miércoles, 29 de octubre de 2008
La mayor parte de la gente, la mayor parte del tiempo, tenemos pensamientois reificados, pensamientos ya formados, elaborados por otros. La orientación al pensamiento filosófico nace cuando no nos conformamos más con esto, cuando ya no nos basta y sentimos la necesidad de un pensamiento más profundo y vivo, de un entendimiento más hondo de las cosas. La profundidad de pensamiento es un rasgo constitutivo, aunque no exclusivo, de la filosofía. El pensamiento filosófico trata de llegar a lo elemental para, a partir de ello, edificar un cuerpo de pensamiento ricamente diferenciado que se ajuste a su objeto de una manera cabal. Por esto el análisis conceptual es una herramienta básica de la filosofía.
El pensar ordinario presupone el significado de las palabras y se maneja con él. Pero las palabras rara vez tienen un solo sentido; la polisemia es una potencialidad de cualquier palabra. Sus usos se diversifican con el tiempo, dependiendo de la necesidades y la ingeniosidad de los hablantes y escribientes, que no tienen que ser concientes de los nuevos sentidos que aportan a las palabras. Quien pretende filosofar hace bien en comenzar por distinguir e individualizar los diferentes sentidos de las palabras -de los conceptos- involucrados en una pregunta para saber qué es lo que pregunta porque los diferentes significados de diferentes palabras -conceptos- dan, una vez vinculadas estas en una oración, diferentes sentidos.
Las preguntas fundamentales son propias de la filosofía, pero también de la religión. Pero en el interrogar y el cuestionar es diferente: la diferencia entre una mentalidad filosófica es que, en este aspecto, la primera procura sumergirse cada vez más profundamente, mientras que la segunda busca un fondo que cree encontrar -aunque, en realidad, lo presupone. La mentalidad religiosa se deja de interrogar para descansar en una convicción que calma sus inquietudes o sus terrores.