sábado, 23 de mayo de 2009

Es difícil dedicarse a las actividades normales cuando se siente amenazado. Esto me ha pasado con la epidemia de influenza. Ante la posibilidad de la muerte todo lo que hacía o deseaba hacer me parecía fútil. Vivía como si pensara "si puedo morir en los siguientes días, ¿para qué actuar hoy?" No significaba que debía sentarme a esperar la muerte. Me cuidé y procuré que los míos se cuidaran. Digo que no pude creer, en esas circunstancias, en el valor de las cosas que quería hacer, que sentí que su valor se desvanecía.

Sin embargo, esas cosas valían exactamente lo mismo que antes o después de ese momentos. Es, más bien, el valor de los propios esfuerzos el que sentía esfumarse. Quizás porque todo era iniciar tareas y proyectos, no culminarlos. Si uno está embarcado en una empresa y ve que su tiempo es limitado, hay en esta percepción un acicate para continuar y esforzarse para alcanzar la meta. De otro modo, bien puede ocurrir que se desista. Como lo que podamos hacer no va a redundar en el fruto anhelado, no vale la pena molestarse.

Una cosa es tener conciencia de ser mortal; otra, creer que te puedes morir pronto, en el lapso de unos cuantos días o meses. La primera consiste en percatarnos de un rasgo obligado de nuestra condición que nos define, que nos limita. La muerte es el límite absoluto y lo sabemos: esto es lo que significa ser seres humanos. La otra es sentir amenazadas todas nuestras posibilidades, incluso las más inmediatas, y esto es lo que puede desarmarnos, lo que puede nulificarnos de antemano. Pero, en verdad, nunca sabemos a que distancia estamos de la la muerte, de nuestra muerte.

Busco una nueva manera de ubicarme ante mi mortalidad, motivado por los sucesos recientes. Nunca sentí la muerte como una posibilidad inminente. Que el riesgo no es tan grande, es un asunto absolutamente indiferente. Nunca antes sentí mi vida amenazada, y esto, sólo esto, es lo esencial. Me digo que moriré pasando los ochenta. Tengo, pues, unos treinta años para hacer las cosas que más valoro y quiero. Puedo morir mañana, o dentro de unos minutos, sé que puedo morir en cualquier momento. Pero creo que puedo vivir hasta entonces.  Y esto es relevante porque me hace considerar viables cierto tipo de proyectos, que son los que me interesan: intelectuales y literarios.

Si muero hoy no se pierde mucho. Un hombre al que algunas personas aman o aprecian. Un profesor inquieto pero poco trabajador, crónicamente insatisfecho consigo mismo en este aspecto. No un filósofo, no un escritor, no todavía. Quiero una obra. Deseo trascender porque quiero aportar algo a los otros: una visión, una comprensión, una perspectiva de la vida y del mundo. Y deseo esto porque creo que otros experimentan la curiosidad, el desasosiego intelectual que yo experimento. Lo que quiero, en el fondo, es despejar ciertas incógnitas, lo que deseo es luz, más luz. Lo que deseo es conocer el mundo y comprenderlo. Y hablar con la verdad, sólo con la verdad, manifestando no solo mis dudas sino también mis incertidumbres, mostrando no solo mis cimas, sino tambien mis abismos, exponiendo, dicho con una expresión hiperbólica, la totalidad de mi experiencia de la vida. ¿Puede ser esta una aportación valedera? No solo creo que sí, aunque no sea la unica posible; en todo caso, a mi juicio es la más interesante y deseable. Una forma de decir: ¡Hey, estuve aquí y esto es lo que viví y lo que ví! ¿Qué les parece?


miércoles, 6 de mayo de 2009

Estar solo

¿Cómo vivimos el estar solos? Sospecho que debe haber muchas maneras. Algunos pueden disfrutar de ella, otros soportarla y la mayoría no la aguanta más de unos pocos minutos u horas. Acaso nuestra relación con la soledad es muy importante. Acaso diga mucho de nosotros mismos. Acaso valga la pena averiguar lo que nuestra relación con ella dice de nostros mismos. 

Para comenzar, diría, en mi caso particular, que no me gusta la soledad, pero que la soporto, en el sentido de que puedo estar solo la mayor parte de mi vida. Sin embargo, acto seguido debo agregar que la sobrellevo de una manera que me resulta muy problemática por una razón. La televisión ha sido, desde mi niñez, una compañera. Desde hace unos trece o catorce años, me aficioné a escuchar la radio. Poco a poco, me he ido percatando de que vivir sin una presencia humana o sin una voz me resulta muy díficil. Me resulta díficil permancer mucho tiempo sin una u otra. Televisión y radio me proporcionan ambas, sin requerir mi participación continua en un relación.

La problemático consiste en que leer y escribir requieren una concentración sostenida de la atención. Toda actividad creativa necesita de una elevada dosis de soledad y silencio. Hay que evitar distraerse. Hay que volcarse íntegramente en la actividad. La soledad es una condición de la creatividad. No significa que haya que vivir aisladamente, sino que hay que saber aceptar la soledad, el silencio, el aislamiento para entregarse a un tipo de actividad no rutinaria, díficil y compleja que pone en juego nuestras facultades mentales superiores.