién aprender, a quién admirar. Quise elegir mis propias reglas. Quise establecer los límites de mi acción y de mi mundo. E intuía que la manera más fácil de no lograrlo era plagarme a las opiniones de los mayores acerca de las cosas. Por lo tanto, mi deber era contradecirlos, contradecirlos siempre, aunque a veces se me pasara la mano. Todavía hoy constato que aunque algunas veces tengan razón, los adultos por lo regular jamás oyen a los adolescentes y a los niños, es decir, no los escuchan atentamente para comprenderlos, rara vez piensan “lo que él dice puede ser cierto y yo estar equivocado”. Siendo tan sordos ¿por qué había de preocuparme por sus oídos?

Lo que más me crispaba en los consejos que recibía o escuchaba era su carácter egoísta y timorato: “tú no te ocupes de los demás”, “tú ve por ti mismo y deja que el mundo ruede”, “para qué te metes en problemas”. También, y con mayor motivo, me irritaron los comentarios despectivos del tipo de “tú qué te estás creyendo”, “olvídalo, eso no es para ti”, “estás loco” o “ni sueñes”. ¿A quiénes escuchaba estas frases? Eran tíos, tías, maestros, padres de amigos, personar mayores en algún lugar público; eran, también, mi padrino y mi madrina.

Esto no quiere decir que no les deba mucho, en especial a los dos últimos: de mi padrino aprendí que el uso de la inteligencia era admirable, que la naturaleza nos ponía enfrente misterios fascinantes y que cada libro era una ventana al mundo.

De mi madrina la confianza y la constancia para aprender. La fuerza, mucha o poca, para amar las cosas que amo me viene de ellos. En cambio, los objetos de mis pasiones dependen de mi propia naturaleza.

Ellos me alentaron a hacer muchas cosas y a creerme capaz de más. Sin embargo, me decepcionaba escucharlos cuando se expresaban como los demás y temía que yo mismo llegara a ser así: perder la osadía, la imaginación, el altruismo, el coraje y la indignación por la injusticia, el deseo de verdad, la necesidad y la generosidad el amor, la piedad activa hacia los sufrimientos de los desconocidos. No es que yo tuviera estas cualidades en un grado mucho mayor que las demás personas. De hecho, tenía numerosos amigos y amigas idealistas, valientes, creativos y apasionados, enemigos de la violencia, del egoísmo y la injusticia, afectos a las ideas de belleza, servicio, igualdad y libertad. Los amaba por ello. Pero la vida da muchas vueltas y ser fiel a sí mismo requiere no sólo constancia, sino también valor.

Sé que un hombre de cuarenta años puede ser próspero y respetable y, sin embargo, estar bien muerto. Está muerto si no vive sino para su exclusiva satisfacción, evade hasta los menores problemas e ignora sus propios sufrimientos. Puede estar casado y ser relativamente cumplidor, alimentar y dar escuela a sus hijos y, sin embargo, tener vacío el corazón.

Sé que un muchacho puede comprender más cómo no debe ser la vida, saber con mayor claridad para qué se debe vivir, ser íntimamente consciente de que el valor de su vida depende de su entrega a un fin más alto que sus deseos particulares. Me ha resultado sumamente doloroso ver cómo algunos amigos se han vuelto adultos mezquinos y perezosos. No los quisiera culpar, no los culpo, trato de comprender que sólo ellos saben la magnitud de las luchas que libraron en su interior e ignoraré siempre por qué no pudieron resistir. Sólo con respecto a mí mismo no tengo disculpa: yo mismo me he hecho lo que soy. Hay cosas de las que me arrepiento y otras que me han hecho sentir un pesar profundo en el corazón. Sin embargo, al ver mi vida en conjunto no la cambiaría por otra ni quisiera volver a nacer de nuevo, y no porque me diga “nadie es como yo, soy único y está bien ser así”, sino por fidelidad. En efecto, si no quiero cambiarme por nadie es por fidelidad a los que me aman y quisieron: presentes o pasados no quiero perderlo: el valor y el sentido de mi vida provienen de mi trato con ellos y al darme su afecto me dieron y me dan parte de sí. ¿Cómo podría querer renunciar a ellos y eliminar lo que de ellos hay en mí?

Por otra parte, sé bien que no soy mejor que muchos, pero creo que soy mejor que otros tantos. En todo caso, no soy el mismo de antes y me prefiero ahora. No creo haberme traicionado y me digo que la mejor época de mi vida no ha pasado: es ésta, llena de trabajo, de dudas sobre mí mismo y de búsqueda incesante y de afán de nuevas realizaciones.

Mi disgusto por los adultos ha pasado. Claro que sigo sin querer caer en lo mismo que tantos adultos. Pero ahora distingo entre el ser adulto y la madurez. Adultos hay cientos de millones; hombres y mujeres maduros quizá sólo unos miles. La madurez es la idea de la plenitud e la vida de aquellos que no se han privado del riesgo ni han evitado el sufrimiento, que han vivido para otros y han atravesado mares de soledad para llegar hasta sí mismos y sus semejantes, que han realizado su ser interior utilizando sus músculos y su mente, cultivando y alertando sus sentidos y abriendo su corazón.

Yo no soy maduro. No sólo tengo defectos; también tengo gusto pro algunos de ellos. Sé que soy sumamente egoísta: lucho con toda el alma contra ello. Además, soy débil. Y mi espíritu es pobre. Sé qué busco, sé qué quiero llegar a ser. No estoy seguro de triunfar; hay momentos en que me siento a punto de ser derrotado. Pero si renunciara a mis ideales la vida no tendría sentido. Sin ellos no quisiera vivir. Pero es posible vivir así: he visto cómo una persona se vuelve conformista.

Antes era más duro en mis juicios: a la vida de muchas personas le llamaba “vegetar”. He aprendido que no es así, que una vida valiente y esforzada, creativa y basada en valores es conciliable con las actividades normales de la mayoría de las personas: trabajar en el propio negocio o recibir un salario, ir al cine, criar a los hijos, ver un partido de fútbol, bailar a menudo, ver la televisión, tomar una cerveza, haraganear, ir de vacaciones a la playa, chismear con los amigos, intrigar con los compañeros de trabajo, etc.

Reconozco que mi idea de la vida que valía la pena vivirse era muy limitada: excluía casito todas las cosas cotidianas y las satisfacciones sencillas de la vida: trabajar para vivir, divertirse, tener esposa e hijos, perder un poco el tiempo en hobbies, etc.

Ciertamente la experiencia es fundamental para llegar a ser lo que podemos ser, para conocer el mundo y comprender a los demás, pero eso que tanto llaman “experiencia”, ese repetir viejos prejuicios sin haberse equivocado jamás, eso es un chiste, una trampa o un chantaje. Puedo confundirme mucho y ser injusto, pero nunca concederé que la mejor experiencia es la de las personas que se comportan como avestruces, como topos o como lobos. Ya no pienso que tantas personas vegeten. Muchas, muchísimas, luchan, aman, sufren, quieren que la vida sea buena y buscan la felicidad. Esto es grande, es maravilloso y ocurre diariamente. Ahora comprendo que los seres humanos no somos ni enteramente malos no enteramente buenos: los santos y los depravados son, y siempre lo serán, excepcionales. Y pienso que un mundo que exigiera a las personas ser una cosa u otra sería un mundo espantoso y terrible. La mayoría de las personas somos a veces un poco buenas, ha veces un mucho malas. Pero podemos dar más, en ambos sentidos, pero la vida no siempre lo requiere y quizá esté bien que sea así.

Y así, mientras pienso estas cosas espero llegar a ser un hombre maduro algún día. No me preocupo por eso; prefiero limitarme a aprender y hacer lo que debo permaneciendo fiel a los mejores impulsos. Lo único que si quiero es evitar siempre el dirigirme a alguien de menor edad para decirle que seguramente está equivocado porque mi experiencia es mayor que la suya.

De los libros

Con los libros me pasa algo curioso: hay momentos en que desearía poder pasarme la vida entera leyendo y momentos en que siento que lo más importante de todo no puede estar contenido en libro alguno. Leer es una experiencia variada. A veces es una delicia. Otras un deber en extremo penoso. Y en ocasiones se lee por leer.

Me figuro que el mundo es extremadamente sencillo y que lo complicamos: los libros son producto de nuestras complicaciones. Pienso que lo sencillo es primoroso, pero si me detengo a pensarlo un poco tengo que reconocer que lo sencillo termina por ser aburrido. Queremos algo que nos exija más, que requiera más de nosotros. Entrenarnos para hacer algo con mayor destreza, para dominar una dificultad, para resolver un problemas, es una vivencia sumamente satisfactoria.

Si los libros me gustan es porque son depósitos de experiencias: he así, a mi disposición, las experiencias de innúmeros hombres. Los limitados horizontes de mi vida se ensanchan: aventuras y pasiones, seres fantásticos y misterios renovados, dificultades y dulzuras, derrotas y conquistas, promesas y alabanzas.

Pero reconozco o creo saber que al final sólo puedo aprender de mí mismo, de mi vida. Sé que ningún libro me dará a conocer el gusto de raros vinos y que jamás tendré la experiencia de un catador, por mucho que sea una experiencia sumamente preciada para algunos. ¿Qué importancia puede tener, en consecuencia, leer acerca de cosas que jamás viviré? Quizá la de saber que entre todas las posibilidades del mundo está la de ser catador de vinos, domador de fieras salvajes, astronauta, poeta, corredor, ladrón, barquero, químico, campesino, canalla y muchos más.

¿Desde hace cuántos años compro libros? Desde hace treinta. Creo que este es un feo defecto: obsesión por los libros. Sé que nunca leeré todos los que he adquirido y aun así de vez en cuando compro algún otro. Cuando entro a una librería me siento en presencia de cientos de mundos diversos, de miles de espíritus: me tientan, quiero construir, posando mi mirada sobre las páginas de esos libros, puentes hacia ellos, hermanarme con esos espíritus, hacerme semejante a algunos de ellos.

No leo prácticamente nada de matemáticas, no después del absurdo esfuerzo de estudiar ingeniería sin interés ni ganas. Eso me limita para entender muchas cosas de física y química que si quisiera conocer. Pero aun así me asomo alguna que otra vez al mundo danzante de los átomos y a la compleja combinatoria de las moléculas. La biología es algo más accesible, aunque no atiendo más que a lo que despierta mi curiosidad: el misterio encantador de las repeticiones y las transformaciones de la vida, la infinita sabiduría del azar que labra ritmos y formas para las selvas y las cavernas, para la noche o el día, para los trópicos o el polo, para el océano o el desierto, el enigma genético por el que el macho danza en torno a su hembra y ella lo acepta.

Pero los libros que son objeto de mi pasión son los que hablan sobre los seres humanos, los que describen su vida o persiguen su comprensión. Psicología, sociología, historia, literatura: cómo quisiera tener abundantes conocimientos sobre estos temas, conocer su vasto universo de búsquedas y conflictos, de relaciones y sentimientos, de magníficas esperanzas y desesperantes derrotas. Claro que aquí basarse sólo en los libros sería terriblemente enajenante. Las personas sólo pueden ser conocidas en el trato, en la convivencia en un espacio común donde buscan las mismas o diferentes cosas, guiados por objetivos similares o discrepantes, y establecen afinidades y simpatías, rivalidades y diferencias. Pensar en que se las puede conocer suficientemente bien a través de los libros es tener poco interés por ellas.

Sin embargo, las lecturas imprescindibles para mí son la poesía y la filosofía.

La poesía, ligera y alada, que expresa la esencia de la experiencia depositada en el alma, la impresión profunda e individual que en nosotros dejan las personas y las cosas, los sentimientos fundamentales de la vida: delirio, goce, nostalgia, amargura, indignación, odio, ternura, tristeza, compasión, alegría de ser, necesidad del otro, dolor por su pérdida. La poesía, cuyo sonido transmite cuidadosamente la vida anímica de otro espíritu, envolviéndonos y ampliando el mundo de nuestros sentimientos, permitiéndonos reconocerlos y darles mayor intensidad.

Y la filosofía porque considero que los seres humanos somos seres espirituales, que nuestro cuerpo es humano porque es espiritual. Y la filosofía es la forma en que el ser humano explora su naturaleza, su esencia espiritual, a la vez que la crea, la comprende y la orienta.

Dicen que los libros filosóficos son abstrusos y que no tienen nada que ver con la vida y la realidad. Quienes tal dicen poco saben de la filosofía. La filosofía podría ser pan de cada día para cada persona. Siempre hay preguntas en la mente humana, siempre hay enigmas y necesidad de luz espiritual; aunque diferentes cosas, todos los seres humanos quieren comprender.

Estoy seguro que hay lecturas filosóficas que a nadie resultarían ajenas, lecturas que sintonizan con la sensibilidad y las inquietudes de cada cual. La filosofía podría ser como la música: hay música adecuada para cada ocasión. Pero el defecto no consiste en que sea ininteligible, sino en que no hay casi nadie que sepa orientarnos para elegirlas.

He enseñado filosofía en las escuelas, y sabía que tenía que fracasar. Porque no podía enseñar lo que yo quería ni tenía oportunidad de conocer a mis alumnos, de saber quiénes eran y qué buscaban, qué les gustaba y cómo deseaban vivir, qué producía en ellos incertidumbre y asombro. La filosofía no tiene sentido como un saber general: la filosofía es eminentemente personal: el filósofo es un ser humano cuyas ideas se dirigen a la mente de cada ser humano diciéndole: “Mira, creo que aquí hay una verdad interesante y apasionante, que puede cambiar nuestras vidas, fortalecer nuestro espíritu y enseñarnos a pensar de acuerdo con nuestra existencia profunda, con nuestros anhelos más sentidos y hondos”. Yo no soy filósofo, algún día lo seré.

Cuando quiero comunicar algo con respecto a la filosofía, lo que digo o pretendo decir es algo como esto. “Somos espíritus, seres pensantes, y tú, al igual que yo, posees una cualidad asombrosa, un apotencia extraordinaria, la de pensar e imaginar, la de ver más allá de lo meramente existente, más allá de aquí y el ahora, la capacidad de alcanzar sin necesidad de cubrir grandes distancias los confines últimos del universo, la de retroceder o avanzar en el tiempo más allá de los límites temporales que te han de tocar, la de saber por qué existe todo, la de trascender el tiempo, el espacio y la muerte, la de alcanzar y crear la belleza y la verdad. No olvides tu espíritu, engrandécelo, fortifícalo, piensa e imagina, inventa. Crea con tu mente mundos nuevos, mundos tuyos, y cuéntalos, exprésalos, dales forma con tus palabras, tus acciones o tus gestos, ofrécelos a tus semejantes”.

En las escuelas se pretende enseñar epistemología, metafísica, ontología, estética y otras paparruchas por el estilo. Comprendo bien que tales cosas no interesen. Leo libros sobre esos temas, para algo sirven.

Pero esa sabiduría elemental, esa sabiduría de la vida que nos permite saber qué somos en realidad y nos capacita para ser fieles a nosotros mismos, que intuitivamente nos conduce al corazón del otro y nos hace captar sus preguntas y sentimientos como si fueran propios, que nos enseña a conducirnos entre las circunstancias y los problemas dando su peso justo a cada cosa con la intención de que la vida sea realzada y reine armonía entre los convivientes, esa sabiduría no tiene lugar alguno en los planes de estudio. Y sé bien que no puede aprenderse en los libros, ni en los de filosofía ni en ningunos otros. Pero los libros, y los de filosofía mejor que los otros, me han dado pistas, me han hecho señas indicándome cómo disponer mi espíritu para encontrar lo que buscaba. No les pido más. Lo que importa es vivir.

A veces me duelo porque pierdo tiempo que podría aprovechar leyendo. Veo la televisión, duermo de más, me paso un rato viendo la telaraña pegada en esa esquina del techo. A veces me pregunto si no estaré dejando de vivir algo importante por sostener un libro ante mis ojs. Pero es una afición demasiado poderosa.

Si no fuera tan rara la lectura en nuestra sociedad, no me asaltarían las dudas. Pero de cada cien, noventa y cinco no leen sino los anuncios de las calles y la tele y alguna que otra revista como diversión. Cómo no sentirse entonces un poco o un mucho como bicho raro.

Y es que, ciertamente, es como vivir en un mundo de papel, de palabras, y uno sabe que el mundo es de piedras, de postes de luz, de plantas, de ciudades, de adultos hostigados, de niños que no tienen donde dormir, de batallas por la vida, de estrellas inmensas lejanamente bellas e indiferentes, de algunas mujeres maravillosas, de obligaciones y vicios, de conflictos de intereses entre grupos de privilegiados y desheredados por la fuerza de la violencia ya olvidada, de movimiento caótico, de desasosiego, de aventura y actividades diarias como desayunar y tomar el camión para ir al trabajo.

Sí, ya casi me convenzo: ante todo esto es natural pensar que leer es arriesgarse a aburrirse horriblemente. Además, mis libros no tienen monitos.

Pensamientos a Anthony Robbins

“Lo que configura nuestra vida no es lo que hacemos de vez en cuando, sino lo que hacemos de forma consistente.” (36)

“El destino de cada uno de nosotros se configura en los momentos de decisión.” (37)

“Son nuestras propias decisiones, y no las condiciones de nuestras vidas, las que configuran nuestro destino más que ninguna otra cosa.” (38)

“No sólo tiene que decidir con qué resultados quiere comprometerse, sino también la clase de persona que se compromete a ser. Tiene que plantearse criterios para lo que considere como un comportamiento aceptable para sí mismo, y decidir qué debe esperar de aquellas personas que le importan. Si no establece una línea básica de criterios para lo que está dispuesto a aceptar en su vida, descubrirá lo fácil que resulta deslizarse hacia comportamientos y actitudes que se hallan muy por debajo de lo que se merece.” (39)


“Tomar una decisión significa descartar cualquier otra posibilidad.” (45)

“Tomar una verdadera decisión significa comprometerse en alcanzar un resultado, y luego descartar cualquier otra posibilidad que nos sea esa.” (45)

“Lo que importa son sus decisiones acerca de hacia dónde enfoca la atención, qué significan las cosas para usted, y qué va a hacer al respecto para encaminar su destino último.” (47)

“No tenemos por qué permitir que la programación de nuestro pasado controle nuestro presente y futuro. Puede inventarse a sí mismo mediante una organización sistemática de sus creencias y valores, de tal forma que le impulse en la dirección de su diseño de vida.” (49)

“Si se encuentra en el caudal de la vida, lo más probable e que choque con algunas rocas. Eso no significa ser negativo, sino ser preciso. La clave consiste en que, una vez que haya chocado, en lugar de castigarse a sí mismo por ser un <<fracaso>>, recuerde que en la vida no hay fracasos. Sólo hay resultados. Si no consiguió los resultados que deseaba, aprenda de esta experiencia, de modo que en el futuro disponga de referencias acerca de cómo tomar mejores decisiones.” (51)


“Lo que provoca el fracaso de la gente son todas las pequeñas decisiones que se toman a lo largo del camino. Es el fracaso para seguir, para emprender la acción, para persistir, para controlar nuestros estados mentales y emocionales y para enfocar la atención. A la inversa, el éxito también es el resultado de tomar pequeñas decisiones: la de comprometerse a alcanzar un nivel superior, la de contribuir, la de alimentar la mente en lugar de permitir que el ambiente le controle a uno; todas estas pequeñas observaciones crean la experiencia vital que llamamos éxito.” (55)

“Todas nuestras crisis son el resultado del pensamiento a corto plazo.” (55)

“Decidir comprometerse con los resultados a largo plazo, antes que con las componendas a corto plazo, es la decisión más importante que pueda tomar en su vida. El no hacerlo así, no sólo puede causar grandes dolores financieros o sociales, sino que a veces puede producir el mayor de los sufrimientos personales.” (56)

“En el instante en que toma una decisión, pone en marcha una nueva causa.” (57)

“Debe saber que una decisión que tome puede cambiar en cualquier momento el curso de su vida. Si quiere realmente que su vida sea apasionada, necesita vivir con esta actitud de expectación.” (59)

“La voluntad para ganar, para alcanzar el éxito, para configurar la propia vida, para hacerse cargo del control, sólo puede aprovecharse una vez que usted haya decidido lo que desea, y que esté convencido de que ningún desafió, ningún problema, ningún obstáculo puede impedirle realizar sus propósitos. Cuando haya decidido no permitir que su vida se vea configurada por las circunstancias, sino sólo por sus propias decisiones, entonces, en ese preciso instante, su vida habrá cambiado para siempre y estará usted capacitado para hacerse cargo del control.” (61)

miércoles, 10 de junio de 2009

¿Cómo concebir la propia existencia, sus constantes, las dimensiones de su discurrir? Algo, mucho, cambia a lo largo de la vida, pero algo permanece. No siempre lo vemos claro, a veces lo intuimos,lo atisbamos. Lentamente dibujamos su perfil. No somos seres simples, sino compuestos, complejos, ambiguos, contradictorios y variables. No es extraño que experimentemos tanto dificultad para entendernos. La experiencia psicoanalítica es el primer trecho de un camino que, para sorpresa mía, no he cesado de recorrrer, aunque lo haya hecho asistemática, ocasionalmente.
Atravesamos un mal momento: crisis económica, crisis política, violencia, epidemias, calentamiento global. Inquietud, desazón, incertidumbre, miedo son emociones a la alza en la sociedad. Los medios muestran lo malo, su proliferación. Lo bueno también brota y se disemina, pero callada, subrepticiamente. ¿Qué nos puede sostener y, más aún, impulsar, para enfrentar y pugnar por reducir todos estos males? La esperanza, el amor. Quizá ni siquiera esto. Quizá el anhelo de esperanza, la sed de amor.
El tiempo, el gran enemigo. Su escasez. ¿Cuándo se torna escaso el tiempo? Cuando pretendemeos más de lo que podemos en determinado lapso de tiempo. Por lo tanto, hacer pocas cosas. Seleccionar, jerarquizar. Hacer lo más valioso y que más nos gusta. No lo más valioso aunque no nos guste; no podemos vivir así, pues así le perdemos el gusto a la vida. No meramente lo que nos guste, porque puede ser de poco valor, aunque sea grato. Hay que combinar, sintetizar, uno y otro: lo que vale y lo que nos place. Muchas cosas pueden valer, pero no todas nos tienen que placer, ni en absoluto ni por igual. Hay que escoger las cosas que más nos gustan pero que, además, tienen un mayor potencial de trascendencia, de afectar positivamente a terceros, presentes o futuros. El tiempo no es el enemigo, sino el uso que hacemos de él y, en esa medida, el enemigo somos nosotros, cada cual de sí mismo.

La sociología de Adorno

(Obra en progreso: Artículo)

Índice tentativo.

Introducción.
1. La formación sociológica de Adorno.
2. La experiencia americana.
3. Capitalismo tardío e industria cultural.
4. El debate del método.
Conclusiones.