Podría decir simplemente: es el estado del mundo lo que me inquieta constantemente, lo que me angustia a veces. Quisiera tener en mente un cuadro completo, exacto y con cierto detalle del mundo. Sin embargo, ¿qué valor puede tener habida cuenta de que muchas cosas cambian rápida e imprevisiblemente y de que una buena parte de lo que consideramos conocimiento probablemente es erróneo? Un mapa tiene valor en la medida en que te permite orientarte ¿adecuada?, ¿exitosamente? en su territorio. Además, el error está en suponer que dicho cuadro quedará inmovil, como si no se pudiera introducir modificaciones a través del tiempo. Se parte de un mapa básico y se lo completa, modifica, corrige, amplía, etc.
Esto me lleva a la siguiente cuestión: ¿cuál es la relación del pensamiento con el conocimiento? Es el pensamiento, no la mano, el que traza el mapa, el que compara con el territorio, el que modifica, introduce, elimina, detalla, operando sobre partes a veces grandes, a veces pequeñas, de su superficie. El territorio es el territorio. Es una tautología. Pero es todo lo que puede decirse sobre el territorio independientemente de lo que ya está consignado en el mapa. Excepto el asombro de advertir la discrepencia, la emersión de algo que en el mapa carece de correspondencia. A veces borrar algo del mapa es lo que posibilita dicha emersión.